Las propuestas que en torno a los servicios y/o medidas que se están integrando a lo que se han llamado “sistemas de cuidado”, buscan armonizar y garantizar que las personas puedan mantener un nivel de funcionalidad y dignidad humana, a partir de la idea de socializar, a través de servicios públicos las tareas de cuidado de las personas, que desde el siglo XIX al menos, se fueron concentrando en la esfera familiar y quedaron a cargo de las mujeres (esposas, madres, abuelas, hermanas, tías o empleadas domésticas).
En países como Canadá, Argentina (antes de Milei) Chile y Uruguay, como parte de estos sistemas se han incluido servicios como centros de día para niños, adolescentes, residencias de corta y larga estancia para personas mayores y con discapacidad, servicios de rehabilitación, atención domiciliaria y programas para la atención de niñas, niños y adolescentes. Igualmente incluyen medidas para reducir, redistribuir y reconocer el trabajo de cuidado, redistribución de las cargas de cuidado entre el Estado y la sociedad, así como entre la familia, además de la dignificación del trabajo de las y los cuidadores, todo ello con la garantía del ejercicio pleno de los derechos humanos de quienes reciben y ofrecen asistencia.
Estos servicios aparecen en la agenda de los organismos internacionales y nacionales, ya lo hemos señalado anteriormente, como “una salida” en la ruta de las políticas de igualdad, para sortear resistencias y dificultades a la integración de la población femenina en condiciones competitivas en el mercado de trabajo. Esto es, que permitan a las mujeres “liberar la carga de tiempo del trabajo y los cuidados domésticos” para desempeñar trayectorias profesionales más estables y exitosas, con un mercado más robusto y estable para el empleo femenino.
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Los supuestos en que se enmarca esta propuesta se antojan empero demasiado optimistas para poder ser alcanzables, en este momento de la historia global y de la geopolítica que la influencia.
Primero como ya hemos señalado en otras colaboraciones, continúa el ciclo de bajo crecimiento mundial que inició en 2008, acicateada por la pandemia y que ha afectado ya a partir de la post pandemia a las economías asiáticas (China, Corea del Sur, Taiwán), incentivada ahora con la guerra de los aranceles y la imposición de la globalización inducida por Trump 2.0.
Si entre 2022-2024 la tasa promedio de crecimiento mundial fue de 3.0%, pero en latinoamérica ha sido todavía más baja. En 2024 se estimó en 1.8% en promedio, según un estudio de CEPAL (2024) (1) indicando según ese mismo organismo que la región se encuentra sometida a lo que identifica como la "trampa de bajo crecimiento" debido a factores como el mal desempeño de la inversión, la baja productividad laboral y el limitado espacio fiscal. El asunto es grave porque la región mantuvo entre 2015-2024, una tasa promedio de crecimiento de 0.9%, en este sentido claramente inferior a la registrada en la llamada “década perdida” de 1980.
Desde esta perspectiva, los gobiernos de la región no tienen recursos suficientes para invertir en los sistemas de cuidado. No se ve tampoco fácil que las empresas sometidas a una competencia todavía más férrea para ser competitivas con los nuevos aranceles, quieran absorber el costo de emplear mujeres u hombres a los que subvencionen en alguna medida servicios de cuidado. Ni que funcione solo el dinamismo económico del mercado, para absorber la oferta de trabajo femenina, crecientemente más calificada que la masculina en cuanto a certificación escolar, pero con la carga de una segmentación laboral horizontal y vertical a favor de los hombres, todavía muy asentada en el mercado. Los datos que arroja el estudio no dejan espacio a la ilusión: en 2024, la participación laboral femenina promedio en la región fue 52.1% contra el 74.3% masculina y solo el 15% de los cargos directivos estaban ocupados por mujeres. La brecha salarial se mantiene alrededor de 25-35% pero cuanto se toma en cuenta la decisión de trabajar, puede subir a más de 50%, según revela un estudio del Banco Mundial (2).
No hay tampoco mucho optimismo en que la “ayuda al desarrollo” como se conoce al financiamiento público y/o privado de los países centrales, a los periféricos, llegue a suplir o complementar iniciativas de cuidado. El retroceso impulsado por Trump 2.0 a los apoyos al desarrollo han caído 90% en 2025 y la OCDE estima una baja de la ayuda al desarrollo de los países centrales entre 9 y 17%. Los presupuestos para la guerra y “defensa” en cambio han crecido en forma exponencial. No está el horno para bollos.
Los sistemas de cuidado son también un intento muy tibio por cierto, para dar “salida” a la caída estrepitosa de la fecundidad de las mujeres y a la creciente decisión de muchas parejas para no tener descendencia. Que en varios países (incluido Estados Unidos) significa que no hay reemplazo de generaciones jóvenes para los viejos. Al respecto, el Informe Mundial de UNFPA en 2025, titulado “La verdadera crisis de la fecundidad” (3) pone el dedo en la naturaleza oculta de esta crisis que indica que las parejas, los hogares, han perdido la capacidad para elegir realmente si pueden y quieren o no tener descendencia. Porque fallan “las circunstancia sociales para generar la seguridad económica, en términos de empleo, ingresos; vivienda, certidumbre política, problemas de pareja y condiciones empoderamiento personal., etc., que son condiciones previas para hacer realidad sus metas en cuanto a formar una familia, ya sea con muchos hijos, pocos o ninguno” .
El tema requiere mas que una buena reflexión y análisis, pero aquí destaca una pregunta central: ¿cuál es el sujeto feminista que esta detrás de esta propuesta, tal y como ha sido elaborada o presentada por los organismo internacionales? ¿Se trata de una política para un sujeto-mujer empleada a full time que externaliza fuera de la familia, la carga de tiempo y parcialmente de recursos para el cuidado familiar, a instituciones públicas o privadas que se van a encargar del cuidado de sus familiares e hijos dependientes?
Y si en lugar de hablar de sistemas, hablamos de “sociedad del cuidado”, la temática es otra. Y el sujeto de la agencia o de la acción, el actor, también cambia. Aquí no se trata sólo o prioritariamente de resolver el tema del bono femenino, en el sentido de aprovechar las capacidades de esas nuevas generaciones de mujeres mejor formadas que los hombres, que se ha logrado en la región, sino de fundar nuevas relaciones sociales. Se trata de La sociedad de los vínculos de la que han hablado Rita Segato y Silvia Rivera Cusicanqui, en lugar de la sociedad de las cosas, de las mercancías. En suma, reemplazar las relaciones instrumentales entre personas y grupos en las que vivimos inmersos hoy día, que no generan ni se basan ni desarrollan vínculos sociales. Una sociedad donde el cuidado de sí, de los otros/otras/otres, de la naturaleza, es el objetivo, porque aquí el sujeto es la comunidad, somos todos y todas. Pero una comunidad construida con base en relaciones de equidad, reconocimiento, proximidad, arraigo. Aquí, otro mundo es posible y para ello hay que prepararse.
1. CEPAL. Estudio Económico de América Latina y el Caribe 2024. Trampa de bajo crecimiento, cambio climático y dinámica del empleo. https://repositorio.cepal.org/server/api/core/bitstreams/c196b300-7478-49a5-b69b-1a4e9e6f82f1/content
2. Banco Mundial. La brecha salarial de género en América Latina y el Caribe: un análisis más profundo
3. https://www.unfpa.org/sites/default/files/pub-pdf/swp25-layout-es-v250609-web.pdf
