¿Sientes que el trabajo no te deja comer bien? No estás solo. Un nuevo estudio revela que tus horarios y el tráfico de la CDMX afectan tu dieta mucho más que tu cartera.
Pasar doce horas fuera de casa, lidiar con el tráfico y comer a las carreras ya no es solo una rutina pesada; es un factor que define qué tan sano estás. Una investigación presentada por Tiana Bakic Hayden (Colmex) en la UNAM revela que la falta de tiempo y la infraestructura urbana están creando una grave desigualdad alimentaria que va más allá de cuánto dinero ganas.
Tradicionalmente, las encuestas miden qué tan bien come una familia revisando lo que hay en su despensa. Sin embargo, este estudio propone algo diferente: hay que observar las oficinas y las calles, porque es ahí donde la rutina rompe la dieta.
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El enemigo oculto: El reloj y los traslados
El dinero disponible no explica por sí solo por qué comemos mal. Los verdaderos culpables en la Ciudad de México son:
- Los horarios de oficina inflexibles.
- Los traslados eternos en el transporte público.
- La prisa constante (el famoso "apurarse" que domina el día a día).
Cuando un empleado pasa la mayor parte del día fuera, los horarios de las tres comidas se destruyen. Es común que alguien desayune solo en el transporte mientras otros duermen, o que cene cuando el resto de la familia ya descansa. Esta falta de pausas fijas provoca que las personas sientan que pierden el control sobre sus propios cuerpos.
Así come la CDMX según su empleo
El estudio detectó que el entorno laboral moldea por completo nuestros gustos, normas y relaciones. No todos enfrentan los mismos retos en la calle:
Trabajadores de la construcción: Logran comer guisados y tortillas en grupo, compartiendo mesas improvisadas de madera o directamente en el suelo para ahorrar tiempo y acompañarse.
Empleadas del hogar: Aunque trabajan donde hay una cocina, enfrentan barreras invisibles. Muchas veces tienen límites estrictos sobre qué alimentos pueden consumir o en qué zonas de la casa se les permite estar.
Personal de limpieza: Dependen totalmente de las fondas de sus rutas, pero enfrentan un reto social: algunos confiesan sentir rechazo al entrar a los locales debido a que portan sus uniformes de trabajo.
Choferes de transporte público: Con jornadas de hasta 16 horas, su única opción es comer rápido dentro de las unidades o en las bases mientras esperan pasaje.
Las mujeres y las fondas: La red que alimenta a la ciudad
¿Cómo sobrevive una ciudad con estas jornadas? El estudio destaca que los puestos callejeros y las fondas son la verdadera infraestructura de la CDMX. Sin ellos, la vida productiva se detendría.
Detrás de este motor hay una enorme red sostenida por mujeres. Madres, cocineras y comerciantes hacen posible que miles de ciudadanos cubran sus necesidades de energía diariamente. Además, los lazos que los trabajadores forman con las vendedoras van más allá de una simple compra: se convierten en redes de confianza y pertenencia en una ciudad que suele ser hostil.
La conclusión de la UNAM es clara: Para tener una alimentación digna en México no basta con subir los sueldos. Se necesitan urgentemente leyes que aseguren pausas laborales reales, un transporte público eficiente y espacios urbanos adecuados para comer con dignidad.
Obesidad laboral: la epidemia silenciosa que frena a México
El impacto de las malas rutinas alimentarias ya se refleja en las estadísticas nacionales de salud y economía. De acuerdo con datos consolidados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), más del 75% de los adultos en México vive con sobrepeso u obesidad.
Esta cifra coloca a la población trabajadora en una situación de alta vulnerabilidad, ya que el grupo de edad entre los 40 y 60 años —el periodo de mayor productividad laboral de una persona— es el que concentra la prevalencia más alta de esta condición, alcanzando hasta un 85% de los casos.
Esta problemática escaló a un nivel crítico para las empresas y las instituciones de seguridad social. Informes de la Secretaría de Salud señalan que las complicaciones derivadas del exceso de peso, como la diabetes y la hipertensión, disminuyen drásticamente la esperanza de vida saludable de la fuerza laboral.
En el entorno de las oficinas y fábricas, esto se traduce directamente en un incremento de los días de incapacidad médica y en el desarrollo de enfermedades crónicas de forma prematura.
Por su parte, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) identificó que las jornadas extenuantes y el sedentarismo operan como factores de riesgo psicosocial.
Al no existir condiciones que faciliten la actividad física o el acceso a menús balanceados dentro o cerca de los centros de trabajo, el propio entorno laboral empuja a los empleados a adoptar un estilo de vida perjudicial. El estrés y la fatiga laboral terminan por agravar los malos hábitos de nutrición diarios.
Finalmente, las proyecciones económicas del sector salud advierten que el costo de no atender la obesidad laboral es insostenible. Los gastos médicos directos y la pérdida de productividad por invalidez representan una carga financiera millonaria para el presupuesto público.
Las autoridades coinciden en que frenar esta epidemia requiere urgentemente transformar los lugares de trabajo en espacios que promuevan activamente el bienestar, permitiendo pausas reales para comer y mejores opciones de hidratación.
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VGB
