Dusseldorf, Alemania. Migrantes mueren de sed en mitad de un desierto. Sus cerebros se los comen las aves carroñeras.
La gestión de la crisis migratoria en la Unión Europea ha puesto a prueba la cohesión social y la integridad de los derechos humanos, pero también las infraestructuras logísticas de sus Estados. El triángulo del fuego es un concepto que sirve para explicar los elementos esenciales para que se produzca fuego y con ello una catástrofe. Combustible, oxígeno y calor. El fuego también puede entenderse como un fenómeno sociopolítico, donde sus elementos detonantes son un clima político polarizado, una crisis humanitaria y una infraestructura precaria. Elementos que, analizados en su conjunto, representan la realidad contemporánea de muchos países en el mundo.
Centrándonos en el caso de los Países Bajos, región que históricamente se ha proyectado al mundo como un territorio de tolerancia, libertad y refugio, podemos observar que en los últimos años se ha generado una ola de violencia alrededor de las instalaciones de los centros de acogida que administra el Órgano Central para la Recepción de Solicitantes de Asilo (COA, por sus siglas en neerlandés), derivados de actos de violencia contra los migrantes, avivados por el aumento de los sentimientos de nacionalismo de los movimientos de extrema derecha. Prueba de ello es que en días recientes un grupo de manifestantes comenzó un incendio en las instalaciones de uno de esos centros, teniendo la policía que intervenir para desalojar la zona y desplegar sus equipos antidisturbios.
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Para entender la letalidad de los incendios, debemos analizar las circunstancias en las que viven los refugiados en los Países Bajos. Durante décadas, el COA operó con centros permanentes de alta calidad. Sin embargo, a raíz de la crisis migratoria y de asilo que se vive en el mundo. Las instalaciones de los centros de acogida del país fueron sobrepasadas y ante la falta de espacio, el gobierno recurrió a la llamada arquitecta de emergencia, solución que presenta riesgos inherentes de seguridad, ya que se usan infraestructuras antiguas como cuarteles militares viejos, hoteles y polideportivos en mal estado, que muchos de ellos carecen de medidas de seguridad mínimas como sistemas de alarmas y rociadores, aumentando el riesgo de que una pequeña negligencia pueda causar una catástrofe, entendiendo que los refugiados a menudo viven en cubículos separados por telas o maderas delgadas que no ofrecen ninguna resistencia al fuego, y que cualquier chispa puede convertirse en un desastre masivo.
Migrantes mueren de hipotermia en mitad de una tormenta en el océano. Sus corazones se los comen los tiburones blancos.
El aumento de partidos de extrema derecha en Europa ha venido acompañado de una retórica que señala a los centros de acogida como amenazas para la seguridad local. Esta atmósfera ha encendido la llama de grupos radicales, que han llegado a lanzar material pirotécnico, en repetidas ocasiones, contra las ventanas de centros de acogida con la intención de hacer arder todo lo que el fuego encuentre a su paso. Cuando un centro sufre un incendio, el fenómeno NIMBY, Not In My Backyard, se intensifica, ya que algunos ciudadanos, alimentados por Fakes News que leen en medios impresos y digitales, argumentan que los incendios son prueba de que los refugiados son peligrosos, ignorando que en muchos casos los refugiados son las víctimas de ataques externos. Como contraparte, los incendios también han movilizado a otra parte de la sociedad, ya que tras siniestros que consumieron todas las pertenencias de familias enteras, grupos de ciudadanos han organizado colectas de ropa y suministros. Esta dualidad muestra cómo las sociedades contemporáneas se encuentran profundamente fragmentadas.
Tras un incendio, surge el problema sobre dónde trasladar a los afectados. Debido a la crisis de vivienda en Europa, no hay reservas de espacio. Esto lleva a menudo a que los refugiados sean trasladados a centros aún más precarios, entrando en un ciclo de mayor vulnerabilidad. Otro caso a prestar atención son los refugiados de guerra, ya que el sonido de las alarmas de incendio es detonante de profundas regresiones psicológicas a las zonas de bombardeo de las que huyeron, pudiendo desencadenar en problemas psicológicos.
Migrantes mueren violados en un prostíbulo clandestino. Sus genitales se los comen las ratas después de ser lanzados a un basurero.
Analizar este fenómeno revela verdades incómodas en Europa, en este texto nos enfocamos en los Países Bajos, pero puede tener una relectura en muchos otros países del continente, donde el fuego es a menudo el resultado final de una cadena de negligencias, prejuicios y fallos estructurales. Esto empieza en los países de origen por no crear políticas que eviten que sus ciudadanos salgan, jugándose la vida en sus fronteras. Muchos son los casos documentados de migrantes que han muerto asfixiados en las cajas de camiones y muchos más los que mueren ahogados a mitad del mar, lo cual termina con un débil combate frontal del país de acogida contra el discurso de odio que legitima la violencia.
Europa se encuentra en una encrucijada. Debemos observar a los centros de acogida como espejos de la realidad y salud democrática de muchas naciones. El manejo que se le dé a los incendios, nos servirá como prismáticos para ver a detalle si el continente sigue siendo un refugio seguro o si su tradición de acogida se consumirá entre las llamas de la polarización.
