#CARTASDESDECANCÚN

Carta al periodista Roberto Rock

Donde se lamenta que México se encuentre abrumado por una actividad tan tóxica como la política. | Fernando Martí

Escrito en OPINIÓN el

EXCMO. SR. GRAL. DON ROBERTO ROCK COMANDANTE EN JEFE DE LA SILLA ROTA

Jefe de jefes:

No le vaya a extrañar que me dirija a Vuestra Supremacía con el respeto y la sumisión que tan solo se muestra ante la autoridad. Yo me inicié en este oficio en las redacciones de los viejos periódicos, en las cuales privaba una jerarquía casi castrense y se vivía un ambiente más bien cuartelario. Quienes ahí mandaban tenían rangos con un claro regusto militar (el jefe de información, el jefe de redacción, el editor en jefe), y hacían su trabajo impartiendo órdenes a sus subalternos, los reporteros, que se tenían que cumplir a rajatabla. 

En pocos renglones de texto, las susodichas órdenes enlistaban las entrevistas a realizar, las noticias a perseguir, las fuentes a consultar, los eventos a asistir. En ocasiones, el breve edicto incluía la palabra DEBE, lo cual transformaba la orden, que ya de por sí era obligatoria, en un imperativo categórico, un mandato inapelable que había que cumplir sin chistar y sin opinar. Como en un pelotón del ejército, la obediencia era la única vía de entendimiento entre los mandos y la tropa.

En una redacción en donde laboré, la de unomásuno, los reporteros se referían al director del diario con un apelativo elocuente: a sus espaldas le decían Dios, tratamiento que, cuando se enteró, no pareció molestar en lo más mínimo al destinatario. Tal vez ese abuso jerárquico y su notoria consecuencia, una férrea disciplina, era indispensable para controlar a los reporteros, una especie en extremo turbulenta y sediciosa, que de continuo tiende a la rebeldía.

Años más tarde, cuando tuve oportunidad de dirigir periódicos en Cancún, yo mismo ejercí algunas pinceladas de ese mando despótico. Las redacciones habían cambiado mucho y, sobre todo, se habían llenado de mujeres –algo inconcebible en mi primera época, cuando eran ferozmente machistas–, mutación que sin duda las hacía más amables y risueñas. No tenía esa calidad, sin embargo, la advertencia que les formulaba a los novatos que aspiraban a integrarse al equipo, pues les endilgaba una filípica que más o menos rezaba así: bienvenido (a), quiero que sepas que aquí no hay hombres ni mujeres, no hay solteros ni casados, no existen padres ni hijos, no se festejan cumpleaños ni aniversarios, aquí todos son soldados que obedecen sin averiguar, aquí todos traen la nota sin excusas ni pretextos y, si empiezas a fallar, pasas a la caja a recoger tu último cheque. Que yo sepa, a mí nadie me endiosó, pero sí alcancé a saber que me apodaban el monstruo.

Ninguna de esas rispideces percibí hace exactamente 39 semanas, cuando acudí a las oficinas de La silla rota y, de manera muy civilizada y tersa, acordamos que haría cuarenta entregas de estas Cartas desde Cancún, una cada domingo, buen día porque son kilométricas y se requiere un poco de ocio para digerirlas. Recuerdo que Vuecencia me dijo: escribe lo que quieras, de quien quieras, jamás te voy a tachar una palabra. Tengo que reconocer que cumplió su oferta a cabalidad, más allá del ácido sulfúrico que destilaban algunos de mis comentarios.

En cambio, reportero rebelde, yo no cumplí con mi promesa inicial de alejarme de la política, ese oficio perverso que mantiene intoxicado al país, y dejé de lado asuntos que no parecen tan urgentes y que, sin embargo, son los que realmente importan: el planeta, el rumbo de la civilización, los límites del ser humano, el sentido de la vida. Como excusa, sólo puedo alegar que me tienen colmado los desvaríos del Segundo Piso. Como pretexto, solo puedo argüir que estoy hipnotizado por la esquizofrenia de Donald Jay Trump. Vuestra Autoridad debiera mandarme a la caja a recoger mi último cheque.

Sé que no lo hará, pero yo seguiré sintiendo hacia mi editor actual el mismo temor reverencial que me invadía frente a Héctor Dávalos en Novedades, a Armando Ayala Anguiano en Contenido, a Manuel Becerra Acosta en unomásuno, a Pedro Álvarez del Villar en Interviú, y a Francisca Robles, mi asesora de tesis profesional en la UNAM. Esto de hacer periodismo equivale a marchar en un batallón de fusilería y de la boca del comandante en jefe, lo quiera o no lo quiera, brota de manera cotidiana y natural un mandato sagrado.

***

Creo recordar que en mi primera colaboración, dirigida a Don Julio Scherer García, le preguntaba al reportero más notable de mediados del siglo XX si ya se había muerto el periodismo. ¿Dónde quedaron, inquiría, las entrevistas a profundidad? ¿Dónde las crónicas de color? ¿Dónde los reportajes de investigación? ¿Dónde las exclusivas de ocho columnas? 

Vuestra Superioridad entenderá que son preguntas retóricas porque de repente, aquí y allá, a veces en un periódico, menos veces en la tele y en la radio, con cierta frecuencia en La silla rota, o en la red, o en revistas, o en formato de libro, aparece de pronto una perla periodística, un texto que no oculta que un reportero salió a la calle, husmeó sin ser invitado, hizo preguntas incómodas, rescató datos reveladores, desafió la verdad convencional, descubrió algo de interés extraordinario.

No se lo voy a negar, extraño mucho ese periodismo informativo, de datos duros, de cifras ocultas, de testimonios crudos, y sobre todo, de aventura, de riesgo, de calle. Vuecencia dirá que estoy desequilibrado, que me instalé en el delirio, pero, si volviera a ser jefe de jefes, desde el puesto de comando del editor mandaría a un reportero a caminar con los migrantes, a cruzar el país durmiendo en los parques y comiendo sobras, a sufrir los maltratos y las extorsiones de la Migra, a escalar con sus manos el muro infame, a llegar del otro lado del río (aunque lo deporten ipso facto, ¡qué buena nota!), a entrevistar a los capos del narco (lo que hacía Scherer), a buscar restos óseos con las madres buscadoras, en fin, a trabajar la nota de ocho columnas, a redactar textos que merezcan un premio de periodismo o, algo todavía mejor, el asombrado interés de los lectores. 

Entiendo que ese periodismo es cuesta arriba, altamente riesgoso, potencialmente suicida, pero eso es exactamente lo que hacen los corresponsales de guerra, no los que reportan desde el cuartel general del ejército de los Estados Unidos, a distancia prudencial de donde caen las bombas, sino los que se meten a los búnkers, los que marchan tras las unidades de combate, los que husmean en los escombros de la batalla. ¿Dónde está nuestro enviado especial a Ucrania? ¿Dónde podemos leer cómo se vive en el terror de Gaza? Esas guerras ni siquiera nos conmueven porque las vemos en imágenes artificiosas, como otro capítulo de la Guerra de las Galaxias.

A cambio de esa lectura improbable, Vuestra Autoridad lo sabe, hoy tenemos un periodismo no informativo, sino opinativo, meramente repetitivo, claramente comodino, con un claro predominio de los noticieros de la radio y de la tele. Ahí nadie parece salir a la calle, no hay razón para hacerlo, si desde un sillón y con un micrófono se pueden cubrir las mañaneras de Sheinbaum, los enredos de la elección judicial, los histéricos intercambios en el Congreso, los muertos de Sinaloa y Guanajuato, las estadísticas de los desaparecidos, las ocurrencias de Míster Trump, y párele de contar, esos son los temas de moda, que se repiten una hora tras otra: da lo mismo ver una emisión que la siguiente, todas dicen exactamente lo que acaba de decir el anterior.  

Y además, no dicen nada. ¿Qué mérito tiene informar que hoy hubo tantos desaparecidos, dos más que ayer, dos menos que mañana, si esa información está en Internet, la proporciona el gobierno y cualquier ciudadano puede acceder a esa página en tiempo real? ¿Qué sentido tiene consignar el valor del dólar, el estado del tiempo, el número de homicidios, los embustes de las mañaneras, los pleitos de las cámaras, las fluctuaciones de la bolsa, si todo eso está, en vivo y en directo, al alcance de un celular o de una tablet? 

Para compensar tanto vacío informativo, los opinativos se han llenado de opinión. ¿Y qué opinan los opinadores? Pues lo que ellos mismos escribieron en los periódicos, o bien, opinan sobre las opiniones de sus colegas opinadores que, para colmo, siempre están teñidas por una suerte de ceguera ideológica. Necesita uno ser un tanto masoquista para oír tanta reiteración, pues de antemano sabes lo que van a opinar. Además, hoy día, en los tiempos de la 4T, la opinión siempre implica una crítica al gobierno. No digo que criticar al gobierno esté mal, al contrario, está muy bien, pero la crítica enfada cuando se vuelve unánime, pareja, reiterativa, sin matices, sin sello propio. Como dice el refrán chino: cuando todos piensan igual, es que nadie está pensando.

En ese alud de entrevistas opinativas, hay una manía que refleja la calidad de nuestro periodismo: mandar saludos. Es una práctica que me subleva, que me enferma, que me parece de un desprecio infinito hacia el público que escucha. El opinador habla, menciona a fulano de tal, y el conductor interrumpe y le manda un saludo a fulano de tal. O bien, dice, desde aquí le mandamos un abrazo. O peor, confianzudo, le manda saludos a su respetable esposa, o lo felicita por el día de su santo.

¿Qué es eso? ¿Vivimos en un pueblito? ¿Es la emisora de radio de la aldea? Con esos saludos, ¿qué nos está diciendo el conductor? ¿Quién conoce al fulano? ¿Quién lo tiene en su directorio? ¿De quién es cuate? Más bien nos revela la calidad de la emisión, en muchísimos casos un diálogo de sordos entre el opinativo y la corte del reino, donde la audiencia es tan sólo un accesorio, un don nadie que tiene que soportar que su valioso tiempo se invierta en mandarle saludos a los conocidos.

Para colmo, vivimos intoxicados de política. Hay razones para que así sea: llevamos décadas padeciendo gobiernos infames, que no acaban de entender que su labor es administrar la riqueza común, mejorar nuestra vida, procurar nuestra felicidad, e insisten en reescribir la historia, imponernos leyes torpes y obtusas, saturarnos con pleitos de vecindad, aterrarnos con su ineptitud y, de pasadita, saquear las arcas nacionales y llenarse las alforjas.

Hace poco más de cien años, el filósofo Ortega y Gasset, quien también fue un consumado periodista, escribió: “El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos, no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia”.

¿Le suena? Sustituya la palabra España por el vapuleado México, y seguro le hace sentido. Pero antes de eso déjeme transcribir otra perla de Ortega: “En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tienen eficiencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él lo cotidiano y vulgar. Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia–, tiene que aceptar ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico”. 

Así andamos aquí, Vuestra Elocuencia, sin ganas de ir a la escuela ni de leer libros, sin ganas de escapar de lo cotidiano y lo vulgar, dóciles a la circunstancia de que tenemos mal gobierno y peor periodismo. Y encima, todavía nos quejamos de que las redes sociales, a punta de sandeces, nos estén ganando la batalla.

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Hace ya semanas, Jefe de Jefes, que vengo amenazando con que estas cartas van a desaparecer y, para ser más precisos, que se harán humo la próxima semana, con la entrega número 40, una misiva que le estoy preparando a la presidenta con A, Doña Claudia Sheunbaum, no vaya a sentir que la ningunié. El caso no es que quiera dejar de escribir, sino que tengo que hacerlo.

Resulta que una casa editorial me pidió un libro, me hizo firmar un contrato, me dio un anticipo, y hoy que se aproxima de manera vertiginosa el plazo de entrega, ni siquiera he empezado la redacción del manuscrito. A esa zozobra tengo que añadir otra: soy lentísimo para escribir redactar, en eso no parezco reportero. Escribo y reescribo, tacho párrafos completos, construyo oraciones dentro de la cabeza, ando ensimismado buscando el calificativo preciso y la palabra exacta, que solo llegan cuando la carta ya se publicó.

Con tan escaso ingenio, escribir una carta a la semana es un despropósito, una suerte de autoflagelación. Mas el problema es que me gusta hacerlo, sufrir un poco con la idea inconclusa, atormentarme con la frase pendiente. Así que le quiero proponer un trato poco juicioso: seguir con las Cartas, pero no cada semana, sino una vez al mes. Siempre en domingo, el primer domingo de cada mes calendario, con lo cual mi suplicio será menor, y los lectores, si acaso no se han extinguido a estas alturas, tendrán una dosis mucho más reducida de impertinencias.

Si me lo acepta le prometo de manera solemne –compromiso que de seguro no voy a cumplir–, alejarme de la política, escaparme de lo cotidiano y lo vulgar, no ser tan dócil ante nuestra horrible circunstancia. Y si no me lo acepta, acataré sin opinar y sin chistar y, como mi editor en jefe, desde el altar de las ordenanzas, seguirá Vuecencia contando con la adicción sin límites y la obediencia sin fisuras de

Fernando Martí

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