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Las rameadas y otras modas indígenas del morenismo

Ni siquiera Benito Juárez, el único indígena que ha ocupado el poder Ejecutivo, optó por seguir las prácticas religiosas de sus ancestros, como el ritual de purificación que sí llevó a cabo AMLO y Claudia Sheinbaum. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

En el primer día de diciembre del 2018, primer año del gobierno morenista, según relatan los cronistas, Andrés Manuel López Obrador salió de Palacio Nacional para caminar al Zócalo donde lo esperaban un grupo de chamanes, representantes de los pueblos indígenas de México. Ahí le practicaron una “limpia” con humo de copal, hierbas sagradas silvestres y flores, antes de entregarle el bastón de mando, un símbolo del poder comunal y del compromiso, según la liturgia morenista, de “mandar obedeciendo” al pueblo.

Un ritual de purificación, inédito hasta entonces en el ceremonial presidencial. Ni siquiera don Benito Juárez, el único indígena que ha ocupado el poder Ejecutivo, optó por seguir las prácticas religiosas de sus ancestros; por el contrario, promulgó las Leyes de Reforma entre 1859 y 1860, que sentaron las bases del Estado laico, y vistió invariablemente de frac o levita negra.  

El laicismo presidencial –entendido como la ausencia de ritos, símbolos o bendiciones religiosas en actos oficiales– se mantuvo invariable, salvo la ligera excepción que significó Manuel Ávila Camacho (1940-1946), quien se declaró públicamente católico creyente. Esta tradición se sostuvo hasta la llegada del panista Vicente Fox a la primera magistratura en el año 2000, cuando incorporó frases y bendiciones católicas en el discurso presidencial.

Aunque durante los años de la hegemonía priísta varios presidentes participaron en eventos con indígenas, donde vistieron indumentarias tradicionales  y popularizaron el bastón de mando, fue sólo con López Obrador que las limpias y rameadas para retirar “malas energías” fueron adoptados como una moda política distintiva del morenismo.

Así, el ritual de purificación se incorporó al ceremonial oficial a partir de aquel primero de diciembre de 2018, cuando López Obrador y su esposa, Beatriz Gutiérrez participaron en la ceremonia del Zócalo, donde se escenificó la fiesta de Xochipilli (Flores para la tierra), una práctica religiosa ancestral náhuatl para pedir permiso y agradecer a la Madre Tierra (Tonantzin) el milagro de una milpa fértil. 

Una ceremonia ligada a Xochiquetzal, la diosa mexica de la belleza, las flores y el amor, mencionada por fray Bernardino de Sahagún en su “Historia general de las cosas de Nueva España” (el Códice Florentino), escrita entre 1540 y 1585. En esa obra se registran los dioses y rituales de los mexicas, incluido el uso de sahumerios, las prácticas de purificación y los sacrificios humanos, que –según los indígenas practicantes–, evitaban peligros futuros. 

Un conjuro protector que, en el caso de López Obrador, tal vez tuvo algunas fallas, pues no evitó que al final del sexenio apareciera una mujer llamada Xóchitl (Gálvez) disputándole el poder presidencial a Claudia Sheinbaum, quien finalmente ganó la elección y repitió la ceremonia de “limpia”, el primero de octubre de 2024, cuando también recibió el bastón de mando.

Fue, tal vez, una forma de agradecer a los espíritus de los ancestros que, en esta ocasión, resultaron más eficaces que aquellos invocados en junio de 2012, en Chiapas. Ahí, el entonces candidato del PRD, López Obrador, fue rameado con albahaca “para espantar a los enemigos y quitar la mala energía, para que nadie le quite la Presidencia”, y le colocaron un collar de flor de mayo “para refrescarle la cabeza y darle claridad de pensamiento”. Un ritual que, sin embargo, no evitó su derrota en las urnas frente al priísta Enrique Peña Nieto.

En su crónica, Sahagún relata que los antiguos mexicanos, para mantener contentos a los dioses, celebraban desde el primer mes del año –al que llamaban atlacahualo– una fiesta en honor de los dioses Taloques. En ella, escribe, “mataban muchos niños; sacrificábanlos en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvias”.

Actualmente han desaparecido los sacrificios humanos, pero muchas de estas ceremonias –que Sahagún calificó de idolátricas– fueron mantenidas por caciques y líderes indígenas como formas de legitimación del poder y, a partir de 2018, adoptadas por los políticos morenistas.

No deja de ser curioso que este discurso político indigenista, según el análisis del politólogo Alejandro Moreno Álvarez en su reciente libro sobre la Evolución cultural de México (Banamex, 2025), sea una tendencia adoptada por la generación Millennial (1981-1996). Se trata de una corriente que va paralela al surgimiento del zapatismo en Chiapas hace treinta años, movimiento que puso en la mesa de discusión pública varios temas, entre ellos la desigualdad, las autonomías y la inclusión, todos insertos en la cultura de los Millennials, cuyas edades fluctúan entre 29 y 44 años. 

Las más recientes ceremonias de “limpia” o purificación ritual se realizaron a partir del primero de septiembre, cuando se llevó a cabo la sesión inaugural de la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), como parte de la entrega del bastón de mando a los nuevos ministros.

“El olor del copal flotaba en el escenario; una neblina de humo blanco difuminaba los cuerpos; el pitido de los caracoles sonaba como la voz de las montañas –señala la crónica publicada en el diario El País–. Representantes de pueblos originarios, vestimentas indígenas, voces en lenguas ancestrales. Menciones a Quetzalcóatl y a Tonantzin, deidades aztecas, y al sol, a la luna, a la tierra, a los ancestros, a los naguales. Dicen que también se apareció revoloteando un colibrí, que simboliza la esperanza, un mejor porvenir”. 

La figura central del insólito evento ha sido Hugo Aguilar Ortiz –también llamado “Hugotzin” por dos de sus principales críticos, Julio Patán y Juan Ignacio Zavala–, un abogado indígena de 52 años, nacido en Oaxaca, que presidirá la Corte durante los siguientes dos años. Es la segunda vez, en los dos siglos de historia del alto tribunal, que un indígena oaxaqueño lo presidirá, después de Benito Juárez, tótem en el credo político de López Obrador, fundador de Morena y gran arquitecto de la reforma judicial. Aunque Juárez gobernó con un estilo sobrio, sin desplantes populistas o indigenistas, coherente con su idea de un Estado laico y moderno. 

Ricardo del Muro

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