#CARTASDESDECANCÚN

Carta a Pepe Cárdenas

En la cual se lamenta la irrelevancia y la opacidad en que ha caído al periodismo mexicano. | Fernando Martí

Escrito en OPINIÓN el

EXCMO. SR. DON PEPE CÁRDENAS / AÑOSO DECANO DE TODAS LAS VOCES

Muy Vetusto y PRI-Histórico Camarada:

Loading…

Antes de que se mosqueé porque me animo a decirle vetusto y me atrevo a llamarlo PRI-Histórico, he de aclarar a Su Ilustrísima que lo hago sin mala intención y por puro accidente. El destinatario de esta carta será Vuestra Merced, pero bien podrían serlo cualquiera de los añosos y rancios conductores de noticias, que tienen por completo acaparado el espectro nacional de la radio y la televisión.

Mas quiso la casualidad que fuera a Vuestra Eminencia, hace unas cuantas semanas, a quien oí festinar que un programa de su cadena radiofónica, Fórmula Financiera, cumplía treinta y tantos años al aire. Nosotros por ahí andamos, añadió Vuecencia muy orondo, para luego repasar que las mismas y prolongadas décadas tendrían tras los micrófonos varios de sus colegas de estación.

La conclusión a la que me llevó su perorata celebratoria se puede resumir en una frase lapidaria: ¡qué vieja está la prensa nacional! Vieja de ancianidad aguda, de exceso de décadas en la brega, de incontables cambalaches y enroques y, por qué no decirlo, de acumular un abultado repertorio de vicios y mañas.

Échele un ojo al kilometraje de las estrellas del cuadrante, en riguroso orden de antigüedad: Joaquín López Dóriga, 78 años; Raúl Orvañanos, 78 años; Carlos Marín, 78 años; Maxime Woodside, 77 años; Pepe Cárdenas, o sea, Su Gracia, 76 años; Eduardo Ruiz Healy, 75 años; Rafael Cardona, 74 años; Sergio Sarmiento, 72 años; Raymundo Riva Palacio, 71 años; René Delgado, 71 años; Ciro Gómez Leyva, 68 años; Maricarmen Cortés, 65 años; Víctor Trujillo (a) Brozo, 64 años; Javier Alatorre, 64 años; los Leonardos, Curzio y Kurtchenko, 63 años; Leo Zuckermann, 61 años; Carmen Aristegui, 61 años; Denisse Maerker, 60 años.

Ni con lupa encontré un cincuentón en el reparto, aunque debo confesar que en mi lista preliminar estaba Azucena Uresti, que se ve como una mozuela frente a esa locuaz gavilla de adultos mayores, y eso que la linda florecita ya anda por los cuarenta y viernes. Tampoco incluí en el recuento a Carlos Loret de Mola, otro cuarentón postrero (o cincuentón flamante), por razones que se harán evidentes más adelante. Como sea, aunque falten nombres, creo que sobran evidencias de que la cúpula de la prensa radiofónica cumple sin dificultad el único requisito necesario para obtener la credencial del Inapam: ser un vejestorio.

Hace unos años, esa misma prensa se burlaba de la senilidad del gabinete de López Obrador, e incluso, en lo personal, llegaron a motejarlo como ‘el viejito’. Pues ahora resulta que los auténticos ancianos somos nosotros: debo incluirme en esa lista pues en unas semanas sumaré 73 diciembres, aunque acepto sin regatear que no tengo la trayectoria, ni puedo presumir el oficio de las lumbreras mencionadas.

Desde luego, tener muchos años no necesariamente significa decrepitud, pero es evidente que la edad te aleja de la frescura, de la creatividad, de las nuevas ideas. Entonces, más allá de que los medios mantengan a cuadro un reparto tan añejo, la pregunta adecuada es si estamos a la altura del desafío de los tiempos. Aparte de viejos, ¿estamos obsoletos? ¿Somos anacrónicos? ¿Estamos anclados al pasado? Como generación, ¿usurpamos un lugar que no nos corresponde?

***

Por razones de edad, que Vuestra Añosidad recordará a la perfección, este grupo aprendió a hacer periodismo hace cuarenta o cincuenta años, en la etapa estelar del PRI aplanadora. Bueno, aprendió a hacer el periodismo que se hacía entonces, que no era para el público en general, sino para la cúpula del poder. Las redacciones, Vuestra Evocación lo recordará, estaban divididas en ‘fuentes de información’ (presidencia, financieras, económicas, educativas, laborales, policiacas, aeropuerto), al frente de la cual siempre figuraba una secretaría de Estado. De ahí provenía todo o casi todo: las noticias, las conferencias de prensa, las giras de trabajo, y una palabra infamante, los embutes.

El gobierno lo controlaba todo. Una paraestatal llamada PYPSA tenía el monopolio del papel periódico y le podía complicar la entrega de ese insumo básico a los descarriados. Otro monopolio lo ejercía la Unión de Voceadores, un apéndice menor del PRI, que te podía desaparecer del principal punto de venta, los puestos de periódicos. Nadie se tomaba la molestia de reportear: la información se concentraba en los boletines oficiales, que se distribuían en las salas de prensa. Eran famosas las instalaciones del Departamento del DF y la Cámara de Diputados: ahí podías desayunar a la carta, escribir la nota, ver un rato la televisión y, si eras cuate del jefe de prensa, acceder a los salones privados, atendidos por meseros en filipina, donde los colegas podían echarse un trago y perder la mañana jugando dominó.

No sé si quede algo de ese mundo idílico, pero sí tengo la impresión de que persiste la arcaica fijación de un interlocutor único: el gobierno. La prensa, que antes era dócil y obsecuente, es cierto que hoy se ha vuelto contestataria y rezongona. Con una libertad gratuita y desconocida, tal vez en atención a la teoría del péndulo, como antes no se podía criticar nada ahora se critica todo, de manera ácida y mordaz. Pero ese todo siempre tiene, de manera obsesiva, la misma puntería: el mal gobierno.

No digo que no se lo merezcan. Morena abusadora es una copia al carbón del PRI aplanadora: un gobierno arrogante, prepotente y autista, amén de embustero e inepto, y como su antecesor, corrupto hasta la médula. Además, cómplice del narco y del crimen organizado. Sin duda, una autoridad asfixiante, tanto que los medios encuentran muy cómodo convertir esa pesada cruz en tema único de conversación.

Si Vuestra Diligencia revisa las emisiones de Radio Fórmula, hallará que cuatro de cada cinco notas, o nueve de cada diez, están dedicadas a los entresijos del poder: los sermones de la mañanera, los pleitos de comadres de las cámaras, los desfiguros de la corte, los deslices de los gobernadores, las aberraciones del gabinete, los atropellos del binomio crimen-gobierno, en fin, un rosario interminable de desgracias y entuertos, todos provenientes de ese engendro sin pies ni cabeza que desgobierna la nación. Medio siglo después, seguimos hipnotizados por el poder.

***

¿Y la vida? Hace cosa de cien años, Ortega y Gasset escribió que el periodismo no refleja la esencia de la vida, sino su parte más grosera y superficial: lo extraordinario, lo grotesco, lo morboso. La vida está en otra parte: en las calles, en los bares, en las familias, en las escuelas, en los barrios, una existencia rutinaria que sólo cuando se trastoca se vuelve noticia. Millones de automóviles circulan diariamente por las calles, pero en los noticieros sólo caben los que chocan feo, y si hay sangre y muertos, mejor, y mucha sangre y muchos muertos, tanto mejor.

Hay que reconocer que la esencia del periodismo es lo inusual, pero los diarios de antaño mezclaban su oferta de catástrofes con algunas pinceladas de humanidad: las entrevistas a profundidad (no las de banqueta), las opiniones autorizadas (no los disparates de cualquier charlatán), los reportajes y las crónicas (acercamientos a la vida), los ensayos (explicaciones de lo complejo), y solían reservar rincones para reproducir destellos del ingenio universal: un retazo de poesía, un esbozo literario, un descubrimiento científico, una pizca de humor.

Nada de eso existe en la prensa mexicana de hoy día, donde reina soberana la noticia, la crítica sobre la noticia, el comentario sobre la noticia y la opinión sobre la noticia. Nadie reportea, nadie investiga: basta comentar los contenidos de los diarios, que solo publican boletines y opiniones, o peor aún, poner a cuadro al mismo reportero en todos los informativos de la cadena, repitiendo ad infinitum y ad nauseam la misma nota, un sádico tormento para cualquier oyente.

Para colmo, la falta de reporteros se suple con la autorizada voz de un conductor (no necesariamente un periodista), que sabe de todo, opina de todo, alega de todo, interrumpe y corrige a sus entrevistados, interpreta la información desde la ignorancia, proporciona datos extravagantes o falsos, y se siente capacitado para decirle al gobierno cómo debe de conducir el país.

Caray, si no pueden hacer bien un noticiero, no sé cómo se animan a recomendar el rumbo correcto y exacto para la nación. Porque esa es la triste realidad: en el México de hoy no existe un buen noticiero, un informativo conciso y preciso que nos diga, sin opiniones, lo poco que vale la pena del género extraordinario-grotesco-y/o-morboso.

En cambio, nos ofrecen esas emisiones eternas de dos horas (¡!), de tres horas (¡¡!!), tan vacías de contenido que para llenarlas hay que repetir hasta el hartazgo la misma nota, anunciar que lo mismo se puede ver en Facebook y en Instagram, saturarlas de opiniones y comentarios, recitar el santoral, mandarle saludos y abrazos a la gente importante, hacer cada media hora un resumen y estirar la información hasta lo insustancial, intercalando tandas de anuncios en las entrevistas.

Por si ese revoltijo no fuera suficiente, hay otro detalle que hace insoportable la jerigonza de los opinadores: el revanchismo contra López Obrador. También, en este caso, no digo que no se lo merezca: AMLO pasará a la historia, creo yo, como un administrador mediocre o peor, como un abusador contumaz del poder, como un resentido ansioso de venganza, tal vez no como un presidente mediocre, porque no lo fue, pero sí como un líder mesiánico y atolondrado que nos acercó al fracaso y nos condujo al caos. También creo que engañó a la gente (excepto en lo de darles su dinerito, a cambio de su voto), y me cuesta explicar por qué no baja su popularidad, cuando cada día es más evidente su abyección y su infamia, pero me molesta el recurso facilote de que me lo recuerden (y se la recuerden, como Loret) todos los días.

Ante tanto desaseo, ¿qué defensa tiene el auditorio? Pues una muy lógica: voltear para otro lado. La gente común no sólo no cree en los medios, sino que ha tomado una medida muy drástica: ni nos ve, ni nos oye. Las cifras son apabullantes: los tirajes de los periódicos que se dicen nacionales andan por las decenas de miles (y en algunos casos, menos de diez mil); la audiencia de los noticieros de radio en la Ciudad de México, la más politizada del país, apenas rebasa los 300 mil oyentes; las emisiones estelares de televisión, a nivel nacional, apenas alcanzan el millón. En un país de 130 millones, no llegamos ni al tres por ciento (¡¡¡!!!) de la población.

Esa sí que es noticia, Vuestra Gloria: hemos caído en la irrelevancia. La respuesta a tales interrogantes es evidente: sí, somos anacrónicos; sí, estamos obsoletos; sí, vivimos anclados al pasado. El sistema nos tolera y nos mantiene porque ese tres por ciento de inconformes radicales no representan ningún peligro. Al contrario, le permiten llenarse la boca presumiendo que en México hay absoluta libertad de expresión. Si yo fuera comentarista en su programa, diría al aire que estamos haciendo el papelón de tontos útiles.

***

Tengo que ponerle fin a esta carta, Vuestra Impaciencia, porque ya se va pareciendo a los noticieros que duran una santa eternidad. Antes, sin embargo, quisiera destacar otro rasgo de la prensa que me parece muy lastimoso y que sin duda contribuye a su intrascendencia: la opacidad.

Déjeme darle tres breves ejemplos. Primero: ningún medio de comunicación en México revela cuánto dinero recibe del gobierno. Unas líneas atrás usé las palabras “nos mantiene”, y es verdad: hay una relación financiera perversa, la de los convenios, que representa el principal ingreso para multitud de medios y periodistas, incluyendo a algunos de los mastodontes de la industria. Pues bien, cómo exigirle al gobierno que sea transparente, si nosotros operamos en la penumbra.

Segundo: ningún medio de comunicación distingue entre la información genuina y la publicidad pagada. Vuestra Integridad no ignora que infinidad de entrevistas que parecen espontáneas son, en realidad, espacios cobrados por las emisoras o por los conductores. Eso constituye una auténtica estafa a la credulidad del público que, si no tiene oficio periodístico, jamás llega a percibir la diferencia.

Tercero: hace pocos años, violando arteramente la ley, López Obrador reveló la existencia de contratos de ‘publicidad y propaganda’, mediante los cuales el gobierno entregaba sumas de dinero significativas a muchos periodistas notables, a cambio de reproducir información en revistas, en portales o en blogs de escasa o nula penetración. En dos palabras, sobornos disfrazados. Fue una canallada, pero tuvo un efecto demoledor en el prestigio de docenas de comunicadores quienes, más allá de sentirse agraviados, fueron incapaces de justificar esos tratos en lo oscurito.

Pues en esas estamos, Vuestra Astucia. Cuarenta o cincuenta años después del debut de esta generación, de alguna manera heredera de los afanes libertarios del 68, de alguna manera resorte del fin de la etapa hegemónica, de alguna manera testigo de la transición democrática, con tan buenas credenciales terminamos haciendo un periodismo flojo y soso, aburrido y pobretón, boletinero y acomodaticio, carente de imaginación, hipnotizado con los usos y abusos del poder, en apariencia opositor, pero incapaz de conectar con la gente, de influir en su única fuente de legitimidad: la opinión pública.

Con esa pesadumbre me despido, Vuestra Tolerancia. Tal vez esta fecha, día de los Santos Difuntos, sea propicia para volver a plantear la pregunta crucial: ¿ya se murió el periodismo? A la mejor sí, a la mejor ya hasta nos aplicaron los santos óleos y, como sucede con los auténticos despojos, lo único que pasa es que no nos dimos cuenta. Si tal fuera el caso, tras ofrecerle una disculpa por haberlo elegido como paño de lágrimas, reciba la más fúnebre de las condolencias de 

Fernando Martí

#FernandoMartí