El siglo XVIII modificó la forma en que se castigaban los delitos. El momento lo marcó el surgimiento de la prisión en Francia, al sentar las bases del sistema penitenciario “moderno”. Lo hizo como una nueva forma de dominación, a partir de un modelo de vigilancia basado en nuevas formas de sancionar y castigar a quienes no respetaban la ley.
Michel Foucault analiza el proceso con gran detalle en su obra Vigilar y castigar (1975). Pero, aunque una de sus prioridades de análisis estaba en la prisión, el filósofo abrió la oportunidad de identificar los grandes cambios que este sistema generó en las instituciones públicas, en las estructuras sociales y sí, en todas las relaciones de poder.
El impacto del nuevo modelo fue tan profundo y significativo que se extendió con rapidez a las fuerzas armadas, a los hospitales, a los centros de trabajo y las escuelas. El eje que le dio sentido y soporte fue el concepto de disciplina, que produjo nuevas normas, el diseño de procesos judiciales innovadores y el establecimiento de procedimientos de castigo legítimos e institucionalizados.
Te podría interesar
Con esta visión, no sólo se creó un nuevo pacto social. También se instauraron diferentes formas de sometimiento físico y mental, en las que se privilegiaban la productividad y, de manera simultánea, la docilidad política. Los efectos fueron tan trascendentes que la vigilancia y el castigo transformaron, además, las relaciones e interacciones entre las naciones.
Por si no lo leíste: ¿Trump alista dictadura? "Quien salva a su país no viola ninguna ley", afirma.
En el ejercicio del poder internacional, los sistemas de hegemonía y dominio se han vuelto más complejos, efectivos y sofisticados. El desarrollo tecnológico —y su impacto en la economía y la política— ha desempeñado un papel determinante. Durante las dos guerras mundiales del siglo XX, vigilancia y espionaje se convirtieron en herramientas esenciales para ganar, disuadir y someter a los enemigos.
Al término de la segunda guerra, el triunfo ya no dependía sólo de la fuerza militar. La amenaza y la advertencia —promovidas a través de los grandes medios de comunicación— se convertirían en armas de enorme poder, capaces de modificar las reglas convencionales de la guerra que prevalecieron durante el siglo XIX.
De este escenario surgió la Guerra Fría, misma que tuvo en la propaganda una de sus principales armas. Pero eso no fue todo. Con el surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se creó un nuevo orden y surgieron diversos procedimientos de comunicación política, los cuales fueron orientados por la diplomacia moderna.
Lee más: CIA espía a cárteles con drones. Sheinbaum desestima publicaciones de la CNN y el NYT.
En aquel mundo bipolar, el espionaje y las sanciones fueron muy importantes dentro de las estrategias políticas. Pero eran más discretas. Se comunicaban de otra manera. Se acordaban ciertas acciones entre los dirigentes de algunos países cuando se consideraba necesario. La gente sabía de su existencia por las películas, series de televisión y, de vez en cuando, por las noticias de alto impacto.
Con el resurgimiento sin precedente del populismo, el presidente Donald Trump inició una nueva era en las relaciones internacionales. El impacto que ha logrado con sus decisiones y acciones ha sido tan profundo que ya ha conformado nuevos equilibrios entre las naciones hegemónicas y ha reducido la influencia de varios organismos internacionales.
El mandatario estadounidense lo está haciendo en tiempo récord. Lo está haciendo con el apoyo de los nuevos medios de comunicación, los cuales están siendo utilizados como armas de gran poder ideológico, persuasivo y disuasivo. Lo está haciendo con tres conceptos efectivos que provienen del siglo XVIII: vigilar, amenazar y castigar.
Si Foucault fuese testigo de lo que hoy se decide en la Casa Blanca, tal vez quedaría sorprendido por la forma en que evolucionaron los conceptos. El cambio en las formas de dominio, sometimiento y manipulación de las fuerzas en el mundo global avanzaron mucho más rápido que en las prisiones.
Lo que ha hecho Trump en unos cuantos meses le daría material suficiente al filósofo francés para que escribiera otra obra voluminosa: atractiva, interesante y esclarecedora por la forma en que se siguen transformando algunos paradigmas de lucha por el poder, incluidos los derechos humanos y los de las naciones.
¿Foucault consideraría que Estados Unidos está transitando hacia una dictadura? ¿Qué diría sobre las amenazas y los castigos que a diario se lanzan y se imponen desde Washington? ¿Cómo interpretaría el debilitamiento de los sistemas de equilibrios y contrapesos que se está dando en esa nación y en otros países?
Más allá de las especulaciones, lo que verdaderamente importa hoy es que los países socios, aliados, adversarios o enemigos de Estados Unidos entiendan bien el fondo de su estrategia, a partir de los tres conceptos. El desgaste de los recursos diplomáticos los obligan a adaptarse con inteligencia al nuevo escenario, o resignarse a la derrota, subordinación y marginación por muchos años.