EXCMA. LIC. DOÑA ROSA ICELA RODRÍGUEZ GURÚ DE LA GOBERNANZA DE LA 4T
Discretísima y Astutísima Ministra:
Quiero someter a la consideración de Su Excelencia lo que podría llamarse “la teoría de los dos gobiernos”. Tal hipótesis tendría plena vigencia en el México actual y sostiene que a lo largo y ancho del territorio hay dos poderes distintos, a veces coincidentes, a veces discordantes, a veces asociados y a veces antagónicos, que no acaban de acomodarse y de definirse, para congoja y desconcierto de la ciudadanía.
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Como Vuestra Gracia tiene fama de suspicaz y de perspicaz, de seguro pensará que le voy a venir con el cuento del gobierno paralelo de Palenque, una interpretación que se da por cierta en los corrillos de los cafés y en las charlas de sobremesa, que asegura que el caudillo de Macuspana, Andrés Manuel López Obrador, ejerce una influencia perniciosa en el aparato de gobierno, que se demuestra con el abultado número de incondicionales que logró imponer en el gabinete presidencial o en sus apéndices, entre ellos su hijo Andy López Beltrán, su porrista Luisa María Alcalde, su compadre Adán Augusto López, sus protegidos Francisco Garduño, Mario Delgado, Clara Brugada y Rosa Icela Rodríguez, y hasta algunos tontos útiles como Rubén Rocha, Evelyn Salgado y el impresentable Fernández Noroña.
Pues no, Su Serenísima, no va por ahí a cosa. Aunque existen cuantiosas evidencias de que hay un poder tras el trono, un poder mucho más contundente que el de cualquier ministro, gobernador o partido político, el tal maximato de marras no cuadra con la teoría que hoy me permito poner sobre su mesa.
Ya que Vuestra Ecuanimidad goza de reputación de intuitiva y de reflexiva, entonces habrá colegido que me refiero al reciente señalamiento de la Casa Blanca, que afirmó con todas sus letras que “las organizaciones mexicanas de narcotráfico tienen una alianza intolerable con el gobierno de México”. Abona a esa versión la tibia respuesta de la Jefa de la Nación quien, si bien calificó como “calumnia” la acusación y culpó a los fabricantes de armas de ser los auténticos aliados del narco, a través de en un video dominical para consumo doméstico, no puso en pausa la relación bilateral, ni llamó a consultas a su embajador, ni protestó por la vía diplomática, como requería una ofensa de esa magnitud.
Pues tampoco, Su Eminencia, tampoco traigo esa narrativa. Aunque abundan las pruebas de que el crimen organizado impone el orden y el desorden en vastas zonas de la República, esa variante es ajena a la teoría del gobierno dual con la que abrí esta misiva y que paso a explicar en detalle en este mismo instante. La cosa va así:
Uno, México tiene un gobierno fuerte, encabezado desde Palacio Nacional por la presidenta con A, Doña Claudia Sheinbaum. Ese aparato ejerce un control férreo y hace lo que se le da la gana, pues solo así y no de otra manera se puede explicar que haya impuesto una mayoría ficticia y aplastante en el Congreso, que haya sometido y desmembrado al Poder Judicial, que ensucie la Constitución con sus ocurrencias y caprichos para hacerlos inatacables (los vapeadores, por ejemplo), que viole hasta las propias leyes que acaba de aprobar, que presuma sus reiterados desacatos a las sentencias de los jueces, que le venga guanga la guerra civil que se vive en Sinaloa desde hace seis meses, que se haya quedado con los ahorros de los trabajadores en el Infonavit, en resumen, que vaya de abuso en abuso, de exceso en exceso, y además, presente sus atropellos con el peregrino argumento de que fue el mandato que recibió en las urnas.
Dos, México tiene un gobierno débil, encabezado desde Palacio Nacional por la presidenta con A, Doña Claudia Sheinbaum. Esa maquinaria no puede controlar el desbarajuste que existe a nivel nacional, pues sólo así y no de otra manera se puede explicar que el crimen organizado y el espontáneo perturben nuestra vida de manera cotidiana, que haya retenes de malandros en las carreteras, que la mejor protesta ciudadana consista en bloquear calles y avenidas, que el costo de la canasta básica se incremente por los derechos de piso, que no se haya avanzado ni un milímetro en el combate a la corrupción, que estemos reprobados en la protección de los derechos humanos, que persista la estrategia de enfrentar a unos mexicanos con otros, en fin, que vaya de tropiezo en tropiezo, de fiasco en fiasco, y además, que tenga la pésima manía de afirmar que no pasa nada, que todo va bien, que no hay ningún problema, y la coartada más asombrosa, que el pueblo manda.
Y con ese gobierno disfuncional y errático, en algunos asuntos tiránico, en otros temas medroso, en muchas cuestiones distraído, llegamos a lo peor que nos podía pasar: una amenaza del exterior que, para variar, nos agarra desorganizados y desunidos. No quiero exagerar la nota afirmando que las bravatas de Míster Trump se van a convertir en una catástrofe, que vamos a perder territorios, que vamos a sufrir invasiones (aunque sea con drones), que nos van a cerrar la frontera, que se va a desfondar la economía (vía cancelación del T-MEC), o que van a deportar a millones de compatriotas, aunque no se puede descartar ninguno de esos escenarios.
Lo que fastidia, lo que da grima, lo que es de pena ajena, es lo mal preparados que estamos para enfrentar cualquiera de esas eventualidades.
***
Si Vuestra Paciencia me tiene paciencia, le quiero relatar una anécdota minúscula, una mini extorsión de esas que se registran por miles cada día. Tengo frescos los datos porque yo fui la víctima, aunque debo confesar que me pasé de tarugo. Resulta que hace un par de años iba al volante de mi auto cuando me avisaron que debía estar al día siguiente en la Ciudad de México. Como tenía las manos ocupadas le pedí a mi mujer, que venía a mi lado, que entrara en su celular a la página de Volaris, una aerolínea de trato altanero y servicio infame, pero la que cuenta con más servicios diarios a la capital. En la pantalla seleccionamos horario, declinamos llevar equipaje, escogimos asiento, pusimos los datos de una tarjeta de crédito y, al presionar la tecla para pagar, se cortó la comunicación.
Como no supimos si se había hecho el cargo, llamamos al conmutador de la aerolínea, donde una grabación nos tuvo dando vueltas y presionando opciones por largos minutos, pero jamás nos comunicó con un ser humano. Por suerte y por desgracia, mi mujer encontró en Internet un teléfono que decía Volaris. Servicio al cliente, donde nos atendió una cordial voz femenina. Nos pidió el nombre del pasajero, nos preguntó la hora de salida y nos informó que la reservación estaba hecha, pero no pagada. Si quiere lo paso a cobranzas, ofreció, ahí lo pueden atender.
Una voz masculina, igualmente amable, entró al relevo. Nos dio su nombre de pila (falso de toda falsedad), nos volvió a pedir los datos del pasajero, nos advirtió que no necesitaba el número de tarjeta (eso nos dio confianza), nos dijo que su sistema estaba fallando y nos ofreció liquidar la compra transfiriendo el dinero a una cuenta bancaria, de la cual nos dio una clabe de 18 dígitos y otro número telefónico para enviar el comprobante. Todo eso hicimos, ya le dije que me paso de tarugo, pues el número Volaris Servicio al cliente era un call center de la mafia, entrenado para desplumar incautos. Lo único que tenían, comprendí después, era una computadora, desde la cual accedieron a la página real de Volaris, vieron el precio de la tarifa con el horario que yo mismo les di, agregaron el costo del asiento, y se llevaron de mi cuenta algunos miles de pesos. Ni siquiera lo habrán disfrutado o celebrado, porque para ellos es un trabajo rutinario y metódico, que no se basa en el monto de cada operación, sino en el número de tarugos que logran captar a diario.
A una secretaria de la oficina donde trabajo la llamaron desde un hospital para decirle que su esposo había tenido un accidente, que no estaba grave pero sí golpeado, y que debía depositar una cantidad equis para que le dieran ingreso. Cayó. A un pariente político lo llamó una voz juvenil, que lo saludó con toda familiaridad: hola, tío, le dijo. ¿Pepe?, preguntó el inocente. Sí, tío, soy Pepe, confirmó el estafador, para luego explicar que acababa de atropellar a una persona en la carretera y que los agentes lo meterían a la cárcel si no depositaba en ese instante una cantidad de bastantes ceros. Cayó. A una conocida que opera un salón de fiestas le fue peor, pues los malandros le advirtieron que estaban a pocas cuadras del negocio (le mandaron por WhatsApp una falsa ubicación), y la amenazaron con irrumpir con armas largas a la fiesta en curso, despojar a todos los invitados y arruinar la buena fama del local, todo lo cual podía evitar si transfería varios miles a una tarjeta. Cayó.
Pero qué le voy a contar a Su Sapiencia, quien durante cuatro años fue secretaria de Seguridad Pública y debe de estar más que enterada que en el país se registran, cada año, unos cuatro millones de intentos de extorsión telefónica (¡!). Eso significa 350 mil por mes, doce mil por día, 500 por hora, ocho y fracción por minuto durante las 24 horas, incluyendo sábados, domingos y días de guardar. Y eso es tan solo una modalidad del feo delito de extorsión, pues hay otras peores, como los secuestros exprés, las amenazas directas de lastimar o violar a un familiar, o el infame derecho de piso.
Volviendo a la teoría del gobierno débil, los voceros de la 4T suelen replicar con la cantaleta de que tales delitos van en declive (jeje). Ni cómo creerles, cuando el celular suena todos los días solicitando domicilios para entregar paquetes de Amazon (un truco muy viejo), ofreciendo ventas falsas de tiempo compartido (una treta muy rentable), pidiendo anticipos para entregar premios y herencias, ofreciendo una amplia gama de artículos en venta telefónica (baterías de cocina, aparatos de masaje, productos de belleza, membresías de gimnasios), a precios de remate. Ante esa estafa reiterada y monumental, quisiera preguntarle a Su Gobernanza si el gobierno no tiene elementos para intervenir y/o cancelar los 200 mil números telefónicos desde los cuales se han generado llamadas extorsivas (¡¡!!), de acuerdo con el Consejo Mexicano para la Seguridad. O bien, si la Unidad de Inteligencia Financiera, tan ducha en husmear los ingresos de periodistas y opositores, no puede seguir la pista del dinero en las 20 mil cuentas bancarias donde han ido a parar esos depósitos, con una cuantía estimada en dos mil millones de pesos. (¡¡¡!!!)
Llegado a este punto, voy a formular la teoría del gobierno débil desde otra óptica, si Vuestra Tolerancia me permite rectificar. La versión modificada dice así: México tiene un gobierno débil, encabezado desde Palacio Nacional por la presidenta con A, Doña Claudia Sheinbaum, porque esa maquinaria es incapaz de controlar el desbarajuste que existe en el país por todas las razones anteriormente expuestas y, sobre todo y en primer término, porque está plagada de obradorismo, una praxis política que pregona que la lealtad al líder es más importante que la eficiencia o la honestidad, y luego, en segundo lugar pero al mismo nivel, porque ha permitido proliferar el crimen hasta niveles de escándalo, que nos colocan en una situación muy vulnerable en la actual coyuntura internacional, frente a un imperio que nos exige garantías que es probable que no podamos satisfacer.
Estoy seguro que Vuestra Eficacia tiene muchas gráficas y numerosas estadísticas para demostrar que estoy equivocado pero, me pesa reiterar el punto, ni cómo creerles…
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Hace pocas semanas, en un programa de televisión, escuché a Vuestra Virtud afirmar que la 4T no puede ser “cómplice de la delincuencia”. No tengo ningún elemento para sospechar que Usía se encuentre en ese enjuague, pero sin duda su aseveración es discutible, pues de su nueva responsabilidad, la Secretaría de Gobernación, depende el Sistema Nacional Penitenciario, y da la casualidad de que nueve de cada diez intentos de extorsión telefónica, según el Observatorio Nacional Ciudadano, se generan… ¡desde las cárceles del país!
Las prisiones mexicanas no son, como su nombre lo indica, centros de readaptación social, sino que operan como escuelas de delincuentes, centros de capacitación para criminales, hoteles de lujo para presidiarios fifís y negocios exclusivos de las mafias, lo cual incluye el tráfico de armas, de drogas, de alcohol y de sexo. En esas sucursales del inframundo, insalubres y sobrepobladas, operan a la vista de las autoridades auténticos call centers, con sus propios amplificadores de señal y redes de Internet. O sea, que si el gobierno del Segundo Piso informa que en pocos meses ha logrado meter a la cárcel a diez mil 148 delincuentes, lo que se entiende es que los ha puesto al cuidado y bajo la protección del Sistema Nacional Penitenciario, desde donde podrán seguir ejerciendo sus actividades criminales, no con plena libertad, pero si con muchas facilidades.
Para el ciudadano de a pie, Vuestra Probidad, es del todo incomprensible que el gobierno afirme que combate el crimen, y al mismo tiempo, permita que en los reclusorios, espacios que en teoría sirven para controlar y castigar, funcionen redes de extorsión. Puede que los altos mandos de la 4T no sean cómplices de los narcos, pero sin duda son protectores y garantes de las redes criminales, en las cuales tiene que estar involucrada toda la nómina de los penales, desde los celadores hasta los alcaides, para no hablar de los mandos policiacos, los ministerios públicos, las fiscalías, los jueces, y en última instancia, las empresas de telefonía y los bancos lavadores de dinero.
Hasta ahí la dejo, Vuestra Suficiencia. Si me pregunta, la verdad es que ando triste y apocado, por las pocas municiones que tenemos para enfrentar las amenazas que nos llegan del Norte, sobre todo en el tema de seguridad. En comercio, podemos alegar que somos mucha pieza y que por eso tenemos superávit. En migración, podemos argumentar que no todo es culpa nuestra, que la provoca la ancestral pobreza (y la de Centroamérica). Pero en seguridad, ¿cómo explicar tanto policía corrupto, tanto mando cómplice, tanto juez venal, tanto alcalde coludido, tanto político aceitado, tanta cárcel podrida y tanta extorsión floreciente?
Para rematar, de una vez le digo, porque ya sé lo que me va a preguntar: si denuncié el delito del que fui víctima. La respuesta es obvia: ni que fuera tarugo. Un amigo que sabe del tema, porque fue procurador, me dijo una vez: denunciar equivale a darle todos tus datos a los delincuentes. ¡Ay, guey! Mejor así, quietecito y calladito, aceptando sin discutir que la teoría del gobierno débil es tan sólo un disparate de la frustración justiciera de