SISTEMA INTERNACIONAL

Vivir con incertidumbre

2026 comenzó con una sensación creciente de incertidumbre y vulnerabilidad: el sistema internacional que durante décadas dio cierta previsibilidad económica y política dejó de funcionar. | Laura Rojas

Escrito en OPINIÓN el

2026 inició con una sensación creciente de incertidumbre y vulnerabilidad. En México –y en el mundo– llevamos ya más de un año bajo amenaza arancelaria por parte de Estados Unidos, en unos meses se revisará el TMEC y, con ello, las reglas que sostienen gran parte del empleo del país. Además, tras la sustracción de Nicolás Maduro en Venezuela, el presidente Trump amenazó con incursionar en territorio mexicano para combatir a los cárteles por lo que la presidenta Sheinbaum buscó una llamada con él; vimos a Gustavo Petro, presidente de Colombia abandonar sus airados discursos antiimperialistas tras una llamada telefónica, y a María Corina Machado, la principal líder de la oposición venezolana ofrecerle al presidente estadounidense, compartir su premio Nobel. Todos entendiendo con quién hay que entenderse hoy.

Los tiempos en los que los foros internacionales funcionaban para dar voz en igualdad a todos los países y en los que las normas jurídicas y la interdependencia económica funcionaban como frenos efectivos al poder bruto, se terminaron. El sistema internacional que durante décadas dio cierta previsibilidad económica y política dejó de funcionar.

Ese equilibrio empezó a erosionarse mucho antes de las guerras recientes, pero la invasión rusa a Ucrania y la guerra en Gaza terminaron por hacerlo visible e inocultable. Antes de ellas, la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999 sin aval del Consejo de Seguridad de la ONU, la invasión de Irak en 2003 basada en la lógica de la guerra preventiva, la guerra entre Rusia y Georgia en 2008 y la anexión de Crimea en 2014, mostraron que el uso de la fuerza volvía a imponerse. En paralelo, la crisis financiera de 2008 debilitó la legitimidad del modelo de globalización liberal, y la posterior guerra comercial entre Estados Unidos y China –acentuada en 2025– junto con el bloqueo estadounidense al Órgano de Apelación de la OMC, evidenció que también las reglas comerciales dejaban de ser vinculantes. 

A partir de este diagnóstico, los analistas ya no debaten cómo preservar el viejo orden, sino qué lo sustituirá. Un primer escenario es el regreso de las esferas de influencia: en ausencia de un indiscutible país hegemónico, las grandes potencias buscan controlar su entorno regional. Rusia en Europa del Este, China en Asia-Pacífico y Estados Unidos en el hemisferio occidental responderían a una lógica histórica recurrente más que a una excepción.

Un segundo escenario apunta a un mundo multipolar competitivo sin reglas comunes fuertes. Investigadores de Chatham House y del International Institute for Strategic Studies describen un sistema de rivalidad estructural, con cooperación económica selectiva, alianzas flexibles y un uso instrumental de las instituciones internacionales. En este contexto, el derecho internacional no desaparece, pero pierde capacidad para disciplinar conductas y se convierte en un recurso retórico más que en un límite efectivo.

Existe también una visión que plantea que incluso tras el colapso operativo del orden liberal las grandes potencias podrían acordar reglas mínimas para evitar una escalada permanente. 

Desde el lado no occidental, particularmente en China, el orden internacional de la posguerra fue diseñado por y para un mundo en el que Occidente concentraba el poder. A medida que surgieron nuevas potencias y Estados Unidos dejó de ser claramente dominante, ese sistema dejó de reflejar la realidad del poder global y, por tanto, dejó de funcionar. En este nuevo contexto, la estabilidad ya no depende de reglas universales, sino del equilibrio de poder entre las grandes potencias.

El viejo orden dejó de servir. Y cuando los sistemas dejan de funcionar son reemplazados tras periodos de ajuste, conflicto y reacomodo del poder. Para los individuos, 2026 implica una mayor exposición a decisiones tomadas fuera de sus países que afectan precios, empleo, movilidad y seguridad, por lo que informarse y comprender el contexto internacional deja de ser un lujo y se vuelve una necesidad. Para las empresas, supone operar en un entorno donde el riesgo político, regulatorio y geopolítico es tan relevante como el financiero, lo que obliga a diversificar mercados, cadenas de suministro y estrategias de relacionamiento con gobiernos. Para los Estados, implica asumir que la capacidad de negociación directa y la claridad estratégica pesan hoy más que la apelación abstracta a normas que ya no se cumplen de manera universal.

 

Laura Rojas

@Laura_Rojas_