El sábado pasado, las calles se llenaron de mujeres -y niñas- alzando su voz para exigir el fin de la violencia de género, justicia para las víctimas de feminicidio, acceso a derechos sexuales y reproductivos, reconocimiento y garantía de los derechos laborales, y una vida libre de violencia.
A pesar de la preocupación por posibles enfrentamientos, tanto con fuerzas de seguridad como con grupos de choque, miles de mujeres de todas las edades se reunieron desde temprano en diversas ciudades del país.
Las preocupaciones no eran en vano. Desde varios días antes, empezaron a circular grupos y canales en redes donde hombres se “organizaban” para enfrentarse a quienes participaran en las manifestaciones feministas. Las propuestas iban desde bloquear las marchas para provocar enfrentamientos hasta usar violencia directa contra las manifestantes.
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No es la primera vez que este tipo de grupos surgen en torno al Día de la Mujer, sin embargo, el contexto internacional de discurso antifeminista y de odio les ha dado más impulso y envalentonado. Finalmente, las amenazas se quedaron en las redes, en el mundo virtual, donde las voces feministas son acosadas, amenazadas, silenciadas y donde la misoginia anda rampante y más fuerte que nunca.
En redes sociales, publicaciones y activistas feministas son bombardeadas con mensajes de odio, insultos, incluso amenazas. Los agresores se escudan tras pantallas para ejercer su misoginia, como lo demuestran los cientos de comentarios que recibimos en las publicaciones de La Cadera de Eva durante la cobertura del 8M.
Mientras hombres anónimos fantaseaban con golpearnos, los cuerpos de seguridad del Estado, en lugar de garantizar el derecho a la manifestación fueron agentes de represión, utilizando una fuerza desproporcionada para violentar a las manifestantes. La policía reprimió de manera violenta las marchas que tuvieron lugar en 11 estados del país como Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Yucatán, de acuerdo a reportes de organizaciones observadoras.
De nuevo, no es la primera vez que las manifestaciones feministas son blanco de esta violencia. Gases lacrimógenos, balas de goma, detenciones arbitrarias, un repertorio de la represión que se despliega con crudeza, buscando infundir miedo y desarticular la lucha.
La violencia contra el feminismo es una estrategia de control, pero el movimiento feminista no se amedrenta. A pesar de la represión, la violencia, las amenazas, las mujeres siguen saliendo a las calles, alzando la voz, exigiendo sus derechos. Y en la calle y en las redes, tejemos alianzas, nos apoyamos mutuamente, y desafiamos el discurso dominante.
La violencia, en todas sus formas, es un intento de silenciar la verdad. Pero la verdad, como una semilla, siempre encuentra la manera de germinar, y el feminismo seguirá creciendo, echando raíces profundas, extendiendo sus ramas por todas partes.