MUJERES EN LA ECONOMÍA

La economía invisible del Mundial

Mientras algunos representaban a México dentro de la cancha, las mujeres sostenían la operación cotidiana del espectáculo fuera de ella, lo que no siempre se traduce en beneficios en igualdad de condiciones. | Marcela Reynoso Jurado

Escrito en OPINIÓN el

El Mundial de futbol masculino terminó en México. Los estadios cerraron sus puertas y los reflectores comenzaron a alejarse de las canchas. Pero cuando termina un gran espectáculo, empieza la posibilidad de preguntarnos qué dejó realmente detrás de él.

Porque un Mundial no sólo organiza partidos. También organiza una economía: una visible, hecha de turismo, consumo, inversión y derrama económica; y otra mucho menos visible, sostenida por trabajos, cuidados y dinámicas que rara vez aparecen cuando hablamos del éxito de un evento.

Durante semanas vimos a los futbolistas como representantes de la nación. Sus cuerpos fueron protegidos, cuidados y convertidos en símbolos colectivos. Cada lesión fue noticia; cada recuperación, motivo de atención. Pero otros rostros también hicieron posible ese espectáculo.

No es casualidad que una parte importante del trabajo requerido por un megaevento recaiga en actividades donde las mujeres tienen una presencia significativa. En México, una proporción relevante del empleo de las mujeres se concentra en el comercio, servicios, alojamiento, preparación de alimentos y actividades de atención al público: precisamente algunos de los sectores que reciben mayor demanda durante un evento internacional.

Así, mientras algunos representaban a México dentro de la cancha, otras sostenían la operación cotidiana del espectáculo fuera de ella. 

Pero que las mujeres participen en la economía no significa necesariamente que reciban sus beneficios en igualdad de condiciones.

Frecuentemente escuchamos hablar de visitantes, consumo y crecimiento. Y es cierto: un evento de esta magnitud genera riqueza y empleo. Pero la pregunta fundamental es quién captura esa riqueza y sobre qué trabajo se construye.

Los datos del INEGI muestran una contradicción profunda. En México, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa alrededor del 23.9% del PIB nacional y las mujeres aportan 72.6% de ese valor. Además, alrededor de 55% de las mujeres ocupadas trabajan en la informalidad, lo que significa que una parte importante de su contribución económica ocurre sin acceso pleno a prestaciones, seguridad social o protección laboral.

Es decir, la economía puede crecer mientras quienes la sostienen siguen sin crecer con ella.

Esa forma de economía es invisible: la riqueza que aparece en las cifras, pero no necesariamente en las condiciones de vida de quienes la producen.

Existe, además, otra economía menos visible: la economía de las miradas. América Latina ha sido observada históricamente desde imaginarios atravesados por género, raza y poder. La representación de las mujeres latinoamericanas como sensuales, exóticas o disponibles no sólo es una construcción cultural: también puede convertirse en una lógica económica.

Porque los estereotipos también producen mercados. Los grandes flujos turísticos pueden intensificar economías vinculadas al consumo sexual y a relaciones de poder donde ciertos cuerpos son convertidos en objetos de consumo. No se trata de asumir que toda persona visitante comparte esa mirada, sino de reconocer que existen mercados que se alimentan de desigualdades históricas.

La discusión sobre la igualdad de género en la economía no es meramente moral. Es una discusión sobre desarrollo económico. Una sociedad que distribuye de manera desigual los cuidados y las oportunidades laborales limita su propia capacidad productiva.

Por eso, la política pública no puede limitarse a reconocer las desigualdades, sino ser capaz de intervenir sobre los mecanismos que las producen y reproducen. Incorporar una perspectiva de género implica transformar la forma en que se diagnostican los problemas públicos, se diseñan los programas, se asignan presupuestos y se evalúan resultados. 

El Mundial terminó, pero la economía invisible permanece. Quizá su verdadero legado sea recordarnos que ninguna prosperidad está completa mientras sigan ocultos los rostros de las mujeres que la sostienen.

Marcela Reynoso Jurado

@marcelareynoso