Se cumplieron diez años de la consulta pública que sepultó un proyecto similar al que hoy se construye: el Corredor Cultural Chapultepec (2015) y ahora, la Calzada Flotante de Tlalpan. Ese episodio me marcó. Terminé siendo protagonista de la resistencia ciudadana, aunque, en realidad, no tenía ninguna intención de involucrarme. De ahí surgieron amistades y conversaciones que mucho valoro.
Durante la década pasada fui un activista constante y a favor de mi ciudad. Arranqué en el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo, fundé una asociación civil, ayudé a crear otra, y colaboré con varias más cuando fui convocado. Si algo dominó esos años fue una filosofía simple y poderosa: el acto de conversar sobre lo público hace lo público.
Entre los temas que abordé, hay uno en el que terminé convertido, voluntaria o involuntariamente, en referente: la filosofía peatonal. Llevo 15 años usando el seudónimo “Rey Peatón”. No es por arrogancia monárquica, sino porque el debate sobre la caminabilidad necesita símbolos.
Te podría interesar
La Carta Mexicana de los Derechos del Peatón, por ejemplo, fue fruto de discusiones que detonamos en 2014. Difundirla, promoverla, discutirla fue activismo puro. El concepto de “peatón” nace con la irrupción de las carretas: caminar podrá ser casi inherente al homo sapiens, pero caminar entre vehículos es un fenómeno reciente, urbano y político.
La defensa del peatón no es una pose. Es una forma de reivindicar que subirse a un habitáculo con ruedas y capacidad de superar los 100 km/h no debería bastar para marginar a quienes siguen viviendo la ciudad a pie.
El Rey Peatón nació en la Alcaldía Miguel Hidalgo, durante el primer gobierno de Víctor Romo, aunque bajo mi autoría, con un acuerdo más verbal que formal. Incluso hubo un monumento en el camellón de Horacio, que afortunadamente el actual alcalde, Mauricio Tabe, retiró.
Xóchitl Gálvez añadió pelo largo y falda a las figuras para dar lugar a la Reina Peatona. En una de esas pintas nos acompañó un vecino de la colonia Granada. Estábamos en Ejército Nacional y Arquímedes. Ese vecino trabajó durante todo el sexenio pasado en la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México. Hoy es funcionario de la Agencia de Trenes y Transporte Público Integrado. No menciono su nombre, porque esto no va de personas, sino de posturas... o poses.
Hace poco, gracias a un recuerdo de las redes sociales, me apareció la foto de aquel día. La subí a X. Aparecemos los tres: la entonces delegada, el actual funcionario y yo. Pero en estos tiempos de intolerancia, una imagen basta para incomodar. A ese funcionario, una foto con Claudia Sheinbaum le parece un galardón. Una con Xóchitl Gálvez, en cambio, es motivo de vergüenza. No para mí: yo sigo creyendo que mostrarme con personas que, desde su trinchera y con honestidad, intentan hacer lo mejor por el país es motivo de satisfacción, porque no hay una sola verdad, ni un solo México.
Pero claro, él respondió como lo haría cualquier cuadro orgulloso de la Cuarta Transformación: “Los tiempos de la pose, qué bueno que ya cambiaron, porque ahora los proyectos de movilidad sí se hacen de verdad”.
Ahí está la verdadera pose, no la que se critica, sino la que se adopta para parecer comprometido con algo. Una pose oficial. Una pose que no podría conversar con una realidad: lo que se invertirá en trenes interurbanos para viajes medianamente resueltos a una demanda reducida, con los autobuses foráneos, podría solucionar millones de viajes metropolitanos que están muy lejos de ser atendidos de manera adecuada en las grandes urbes.
México no nació el 1 de diciembre de 2018. Ni el 5, por si se prefiere el calendario de Sheinbaum. Antes ya había proyectos de movilidad y de espacio público. La entonces jefa de Gobierno no hizo ninguna línea nueva de Metrobús; su antecesor, Miguel Ángel Mancera, hizo tres. Ella construyó tres líneas de Cablebús; Mancera, ninguna. Ninguno logró ampliar el Metro. Con Mancera bajaron las muertes por siniestros viales; con Sheinbaum, se dispararon.
Todo esto podría formar parte de una conversación razonable. Hay indicadores en los que Sheinbaum supera a sus predecesores, y otros donde no. Negarlo, eso sí es pose.
He estudiado muchos temas, he dado clases, he publicado durante años. A veces tengo razón, a veces no. A veces estoy sesgado; otras veces soy más objetivo que el promedio. Pero lo que me salva, lo que nos salva, es aceptar que somos falibles. Eso, justamente eso, es lo que nuestros funcionarios no soportan. Porque gobernar, hoy, es un acto de pose. Y la pose no admite fisuras.
La tragedia de este momento democrático es que todo acto de gobierno ha sido convertido en espectáculo, en diatribas a los críticos, en negación de la diferencia y hasta de la realidad. La pose es el escudo del poder, para evitar ser comparado con los humanos. Porque los humanos, por naturaleza, nos equivocamos, pero generalmente caminamos sin pose.
