Abro la puerta y Cayetana ya no está. Me sirvo una lata de atún y ya no agita su cola glotona en la cocina. Tampoco la encuentro enredada entre los edredones de mi cama. Desertó sus escondites preferidos. Mi regazo. Mi abrazo. Me lo repito como quien se escucha pronunciar una frase imposible: “ya no está”. Ni ella ni esos hábitos meticulosos que marcaron nuestra vida cotidiana durante diez años. Sobre una mesa junto a la sala hay una urna con su imagen, su nombre, las fechas en que fue parte, centro, ternura infinita en nuestra familia: 2015-2025. Llegó a la casa hace diez años, como un regalo de mi amigo Esteban. Llegó para arrastrarnos a la adoración con sus encantos y su entrañable rostro de nariz apachurradita. La presumida, la irresistible Cayetana.
Una perrita minúscula que se escondía (era maniática del silencio y la penumbra), en los lugares más inesperados: en una esquinita oscura entre los libros, en el clóset encima de los zapatos, en el punto más lejano debajo de la cama. Una Shih tzu, orgullosa y altiva, independiente, celosa de su intimidad, ligeramente vengativa cuando los acontecimientos no seguían el curso de sus deseos. Detestaba las faltas de respeto, es decir: que se le desobedeciera. Muchas veces pensé que su personalidad era más cercana a la de un gato que a la de un perro. Quizá tenía que ver con la historia grandiosa y valiente de su célebre ancestra: la Shih Tzu que salvó la vida del mismísimo Buda.
El Buda paseaba tranquilito por los campos junto a su mascota, cuando unos maleantes lo atacaron, la Shih tzu, diminuta como era, se convirtió en una leona para defender a su amigo humano. De allí el significado de su nombre: leona. Y, sí, Cayetana vivió convencida de lo aterradora que podía ser enojada y de su obligación de denfendernos de toda amenaza: los truenos, los cohetes en los días festivos, los ruidos sospechosos, los ladridos de otros perros. Entre mis memorias más bellas de su diminuta ferocidad están las de un viaje a Tabasco. Tenía tres meses. Los perros ladraban lejísimos, del otro lado de la laguna y la Cayetana, majestuosa, iba y venía (con su paso firme) de un lado a otro del balcón defendiendo nuestro faro, con su pelito desordenado por el viento. Una verdadera heroína en los trópicos.
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Cayetana ya no está. Miro pasear a un perro labrador del vecindario que fue por años su amor imposible. De varias veces su tamaño, ella no reparaba en nimiedades. Aunque más bien creo que su imagen corporal nunca correspondió a sus modestos seis kilitos que podíamos colocar en un canguro para salir a pasear. Les digo: consecuencia de ese asunto de la conversión de su ancestra en leona. Cayetana tan amorosa, tan cercana, tan compañera, tan incondicional. El día anterior a su muerte se deslizó en la recámara de mi hijo Jerónimo, que no estaba. Se metió a su clóset y se recostó largamente sobre sus zapatos. Lo andaba buscando. Buscó a María y a Sebastián. Se pegaba a mí. Sabía, se estaba despidiendo. Esa enfermedad cruel la atacó tan de golpe. Sufría y me miraba con sus ojitos tan tristes. Se habrá preguntado cómo pude permitir que le pasara algo así. Ella no sabía nada de lo inevitable. Murió en brazos de Diego, mi hijo mayor.
Su casita junto a mi escritorio. Su camita debajo de la mesa al lado del ventanal donde el sol llega intenso toda la mañana en los días fríos. Su sofá preferido. Sus platitos. Las huellitas de su vida en nuestros corazones. Por siempre. Cayetana. Cayita. Cayú. La soledad que me deja. Hay un hueco entre mis brazos en el que cabía perfecto. Los parques del barrio donde paseábamos, el cafecito al que íbamos juntas. Sus perruchis amigas/os y su única enemiga declarada: una french poodle insoportable y artera que nos mordió más de una vez a las dos. Cayetana amaba nuestro barrio y dominaba su mundito desde el balcón. Lo ponía en orden con tremenda disciplina. Al tanto siempre de las idas y venidas de perros y humanos.
Cuando comience a soplar el viento fuerte, muy fuerte, vamos a esparcir sus cenizas desde el balcón, para que vuele, para que caiga sobre el jardín entre los árboles, para que se quede por todos lados en nuestra vida cotidiana. Para que aleje los peligros de la casa, valiente y temeraria. Cayetana ya no está. Escribo junto a su casita vacía. Amora chiquita. Amora peluda. Cuánto te agradezco tu vida en mi vida. Nunca olvidaré tu vida en mi vida.
