Esta investigación es parte del proyecto “Deportation tracker”, impulsado por el Border Center for Journalists and Bloggers en alianza con Arizona Luminaria y La Silla Rota con apoyo de Global Exchange.
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Segunda de dos partes
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Mariano temblaba. Tal vez de frío, tal vez de miedo, tal vez de rabia. Tenía la mejilla pegada al asfalto, duro y sucio, bajo un auto oxidado que olía a aceite viejo. El corazón le latía tan fuerte que creyó que los policías de migración podrían escucharlo si se acercaran.
Cuando Mariano vio llegar la camioneta de la Patrulla Fronteriza, hizo lo que ha hecho toda su vida: huir. Pero no huyó para salvarse a sí mismo, sino para salvar a sus hijos, a su familia.
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Aproximadamente una hora antes, limpiaba la cocina, en la que su esposa Yesenia había preparado arepas y empanadas que vendía fuera de supermercados y gasolineras en Tucson.
Esta rutina fue interrumpida por la llamada que ningún migrante en Estados Unidos quiere recibir. La voz de Yesenia, al otro lado del teléfono, sonaba alterada, entre la confusión y el miedo. Había sido detenida por oficiales de tránsito por conducir a baja velocidad.
Mariano colgó el teléfono y salió corriendo en chanclas, sin pensar en otra cosa que en su familia. Yesenia estaba con dos de sus hijos cuando la detuvieron. Llegó, se presentó y pidió bajar algunas pertenencias de su camioneta. Sin embargo, todo parecía ir demasiado lento. Los oficiales hablaban entre ellos, hacían tiempo, como si esperaran algo más.
Mariano recibió un mensaje de Yesenia: “Negro, corre”. Pero él ya estaba lejos, descalzo y corriendo, buscando un refugio. Con el pulso acelerado, marcó a su hermana. En minutos, ella salió a buscarlo. Mientras tanto, Mariano saltaba bardas, se deslizaba entre muros y maleza, se ocultaba en un estacionamiento y en los patios de una escuela cercana.
Tras un tiempo que se hizo eterno, Mariano se quitó la sudadera y la gorra que llevaba puesta y se dejó caer debajo de un auto oxidado. Le mandó su ubicación a su hermana y esperó, impotente. Cada ruido le parecía un peligro.
Mariano no lo sabía, pero pasaría días sin noticias de su esposa ni de sus hijos y semanas antes de volver a verlos.
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Golpes y abusos del Instituto Nacional de Migración
Yesenia había sufrido un sangrado abundante durante dos semanas.
De pie sobre un vagón cisterna que avanzaba desde Coatzacoalcos hacia la Ciudad de México sostenía en cada mano un puñado de piedras. Yexander, de 10 años, y Milagros, de 6, permanecían cerca, acurrucados en la pequeña plataforma, dormidos junto a su madre. La oscuridad era impenetrable y la espesa selva tropical parecía cerrarse sobre las vías.
Yesenia trataba de ignorar la sangre que escurría entre sus piernas y la oleada de cólicos.
Apretaba las piedras entre sus manos para proteger a sus hijos de los bandidos que suelen robar y secuestrar a personas que ven en los peligrosos rieles su única opción para escapar de la violencia o la pobreza en sus países de origen. Decenas de miles de personas migrantes toman esta misma ruta hacia Estados Unidos, pero Yesenia y sus hijos no viajaban a Estados Unidos.
La madre de 30 años intentaba reunir a su familia en México, después de que las autoridades migratorias mexicanas y estadounidenses cooperaron para deportarla y enviarla a casi 3 mil 200 kilómetros de su esposo y sus hijos de 7 y 14 años.
Yesenia no imaginaba el significado de ese dolor. No sabía que estaba embarazada y ese era el primer bebé que concebía desde que ella y su esposo Mariano comenzaron a construir una vida para su familia en el sur de Arizona.
Pasarían semanas antes de que un médico en México la examinara y le diera la noticia: tuvo un aborto espontáneo.
Yesenia cree que el estrés provocado por su detención en Tucson, su rápida y traumática deportación de Estados Unidos, luego, la agotadora y peligrosa travesía por México los que provocaron que perdiera al bebé.
Estados Unidos y México colaboran en deportaciones
El 14 de febrero, Día de San Valentín, Yesenia y sus hijos llegaron a una oficina gubernamental en Villahermosa, la capital de Tabasco. Habían pasado tres días desde que un oficial del Departamento de Seguridad Pública de Arizona la detuviera en Tucson y que agentes de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos la deportaron junto con sus hijos por Nogales, Sonora.
En ese momento aún no había podido llamar a Mariano para informarle que ella y los niños estaban vivos. Se preocupaba por sus otros dos hijos, Joan y Yender, que estaban en Tucson sin su madre.
A causa de las políticas de Estados Unidos y México, las personas deportadas quedan prácticamente abandonadas en zonas peligrosas, sin ninguna red de seguridad.
El 26 de febrero, apenas dos semanas después de la deportación de Yesenia, un alto funcionario de la Patrulla Fronteriza anunció en redes sociales, etiquetando a la Embajada de Estados Unidos en México, que los migrantes enfrentarían traslados forzosos “bajo el fuerte liderazgo del presidente Trump”.
“Si usted cruza ilegalmente, será deportado lejos de la frontera”, dijo Ricardo Moreno, subdirector ejecutivo de operaciones de la Patrulla Fronteriza.
En junio, agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (ICE) dijeron a La Silla Rota y Arizona Luminaria que existe un acuerdo entre ambos gobiernos para trasladar a las personas deportadas más al sur de México y liberarlas lo más lejos posible de la frontera norte.
Funcionarios del gobierno mexicano no han reconocido públicamente su cooperación con Estados Unidos para enviar a los migrantes a regiones distantes.
La Silla Rota y Arizona Luminaria solicitaron una entrevista al subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración, Félix Arturo Medina Padilla, para abordar casos como el de Yesenia y saber por qué México está colaborando con Estados Unidos en políticas migratorias más estrictas. Medina no respondió a la petición.
En una conferencia de prensa en julio, Sheinbaum dijo que desde que entró de nuevo la administración de Trump, 6,525 personas extranjeras habían sido deportadas de EU a b, un promedio de 38 personas por día.
Expertos en derechos humanos dicen que el desplazamiento forzado y la falta de servicios del gobierno mexicano para migrantes dejan vulnerables a familias como la de Yesenia ante criminales que los abusan y extorsionan. Lo que le sucedió a Yesenia después de su deportación, las agresiones por parte de autoridades migratorias mexicanas, sin acceso a atención médica y obligada a viajar en un peligroso tren de carga para huir de una zona conocida por explotar a los migrantes, son cada vez más comunes, afirman.
Sin rastros
Mariano no supo nada de Yesenia durante tres días.
Por 72 horas, la familia buscó respuestas. Un conocido consultó el “número de registro de extranjero” que el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos asigna a quienes no son ciudadanos de ese país. El de Yesenia no aparecía, tampoco en registros de custodia migratoria, ni en el ICE o registro policial alguno.
Era como si hubiera desaparecido.
En casa, los niños preguntaban qué pasó con su mamá. Mariano trataba de tranquilizar al de 14 años: “Ya viene. Cualquier día de estos”. Pero en el fondo sabía que no era así.
“A ella la tenían borrada del mapa”, dijo.
Tres días antes de que la detuvieran, Mariano y Yesenia bromeaban mientras tomaban café: “si te deportan, envío a los niños tras de ti y me quedo aquí,” le dijo él. Se rieron.
Pero cuando llegó a el momento, no hubo dudas. “Lo primero que dije fue: me voy”.
No había hay plan ni tiempo. Solo una decisión, seguirla. Sabía que no sería fácil. Dos de sus cuatro hijos estaban en Tucson con Mariano. Uno de ellos no es su hijo biológico, pero lo crió. “Si la policía me detiene … se lo llevan”, pensó, más allá de que podrían acusarlo de secuestro.
El niño podría explicar que él es su padrastro, pero se preguntaba si eso sería suficiente. ¿Quién en el gobierno de Estados Unidos, especialmente bajo las políticas de deportaciones masivas de la administración Trump, escucharía a un niño migrante cruzando la frontera?
A la deriva, en un país desconocido
Después de que los oficiales ordenaron a Yesenia y a su hija e hijo bajar del autobús en Villahermosa, un funcionario de migración le dijo que firmara unos papeles. Se sentaron en una sala, sin saber qué sucedería después. Aproximadamente una hora más tarde, un oficial les dijo que se fueran.
Sin saber a dónde ir, deambuló a por las calles de la ciudad con sus dos hijos. En un parque le pidió prestado su teléfono a un hombre y finalmente pudo hablar con Mariano y con sus dos hijos pequeños que aún estaba en Tucson. Les dijo que estaba en la capital de Tabasco, más de 3 mil kilómetros al sur de la frontera con Estados Unidos.
Yesenia y Mariano se concentraron en pensar cómo podían pueden reunirse.
Llamó a a uno de los integrantes de su iglesia en Tucson. Su pastor la conectó con alguien en la ciudad que tenía un cuarto disponible.
La ayuda de su comunidad del sur de Arizona fue una red de seguridad que la mayoría de los migrantes no tienen cuando son deportados a México. Mientras que algunas ciudades y pueblos cuentan con refugios y defensores que protegen a los migrantes, si alguien no puede acceder a esas redes, está solo y extremadamente vulnerable.
“Lo que está pasando ahora es que el INM recibe a personas desde Estados Unidos, las sube a autobuses y las envía a Villahermosa o Tapachula, dos de las ciudades de la frontera sur de México con menos empleos y recursos para los migrantes”, dijo Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración.
“Muchas de esas personas intentan tomar un autobús o algún tipo de transporte hacia el norte, rumbo a la Ciudad de México, y es entonces cuando están particularmente en peligro de extorsión, secuestro y otros delitos violentos”, dijo Kuhner. “Si tuvieran estatus migratorio no serían tan vulnerables y les sería más fácil acceder a servicios como atención médica, vivienda y educación”.
La salud de Yesenia se estaba deteriorando. Mientras caminaba en busca de comida ese primer día se desmayó a y quedó inconsciente brevemente sobre la acera.
Cuando llegaron a la casa que su pastor les consiguió, Yesenia todavía no podía descansar. Finalmente pudo cargar su propio teléfono y pidió prestados unos pesos para comprar saldo. Hizo videollamadas y mandó a mensajes de texto a Mariano, a sus cuñadas y a amigos en Tucson. Revisó a Facebook para responder la avalancha de mensajes de preocupación.
Ella y los niños compartieron una habitación pequeña, con un colchón en el piso. En su primer día completo en Villahermosa Yexander cumplió 10 años. No tenía dinero para una celebración, pero logró conseguir un par de dulces para él.
Los niños comían galletas, dormían y jugaban en el colchón. Ella trataba de estar tranquila, pero los cólicos y el sangrado empeoraron y comenzó a presentar fiebre.
Sabía que algo estaba mal, pero no tenía dinero y le asustaba buscar ayuda médica. El esposo de la mujer que les dio refugio es médico y. Yesenia le explicó a sus síntomas. Sin examinarla, él le dijo: “estabas embarazada y tuviste un aborto espontáneo”.
“Le dije que eso era imposible”, dijo, porque tenía un parche anticonceptivo en el brazo.
Yesenia y Mariano comenzaron comienzan a armar un plan para reunir a su familia en la Ciudad de México. Casi din dinero, ambos buscarían la forma de avanzar hacia la capital mexicana, sin saber cómo lo harían o los riesgos que encontrarían en el trayecto.
“La idea era que yo pudiera ir en autobús, saltando de un pueblito a otro”, dijo ella.
Pasó más de una semana para que la comunidad en Tucson recaudara suficiente dinero para que Yesenia pudiera comprar un boleto de autobús a la Ciudad de México. La familia pensaba que sería un lugar seguro para reunirse, y la hermana de Mariano se había reubicado allí recientemente.
A desandar el camino
Mariano decidió llevarse a los niños y dejar atrás la vida que estaban forjando en Arizona.
Había perdido su caso de asilo en 2023, pero recientemente había hablado con abogados que le dijeron que probablemente perdió su caso por no contar con representación legal. Le dijeron que aún tenía una oportunidad con otra forma de protección migratoria. Al salir del país para reunirse con su esposa y familia, estaba renunciando a esa oportunidad.
Un pastor de Tucson condujo a Mariano y a los niños hasta el cruce fronterizo. No hubo deportación formal. Ningún documento. Solo una salida tranquila, extraoficial, sin papeleo.
Pasó a dos noches en Nogales con Joan y Yender, tratando de averiguar cómo llegar a la Ciudad de México.
En México, cambió a los 250 dólares que había reunido y llevaba consigo. Gastó a la mayor parte en boletos de autobús. El resto se lo robaron en el camino.
En el autobús de la frontera a la Ciudad de México, Mariano fue detenido una y otra vez, cinco, tal vez seis veces. Los policías lo acusaron de llevar billetes falsos.
“Lo primero que te preguntan es: '¿traes dinero?'. Y agarran los billetes, esto es falso. Te lo quitan. Enfrente de todo mundo”, dijo.
A veces eran policías de verdad. Otras veces, hombres con chalecos negros sin identificación, con botas de trabajo y vestidos de civil.
En Los Mochis, Sinaloa, hombres vestidos de negro que portaban armas detuvieron el autobús. Sacaron a Mariano junto con otros deportados. Nadie dijo nada.
Mariano llegó a a la Ciudad de México más delgado, exhausto, sin dinero. Estaba a más de 2 mil kilómetros de su comunidad en Tucson y aún sin Yesenia. Apenas había dormido y comió muy poco.
Al norte otra vez por México
En el primer punto de control policial que Yesenia y los niños encontraron, un oficial de inmigración mexicano subió al autobús y la interrogó. “Fue directo hacia mí”, dijo.
Yesenia le informó que viajaba a la Ciudad de México y que estaba enferma. El oficial le dijo que los dejaría continuar, pero les advirtió que habría más puntos de revisión.
“Me dijo que me sentara junto a la ventana, pusiera a los niños a mi lado y tratara de no hablar,” dijo.
Nuevamente la interrogaron en otro retén mientras avanzaban hacia el norte y entraban al estado de Veracruz. Nuevamente la dejaron continuar, pero le advirtieron: en el siguiente punto van a detener a tu familia.
Kuhner dijo que es común que los oficiales de migración en México se informen entre sí sobre los migrantes que ven en los puntos de control en camino hacia ellos. “Definitivamente están coludidos”.
En el tercer punto de control, la policía intentó bajarlos del autobús y ella advirtió que grabaría todo.
“Empecé a grabar video, a decir que no me tocaran a los niños, que si a mí me pasaba algo iba a ser su responsabilidad. Me alteré porque no me gustó la manera en que me jalaron al niño”, dijo.
La familia compartió la grabación de Yesenia con Arizona Luminaria y La Silla Rota. La voz temblorosa de la madre se quiebra entre lágrimas mientras suplica a los oficiales.
Yesenia recordó que los acontecimientos se precipitaron. Dijo que uno de los oficiales de policía le arrancó el teléfono de las manos y empezó a borrar los videos. Solo logró enviar un mensaje de audio a su esposo sobre lo que estaba pasando.
“Él lo que hizo fue arrancarme el teléfono, me lo quitó y me agarró la mano y me la volteó así para ponerme esposas”, dijo.
Luego, cuatro agentes empujaron a su hijo para sacarlo del autobús “como si fuera un delincuente mayor de edad”. Un agente jaló el brazo de su hijo con tanta fuerza, que le provocó moretones que duraron semanas.
“Mi hijo me decía, 'mamá, no me sueltes, no me sueltes.' Mi hija me tenía por aquí tomada (señala su cuello), me estaba casi ahorcando”.
Mientras una agente intentaba sujetarla. Milagros, su hija de 6 años, corrió a defenderla y jaló el cabello de la mujer.
Fue un caos, dijo Yesenia.
En algún momento de la lucha, usó toda su fuerza para empujar y patear para soltarse. Mientras se retorcía, sintió calambres intensos en el abdomen y sangre entre sus piernas.
“Se me vino una bola de sangre horrible, que todo el pantalón se me manchó. Ahí fue donde ellos me soltaron y quedaron viéndome”, dijo.
Después de que los obligaron a bajar del autobús, los agentes transportaron a la familia a un centro de detención migratoria en Acayucan, Veracruz.
Ahí los agentes intentaron robar el poco dinero que había ahorrado.
“Cuando ellos revisaron mi bolso vieron el dinero. Fue donde me puse a pegar gritos que me entregaran mi plata. Ahí sí me puse como histérica”.
Yesenia pidió ver a un médico. Pese a estar adolorida, al borde del desmayo, nadie le ofreció atención médica.
No hay registro de la familia en el centro de detención, dice Kuhner. Así que no hay constancia del abuso que dicen haber sufrido. La falta de documentación oficial que documente la presencia y el trato de la familia en el centro no la sorprende.
Kuhner argumenta que las familias migrantes no deberían ser detenidas por la agencia de migración de México, sino colocadas al cuidado del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), que apoya a poblaciones vulnerables.
A pesar de múltiples intentos de obtener comentarios sobre la denuncia de Yesenia, la Secretaría de Gobernación y la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración se negaron a responder.
En Veracruz, un empleado de migración prometió a Yesenia darle una especie de visa que le permitiría viajar libremente por México durante cierto tiempo.
Pero en Acayucan, en el centro de detención, otro agente le dijo que no existe tal visa. Yesenia suplicó que la dejaran ver a un doctor pero le negaron la atención una y otra vez. Sólo le dieron toallas sanitarias.
A la mañana siguiente, Yesenia y sus hijos fueron liberados y los enviaron a la calle.
Tuvo que decidir entre dirigirse nuevamente hacia Ciudad de México, a pie o en autobús, donde la esperaban más puntos de control, o regresar hacia Coatzacoalcos, donde escuchó que podría subir a “La bestia”, el tren que va a la frontera con Estados Unidos.
No podía soportar otro encuentro con autoridades de inmigración mexicanas. Decidió ir a Coatzacoalcos. Sabía que eso significaba regresar sobre sus pasos unos 100 kilómetros, pero sentía que era su única oportunidad.
De Ecatepec a Teotihuacán
Mariano llegó a la Terminal de Autobuses del Norte en la Ciudad de México. Desde allí, se dirigió a Ecatepec, donde viven su hermana y sus dos hijos.
Ella regresó a México aproximadamente al mismo tiempo en que la nueva administración de Trump intensificó las deportaciones y decidió establecerse allí. Su esposo permanece en Estados Unidos, enviando dinero, suficiente para la renta y comida.
Él le envía 150, quizá 200 dólares a la semana, y al final del mes, otros 200 o 300 dólares para la renta.
Mariano no cuenta con esa ayuda. Eso significa que tiene que aceptar cualquier trabajo que encuentre, principalmente en jardinería y construcción, aunque Mariano dice que puede trabajar en casi cualquier área, a menudo en jornadas que se extienden hasta entrada la noche.
“Imagínese que yo tengo que estar en una calle a veces que me toque trabajar hasta las 10, 11 de la noche”, dijo. Ecatepec está entre los municipios más inseguros del país y, de acuerdo con encuestas, 90% de sus habitantes se siente inseguro.
Pronto, la inquietud se convirtió en miedo. Una noche, mientras revisaba TikTok, se encontró con un video grabado en su mismo vecindario. Mostraba reportes de una pandilla conocida como “Los 300”, un grupo criminal involucrado en extorsiones y asesinatos en la zona. Una semana después, otro video mostró restos humanos encontrados en un canal justo detrás de la casa de su hermana.
Le dijo a su hermana: “¿Ahora ves por qué no quiero quedarme allí?”
Ya había pasado por la detención, extorsión, la pérdida de seguridad, su familia amenazada y víctimas de abusos. No aceptaba criar a sus hijos en un vecindario en el que aparecieron cuerpos medio enterrados.
Así que se mudó de nuevo. Esta vez a San Juan Teotihuacán, un pueblo más tranquilo a aproximadamente una hora al noreste de Ciudad de México. No es perfecto. Pero se siente más seguro. Es un lugar donde puede caminar de regreso a casa por la noche sin mirar constantemente por encima del hombro. Poco después, su hermana y sus dos hijos se unieron.
La bestia
Yesenia y los niños pasaron dos noches durmiendo bajo un puente en Coatzacoalcos, esperando un tren. La bulliciosa ciudad portuaria es conocida, entre otras cosas, por ser un lugar peligroso para los migrantes, por los secuestros, extorsión, violaciones y asesinatos que han sufrido.
Yesenia recogió unas cuantas piezas de cartón para que los niños durmieran. Se mantenía despierta durante la noche, alerta, asegurándose que estuvieran a salvo.
Finalmente, en la segunda noche, escuchó de otros migrantes que un tren se acercaba. Fue un alivio, pero surgió un nuevo desafío. Las locomotoras del tren arrastraban principalmente cisternas de petróleo, cilindros con solo una pequeña plataforma plana en las que es muy difícil mantener el equilibrio.
El tren salió de la estación portuaria cerca de la medianoche. La siguiente parada sería Tierra Blanca, Veracruz, a 400 kilómetros de Teotihuacán.
Con la ayuda de una mujer migrante de Colombia, Yesenia levantó a sus dos hijos para colocarlos sobre la parte superior de una cisterna del tren. Los niños se aferraron a ella.
Amaneció después de otra noche sin dormir, y aunque habían han sobrevivido, no había posibilidad de que sintiera alivio. Otros migrantes advirtieron que era necesario bajar del tren antes de que llegara llegue a la estación o quedarían atrapados. Había que saltar mientras el tren todavía se movía.
Yexander ayudó a su hermanita a saltar mientras su mamá los animaba nerviosamente. Luego Yesenia saltó para tropezar con las piedras de abajo.
Desde Tierra Blanca, Yesenia volvió a llamar a la iglesia en Tucson. A través de su red, se recaudó suficiente dinero para conseguirle un transporte hasta Teotihuacán.
Pirámides en el horizonte
Los vestigios de la antigua cultura prehispánica son imposibles de pasar por alto en Teotihuacán. En ese sitio Mariano finalmente encontró encuentra trabajo temporal en un hotel. Y ahí, por fin, después de más de un mes de separación, la familia se reunió.
“Cuando llegué aquí seguía el sangrado, yo casi ni caminaba. De hecho, cuando me bajé del carro aquí, caminaba como mujer cuando ya va a parir”, dijo Yesenia.
Su vientre estaba tan hinchado que no podía abrocharse los pantalones.
Cuando Mariano vio a Yesenia se sintió aterrorizado. Lucía pálida, débil y con los ojos hundidos por el dolor y el agotamiento.
“Tuvo que salir a la calle con los niños a pedir dinero, algo que nunca habíamos hecho, para comprarme medicinas y comida”, dijo ella.
En Teotihuacán, finalmente vio a un médico, semanas después de que comenzara el sangrado. El doctor confirmó su temor. Estaba embarazada y había sufrido un aborto espontáneo.
"Yo le había contado a la doctora lo que yo venía pasando, me dijo, 'Imagínate dos días y medio en un bus con dolores, dolor de cabeza, estrés, pensadera. Una embarazada no puede estar agarrando estrés, ni rabia, nada de eso”, dijo.
El doctor le dijo a Yesenia que el sangrado, las fiebres y los calambres persistentes se debían a una infección después de su aborto. Comenzó un tratamiento con antibióticos para manejar el dolor y la fiebre.
Los días pasaron volando. Mariano se concentró en reunir suficiente dinero para que ella pudiera pueda ver a un doctor nuevamente y los niños tuvieran qué comer.
Un médico la operó, practicándole una dilatación y un legrado, un procedimiento necesario para las pacientes que sufren un aborto espontáneo en el primer trimestre.
Incertidumbre por el futuro
La familia estuvo huyendo desde que ellos y los hijos de ambos se juntaron.
Su hijo mayor, Joan, hizo su primer viaje, de Venezuela a Colombia, cuando era un niño pequeño. Su segundo hijo, Yexander, de 10 años, hizo ese mismo viaje en el vientre materno.
Desde que escaparon de Venezuela, la familia vivió brevemente en Colombia, Ecuador, Perú, Chile, y luego cruzaron por cinco países más antes de llegar a Estados Unidos.
Ahora intentaban establecerse en México, aunque los últimos meses de peligro emocional y, a veces, físico les hicieron han hecho sentir que echar raíces es imposible. Tanto Mariano como Yesenia dudan cuando se les pregunta si planean quedarse.
“Tal vez”, dice Mariano.
“¿A dónde vamos?” añade Yesenia, mirando a su esposo.
Cuando se le pregunta cómo se siente viviendo en México, Yexander rápidamente dirige la conversación de nuevo a cómo lo trataron en Estados Unidos. Cómo los agentes de la Patrulla Fronteriza acusaron injustamente a su padre de ser miembro de una pandilla y cómo hicieron llorar a su mamá y a su hermana menor.
“Creo que nos trataron muy mal”, dijo el niño. Su voz, casi ronca y fuerte cuando juega con sus hermanos, se vuelve un susurro al recordar.
Ahora que tiene 10 años, y dado que Estados Unidos es un sueño del pasado, Yexander no está seguro de qué le depara el futuro. Dice que espera con ansias comenzar la escuela y ayudar a su madre.
En el pequeño apartamento de una sola habitación de la familia, compartido con la hermana de Mariano y sus dos hijos, viven nueve personas. Todos tienen responsabilidades.
Yesenia no se sienta. No come. Cuando Joan termina primero, ella toma su plato para añadir la última cucharada de arroz, raspada del fondo de la olla.
Si se le pregunta cuándo se sentará o probará un bocado, Yesenia solo sonríe. Frota el hombro de Milagros, su hija, quien se acurruca, mientras dice con dulzura: “Lo haré”.
