ESCRIBIR

Escribir, por ejemplo

Escribir es un momento irrepetible en el que cada frase se juega su existencia. | Aura Celeita Díaz*

Escrito en OPINIÓN el

Escribir, por ejemplo… Escribir poemas, cuentos, novelas, crónicas, ensayos, piezas literarias que, en pleno desacato de los géneros literarios, se extravían y vivifican (…)” apuntó Carlos Monsiváis.

Escribir exige algo más que un manual. Requiere tiempo y hábitos que poco se parecen a los de una oficina y que casi nunca conviven con la prisa. En los últimos años se ha hablado mucho de autoría y plagio, pero las instituciones educativas muestran un desinterés persistente por enseñar a leer, observar o interpretar el mundo a través de la escritura.

Las universidades se empeñan en estandarizar protocolos y formatos y, más recientemente, en proyectar la imagen de que cumplen al pie de la letra todas las prácticas éticas ante un escrutinio ciudadano cada vez más intenso. Abundan los formularios y declaraciones que funcionan como listas de adhesión automática a todas las causas correctas. No obstante, evitan cualquier indicio de controversia. Y es justamente esa evasión la que abre una grieta, donde se decide, la libertad o el sometimiento de quienes escriben.

En el nuevo régimen de productividad laboral, los tiempos lentos para escribir se vuelven un estorbo. Todo debe resolverse con rapidez y claridad, sin espacio para la duda ni el desvío. Pero, ¿qué ocurre con ese ritmo interior que la escritura reclama? Ese ritmo, a veces, exige detenerse, conversar con una amiga, permitir que una objeción ajena afile una frase o desbarate una certeza. Sin esa fricción, la escritura queda sola, exenta de tensión, y termina reducida a cumplir con la fecha de entrega.

He visto a investigadores jóvenes preocuparse por el número de citas que logran que sus estudiantes reproduzcan, por sus estadísticas en Google Scholar o por la alquimia de convertir un sólo proyecto en veinte artículos desmenuzados para exhibir resultados favorables que justifiquen su salario. Todo sea por el Key Performance Indicator.

Mientras tanto, el modelo anglosajón de escritura académica forma autores eficientes y previsibles. El estudiante aprende a ensamblar tesis, párrafos de apoyo y conclusiones impecables, como si escribir un texto fuera tan mecánico y despersonalizado como seguir las instrucciones para ensamblar un mueble de Ikea. El acto de escribir se convierte en un trámite. Además, persisten instrucciones que hace años debieron ser jubiladas con honores fúnebres: “escríbelo para que lo entienda tu mamá”. La expresión, además de paternalista y misógina, subestima al lector y apunta al cómodo territorio del lugar común, lejos de la sofisticación de lo simple y bien hecho.

¿Para qué necesitamos más tiempo? Para consumir, claro: para desplazarnos sin interrupciones entre pantallas y tareas, tragando formatos y opiniones prefabricadas. En este modelo, pensar se convierte en un lujo improductivo; demorarse, en un error. Así, la escritura deja de ser un espacio para ensayar o reflexionar y se transforma en una línea de ensamblaje.

Y es dentro de esta cadena de producción donde surgen dos bandos: los alarmistas y los entusiastas. Los primeros temen la trampa y creen que serán superados por un sistema que acorta cada vez más el proceso. Los segundos confían en que los programas de inteligencia artificial pueden enseñar a pensar, o pensar mejor, o incluso pensar más rápido, como si la velocidad fuera sinónimo de lucidez.

Frente a esta situación, varios centros de estudio han improvisado toda clase de artefactos para atrapar a los estudiantes que usan inteligencia artificial. La escena resulta risible. ChatGPT no hace otra cosa que perfeccionar con eficacia el modelo que la escritura académica ha pulido durante décadas: producir textos predecibles. La máquina solo llevó esa lógica a su expresión más honesta.

De ahí que la pregunta urgente no sea quién escribe, convertida ya en otro lugar común de apelaciones al punto de vista situado y a la experiencia propia —como si esa advertencia preparara al lector para cualquier despropósito— sino cómo se escribe y qué tiempo exige.

La escritura académica y la inteligencia artificial comparten una obsesión común: erradicar la lentitud, neutralizar el riesgo. En esa convergencia, las voces se uniforman hasta volverse intercambiables. Y, sobre todo, se las priva de su única condición de libertad: la posibilidad de pensar en el mismo acto de escribir, no como preparación previa ni como corrección posterior, sino como un momento irrepetible en el que cada frase se juega su existencia.

* Aura Daniela Celeita Diaz

Artista Pla´stica y Visual, de la Universidad Distrital Francisco Jose´ de Caldas. Estudiante del doctorado en Estudios del Desarrollo. Problemas y Perspectivas Latinoamericanas (DEDPPLA) del Instituto de Investigaciones Dr. Jose Mari´a Luis Mora.

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