Una fotografía, cuyo origen se desconoce, muestra el derredor de la plaza central de la ciudad de Campeche. Se trata de una plaza pequeña, abierta hacia el cielo, con jardineras arboladas; cercana al mar, aunque separada del mismo por una muralla y edificios. En las calles que circundan su perímetro se realiza un desfile de orden cívico. Era el año de 1910 y la plaza conservaba la misma apariencia que había tenido durante varias décadas (imagen 1).
El Jardín o Plaza de la Independencia se construyó exactamente en el mismo lugar en el que en 1812 se había establecido la Plaza de la Constitución y que durante la colonia fuera la Plaza Mayor o Plaza de Armas, con su picota y su horca, elementos que representaban el poder de las autoridades españolas sobre el mundo conquistado. Casi una década después, en 1821, como producto de los acontecimientos que tuvieron lugar en el recién formado país se decidió cambiarle el nombre por el de Plaza de la Independencia. Aunque el primer proyecto de transformación de la plaza databa de 1858 sería, sin embargo, hasta medio siglo más tarde, en 1869, cuando se instalara un jardín en forma, adornado por una fuente.
En efecto, en 1858, Pedro Baranda, político y militar campechano, uno de los líderes del movimiento separatista que dio origen a la formación del estado, se dio a la tarea de promover un proyecto arquitectónico para dar vida a la plaza que para entonces era sólo un descampado, con una especie de jardín bastante descuidado. Los liberales campechanos, de los cuales Baranda era un importante representante, buscaban dar una fisonomía propia a la ciudad capital del recién independizado, aunque todavía no reconocido, estado. Debido a los conflictos políticos de la invasión francesa y la instauración del Segundo imperio, la edificación de la plaza iniciada entonces, tendría que esperar algunos años para verse concretada hacia finales de la siguiente década, en 1869. En ese año quedó concluido el jardín con tres vueltas y ocho calles radiales al centro del cual se colocó una fuente. En los años subsecuentes, los sucesivos gobernantes irían contribuyendo a la consolidación de la plaza, poniendo pisos, reconstruyendo la fuente, instalando juegos de aguas, introduciendo el alumbrado.
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En 1873 la responsabilidad y el cuidado de la plaza se trasladó del gobierno estatal al Ayuntamiento. Sin embargo, todavía un par de años más tarde, las autoridades generales seguían considerando parte importante de sus logros los trabajos que se efectuaban en la misma. Así, en 1875, bajo el gobierno de Joaquín Baranda, hermano de Pedro, se colocaron ladrillos en el piso, se recubrió de mármol la fuente y se instalaron las rejas, con lo que la plaza adquirió la imagen que mantendría hasta 1914 (imagen 2). En su informe Baranda señalaba, con tono orgulloso, que el jardín constituía “el más bello y concurrido de nuestros paseos públicos”.
Para 1897 se estableció un juego de aguas en el Jardín de la Independencia. Aprovechando la ocasión del onomástico del gobernador, Juan Montalvo, tuvo lugar la inauguración “de las cañerías y juegos de agua que acababan de establecerse en el jardín de la plaza”, por iniciativa de Felipe Medina Suárez, presidente de la corporación municipal. Esta se consideraba una mejora “útil y oportuna, que hará en lo sucesivo que ese lugar de recreo y ornato público sea por demás agradable con el impulso que naturalmente tomará la vegetación de él, produciendo y alimentando plantas y flores de sabia viva y fecunda y con la frescura que el constante rocío de los juegos de agua habrá de proporcionarle”.
Alrededor de 1910 circulaban aires de cambio, y se avecinaba el fin de la era porfirista. Imágenes de época nos posibilitan observar la arquitectura de la plaza y el entorno que la rodea: ahí está la fuente central a partir de la cual se ordena el espacio, trazado simétricamente, a cordel, como la ciudad misma, dividido en ocho secciones que se abren circularmente, siguiendo los principios de una racionalidad que busca ordenarlo todo. Ahí están sus bancas y sus jardineras formadas por plantas de ornato, arbustos y pequeños árboles que le dan vida al espacio (imágenes 1, 2 y 3).
En las fotografías podemos observar desde el discurrir cotidiano hasta los momentos de la fiesta, desde el transitar de personas hasta el de los vehículos (en la imagen 3 corre el carro del tranvía sobre la calle 10). Así vemos a la gente que habita la plaza, la que se detiene en ella, y la que llega tal vez de manera excepcional para sumarse al festejo. Vemos también la vida en su interior y a su alrededor, la gente que entra y sale de las tiendas, los cafés, el comercio, la que viaja en los tranvías y los coches, ambos tirados por caballos o mulas, la que simplemente transita. Se pueden notar las construcciones que la circundan y en las que residían las principales autoridades civiles y religiosas, así como por la presencia de establecimientos comerciales y por otros referentes de la vida económica como el muelle fiscal, que para entonces había perdido ya gran parte de su importancia pero continuaba en funciones. Entre la plaza y el mar, en el lado oeste, en el edificio de tres cuerpos con arquería de medio punto residían el Palacio de gobierno, el del Ayuntamiento y las oficinas de la Aduana. Del otro lado, en el este, la calle del comercio con los diversos negocios, incluido el edificio de dos pisos con arquería morisca, existente desde el siglo XVIII y que a lo largo del tiempo tendría diferentes usos, desde casa habitación hasta hotel y cervecería. En el costado de la zona norte, la Catedral con sus dos torres (imagen 4). Como los liberales lo desearan: la plaza constituía el corazón de la ciudad, el punto neurálgico de la vida política, religiosa, económica y social de la urbe.
* Fausta Gantús
Profesora e investigadora del Instituto Mora e integrante del SNII. Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes. Entre sus publicaciones más recientes se cuentan los libros “Introducción a la política del siglo XIX mexicano” (2025), “Historia política de una ciudad. Campeche, siglos XIX-XX” (2024) y “Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica” (2023); así como la co-coordinación de “El carácter de la prensa política. Una tipología de los impresos periódicos del México del siglo XIX” (2025), “Un siglo de tensiones: gobiernos generales y fuerzas regionales. Dinámicas políticas en el México del siglo XIX” (2024) y “Emociones en clave política: el resentimiento en la historia. Argentina y México”, siglos XVIII-XX (2024).
