El 2 de diciembre de 1972, diez meses antes del golpe de Estado en Chile, Salvador Allende declaró: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Más de 50 años después, su vigencia duele. En tiempos donde Morena configura un nuevo partido de Estado, la juventud política parece más domesticada que nunca. No hay rebeldía, no hay confrontación, apenas crítica. La llama revolucionaria ha sido reemplazada por el sello partidario, por un oficialismo cómodo y funcional.
Las juventudes no cuestionan ni incomodan al régimen: simulan un radicalismo de partido sin confrontar al poder, sin pensamiento crítico frente a la oposición unificada del PAN y el PRI. Repiten eslóganes como “no mentir, no robar, no traicionar” como si fueran cantos clericales. Tampoco las juventudes opositoras se salvan: limitan su discurso a atacar al populismo sin ofrecer horizontes nuevos, cayendo en críticas vacías que se quedan en la forma y no en el fondo.
Hoy se teme perder la oportunidad de “llegar”. Se teme romper con las estructuras. La juventud política ha dejado de cuestionar al poder para convertirse en su instrumento. Y al volverse funcional al régimen, olvida de dónde viene. Se pelea con los fantasmas del pasado, pero ignora que muchos crecimos entre miedo, silencio y patrullas. ¿Olvidamos acaso que fue en 2006 cuando el ejército comenzó a rondar nuestras calles bajo Calderón?
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Tal es la falta de memoria que quienes crecieron en ese entorno hoy aplauden la militarización. Celebran que soldados controlen aduanas, aeropuertos y construyan trenes. Respaldaron la Guardia Nacional y olvidan —o prefieren olvidar— que ese mismo brazo armado reprimió en el 68, en el 71 y en el 99. Cambian de nombre y de color, pero no de función: gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones.
Es tiempo de que la juventud deje de estar más integrada que indignada. El cinismo ha reemplazado al ímpetu, la comodidad a la subversión. Y mientras más tiempo pase, más difícil será romper la inercia. No se puede ser joven y revolucionario si se piensa con las consignas de un partido y se vive con la sumisión de un burócrata.
Hoy, la represión institucional es de guante blanco, pero represión al fin. Empieza con burlas a periodistas, politólogos y activistas críticos, y mañana callará a cualquiera. Comienza “democráticamente” con reformas al Poder Judicial, pero avanza hacia un futuro donde todo decreto se apruebe sin resistencia.
La domesticación de la política juvenil es el triunfo más grande de un régimen autoritario. Si el grupo más enérgico y rebelde voltea los ojos ante lo evidente, nadie más lo hará.
No hay jóvenes construyendo el futuro, solo reproduciendo las estructuras del pasado. No agitamos ideas, solo administramos etiquetas. No pasamos de la red a la calle.
Y no se trata solo de ser revolucionarios. Como escribió Camus, se trata de ser rebeldes, porque el rebelde defiende la dignidad y la libertad aquí y ahora, sin importar banderas. El revolucionario, en cambio, puede sacrificar ambas en nombre de una utopía futura.
Hoy no hay jóvenes escribiendo el futuro, solo administrando ruinas heredadas. Y lo más triste: no hay ni revolucionarios ni rebeldes. Solo hay quienes se pintan de azul, tricolor o guinda.
Hoy no vivimos una contradicción biológica.
Hoy padecemos una apatía fisiológica.
