El 24 de diciembre, en el umbral del solsticio invernal en el hemisferio norte, se marca un momento ancestral de profunda significación cultural y humana. A pesar de que la fecha ha sido históricamente cooptada por narrativas teológicas específicas, su verdadero poder reside en un fenómeno universal y previo al dogma: la necesidad humana de crear luz y significado en el tiempo de mayor oscuridad.
Esa noche, entonces, nos ofrece la oportunidad, desde una perspectiva humanista no afiliada a una religión específica, de reivindicar y celebrar los valores éticos universales que son la verdadera esencia de la temporada.
El solsticio invernal en el calendario
En las sociedades agrícolas y paganas de la antigüedad, el día más corto del año, el solsticio de invierno, que ocurre alrededor del 21 o 22 de diciembre, era un evento de crucial importancia y gran temor. Marcaba el punto máximo de la oscuridad y el frío. A partir de ese momento, la duración de la luz solar comenzaba a crecer gradualmente, simbolizando el "renacimiento del sol".
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Las grandes celebraciones en torno a esta fecha, que a menudo se extendían por varios días, incluyendo el 24 de diciembre, tenían como propósito asegurar el retorno solar, pues mediante rituales, luces y fuegos, se creía que se ayudaba al sol a recuperar su fuerza y honrar a los dioses de la fertilidad, ya que el invierno era sinónimo de escasez.
Dos de las celebraciones más influyentes en el calendario romano y germánico, que luego se fusionarían con la Navidad, eran la Saturnalia romana, celebrada del 17 al 23 de diciembre, fiesta dedicada al dios Saturno como un período de caos controlado en el que se suspendían las reglas, los esclavos comían con sus amos, se intercambiaban regalos y se celebraban banquetes. En el siglo tercero se instituye en el Imperio Romano la festividad del Dies Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol invicto, que se celebraría el 25 de diciembre justo después del solsticio.
En paralelo, en las culturas germánicas y nórdicas para conmemorar el solsticio se celebraría el Jól, festejo que involucraba grandes hogueras, el sacrificio de animales y la decoración con ramas perennes, como el muérdago y el acebo, para simbolizar la vida que persistía en el invierno. Muchas tradiciones navideñas modernas provienen de aquí.
El cristianismo primitivo no celebraba el nacimiento de Jesús en una fecha fija; de hecho, la Pascua era la fiesta central. No fue hasta alrededor del siglo cuarto que la Iglesia decidió establecer la Natividad el 25 de diciembre para conmemorar el nacimiento de Cristo.
Esta elección no se basó en evidencias bíblicas, sino en una estrategia de sincretismo cultural: al colocar la Natividad inmediatamente después del Sol Invictus la Iglesia facilitaba la conversión de las poblaciones paganas, permitiéndoles mantener el espíritu festivo y el simbolismo de la luz que regresaba, pero ahora atribuido a Jesús como "la Luz del Mundo".
De esta manera, la Nochebuena se estableció como la vigilia, la noche de preparación, ayuno y espera que precede al nacimiento del día siguiente. Su significado original, por lo tanto, es doble: es la noche culminante de las fiestas solares paganas y, posteriormente, la vigilia solemne que prepara la liturgia cristiana.
La celebración del solsticio invernal
El calendario, como la historia, es una construcción humana. Reconocer las festividades como herederas directas de rituales paganos o ciclos agrícolas no es restarles valor, sino, por el contrario, anclarlas a nuestra biología y nuestra dependencia del entorno. El 24 de diciembre es, por naturaleza, una celebración de la persistencia de la vida: es la promesa de que el sol, tras alcanzar su punto más bajo, volverá a ascender.
Más allá de las creencias religiosas, esta es una metáfora poderosa de la resiliencia humana, la capacidad intrínseca de la especie para superar la adversidad sin recurrir a una intervención externa. No celebramos un milagro prometido, sino la milenaria voluntad humana de sobrevivir, cooperar y encontrar belleza en el ciclo inmutable de la naturaleza.
Esta reafirmación de lo humano nos conduce directamente al imperativo ético que debe dominar esta época: la solidaridad. Los valores que la sociedad contemporánea asocia a la Navidad —la generosidad, la compasión, el acto de compartir y el espíritu de paz— no son concesiones divinas ni requerimientos trascendentes; son, de hecho, estrategias evolutivas y construcciones filosóficas esenciales para el mantenimiento de cualquier sociedad compleja.
La ética, laica o sacra, sostiene que la moralidad surge de la empatía, del reconocimiento de la vulnerabilidad compartida y de la comprensión racional de que nuestro bienestar está inherentemente ligado al bienestar de la comunidad. Celebrar el 24 de diciembre bajo esta óptica es un compromiso activo, no pasivo: es reconocer que la paz y la justicia son tareas que nos corresponden íntegramente a nosotros y que deben ser ejercidas aquí y ahora, sin esperar una recompensa celestial.
Sin embargo, esta poderosa carga ética se ve constantemente erosionada por el consumismo desenfrenado. La mercantilización de la esperanza y la reducción de la generosidad a un intercambio económico desvían el foco del verdadero compromiso humano hacia la acumulación material. Este hiperconsumo no solo es ambientalmente insostenible, sino que vacía de sentido el acto de la ofrenda y la reunión.
Un análisis crítico de la festividad requiere desmantelar la narrativa publicitaria y recuperar el núcleo ético: el acto radical de detenerse, reflexionar y dirigir los recursos y la atención hacia la conexión genuina con el otro, especialmente con aquellos que se encuentran en los márgenes.
Así, la luz laica en el solsticio no es una sustitución fría de la fe por la razón, sino una reafirmación cálida y responsable del humanismo. Es un llamado a reemplazar la promesa de un salvador por la certeza de la acción comunitaria.
El 24 de diciembre se convierte, para el creyente y para el no creyente, en el día de mayor conciencia ética: el momento de celebrar la maravilla de nuestra propia existencia, la complejidad de nuestra ética autoimpuesta, y la esperanza que nosotros mismos forjamos al comprometernos activamente con el bien común.
Es, entonces, una oportunidad para celebrar a la humanidad por la humanidad.
