VENEZUELA

El Cártel de los Soles

El Cártel de los Soles no fue mito ni dogma, fue el espejo de un país que eligió sobrevivir en lugar de reformarse. | José Luis Castillejos

Escrito en OPINIÓN el

El Cártel de los Soles no fue una franquicia del narco ni un mito propagandístico sino la criatura surgida en los sótanos del Estado venezolano donde oficiales con sueldo erosionado aprendieron a arbitrar rutas, combustible y favores entre un mercado ilícito en expansión y una economía formal que se deshacía bajo hiperinflación, sanciones y fuga de cerebros. 

Washington lo usó para fijar responsabilidades y Caracas para denunciar exageraciones, aunque la verdad quedó en un terreno híbrido donde crimen, poder y petróleo negociaron en simultáneo.

Estados Unidos elevó el caso a la categoría hemisférica y hubo interdicciones navales, sanciones quirúrgicas y expedientes acumulados en Nueva York. Sin embargo, los fiscales no consiguieron encajar a Nicolás Maduro como líder jerárquico del supuesto cártel y optaron por describirlo como beneficiario político de un sistema militar corrupto más atomizado. 

Su captura en enero de 2026 no disolvió el rompecabezas. Más bien solo reveló nuevas piezas.

El petróleo endureció la ecuación. Con reservas gigantes y refinerías exhaustas, Caracas sobrevivió entre sanciones, contrabando y acuerdos parciales con Washington para canalizar crudo hacia Estados Unidos bajo supervisión directa. Fue pragmatismo energético en un mercado donde la Casa Blanca prefería controlar la válvula antes que entregarla a Moscú o Pekín. Empresas europeas como Eni y Repsol quedaron atrapadas con miles de millones de dólares pendientes por operaciones gasíferas. 

La diplomacia económica transitó de la cortesía al litigio y de este al cálculo geopolítico. 

China operó con créditos opacos y tecnología industrial a cambio de barriles futuros. Rusia envió asesores y pactó cooperación militar mientras administraba solidaridad diplomática. Europa avanzó con prudencia porque una caída abrupta del chavismo podría detonar un vacío en la frontera colombo-venezolana, corredor sensible para armas, cocaína y migración. Brasil y Colombia hicieron cuentas discretas de estabilidad y eligieron silencio.

El rasgo más inquietante fue el control público del delito. No apareció un capo visible ni una firma criminal coherente. Hubo generales, coroneles y ministros que negociaron con espíritu burocrático. Las Fuerzas Armadas encontraron en las rentas ilícitas la cohesión que ya no brindaba ni la ideología ni el presupuesto. Ese engranaje convirtió la corrupción en cemento político y complicó cualquier transición. Los negocios ilícitos suelen sobrevivir al amo que los tolera porque se adaptan con rapidez al siguiente.

Preguntar si existió el Cártel de los Soles es secundario. El desafío está en medir cuánto penetró al Estado venezolano, cuánta capacidad tiene la región para contener sus ondas expansivas y cuánto costará desmontar una estructura donde el petróleo financia la diplomacia, la deuda condiciona la política y la cocaína sostiene lealtades periféricas. 

Washington apuesta a la presión judicial. Pekín y Moscú al tiempo. Sudamérica al silencio. Europa a la observación. Cada actor hace una aritmética estratégica antes de calcular el costo.

Venezuela terminó convertida en laboratorio donde crimen organizado, energía y geopolítica conviven. La caída de un régimen de Nicolás Maduro no repara refinerías ni salda deuda externa ni desmonta redes militares de contrabando. Cuando el Estado se deteriora, los mercados clandestinos ocupan el espacio del presupuesto. Lo difícil no es detener un presidente, sino reconstruir la institucionalidad que transformó a un petroestado endeudado en actor híbrido del tablero continental.

El Cártel de los Soles no fue mito ni dogma. Fue el espejo de un país que eligió sobrevivir en lugar de reformarse. Las repúblicas no se derrumban de un día para otro; se reorganizan mientras el mundo calcula cuánto está dispuesto a pagar por la estabilidad.

 

José Luis Castillejos

@JLCastillejos