Esta investigación es parte del proyecto “Deportation tracker”, impulsado por el Border Center for Journalists and Bloggers en alianza con Arizona Luminaria y La Silla Rota con apoyo de Global Exchange.
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Primera de dos partes
Yesenia iba descalza en el tercer día de una travesía por la selva en Panamá. Sus hijos sufrían de malestar estomacal. Todos estaban empapados, cubiertos de arañazos de espinas y sin comida. Caminaron junto a cadáveres. Vieron a un hombre desesperado lanzarse por un acantilado. A miles de kilómetros de su destino desconocían por completo que pasaría al día siguiente.
Sus hijos la sacaron adelante, poniendo un pie descalzo delante del otro a través de la selva. La menor tenía cuatro años cuando emprendieron la travesía, el mayor, 12.
“Mis hijos fueron los que me alentaban”, recordó Yesenia. “Porque si hubiera sido por mí, no hubiese podido. Fue un impulso, siempre. Todavía lo siguen siendo”.
Yesenia y sus cuatro hijos se dirigían a Estados Unidos para reunirse con Mariano, su esposo que había huido a Tucson.
Era 2022. Como Mariano antes que ella, seguía los pasos de decenas de miles de migrantes de Centro y Sudamérica, el Caribe, y de todo el mundo, que atravesaron el peligroso Tapón del Darién, que divide a Colombia de Panamá.
Más de dos años después, un día cualquiera, conducía por Tucson, Arizona, con dos de sus hijos, su niña ya de 6 años, y el niño de 9, mientras en casa Mariano y sus otros dos hijos, de 7 y 14 años, la esperaban. De pronto, vio las luces de la patrulla en el retrovisor, y el recuerdo de la selva panameña vino a su mente.
Yesenia sabía lo que podría significar una revisión de tránsito: la llegada de la Patrulla Fronteriza, la detención, deportación y hasta separación de sus hijos.
Lo que temía, y algo peor, terminaría por cumplirse.
La historia de Yesenia refleja la crueldad casi infinita que enfrentan los migrantes en su búsqueda de seguridad. El sentimiento de desesperación y vulnerabilidad que sintió en la selva la hicieron fuerte. Así soportó la rápida deportación hacia el sur, la brutalidad de los oficiales de inmigración en ambos lados de la frontera, así como la separación de su esposo y de sus dos hijos en Arizona.
La deportación de migrantes extranjeros a México implica riesgos graves, dijo Savi Arvey, directora de protección a refugiados en Human Rights First. “Muchos quedan sin estatus legal, sin acceso a necesidades básicas y enfrentan extorsión, secuestro, agresiones por parte de grupos del crimen organizado o abusos por autoridades de inmigración mexicanas”, explicó.
Aunque los migrantes que huyen de la violencia o la pobreza han enfrentado injusticias similares durante mucho tiempo, expertos en derechos civiles y humanos advierten que una ofensiva coordinada contra los inmigrantes está utilizando a las autoridades locales para perseguir a personas como Yesenia.
La promesa de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, de hacer deportaciones masivas, cristalizada por la cooperación de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ha provocado un panorama sombrío para los migrantes, dicen los expertos: los gobiernos de Estados Unidos y México están trabajando cada vez con más vigor para erosionar el debido proceso constitucional y los derechos de asilo, y desplazando por la fuerza a personas que buscan refugio y estatus legal, principalmente migrantes latinos y afroamericanos.
Yesenia dice que ambos países han dado la espalda a quienes más necesitan refugio.
“Ahí donde tienen detenido a uno en Estados Unidos se ve de todo. Ahí te tratan mal, horrible”, dijo. En México, la situación no es mejor. “No tienen corazón con los migrantes”.
La huida de Venezuela
Las cicatrices que cubren el cuerpo de Yesenia la hacen recordar la razón por la que no regresará a Venezuela. Esas heridas fueron infligidas por su exesposo.
A más de una década de distancia aún recuerda aquellos días, el miedo que sentía por su propia vida y la desesperación por salvar a su hijo de un año. Una noche, su esposo le clavó un desarmador en la axila y la hirió en el pie con un machete, dice.
Las cicatrices, igual que el miedo, estaban con ella siempre. Cuando se recuperó, se alejó de él pero la encontró e incendió su casa una noche mientras ella dormía. Logró escapar de las llamas y huyó a otro estado en Venezuela. Su esposo la encontró. Ella huyó de nuevo, y otra vez él la localizó. Yesenia dice que él es oficial de la Guardia Nacional y cree que usó bases de datos de agencias de inteligencia para seguirla.
Carolina Jiménez Sandoval es presidenta de la Oficina de Washington sobre América Latina (WOLA), una organización de investigación y defensa de los derechos humanos. Ha pasado décadas estudiando y defendiendo los derechos humanos en su país natal, Venezuela, y en toda América Latina.
“Lamentablemente, creo que la historia de Yesenia refleja la experiencia de muchos venezolanos”, dijo.
Durante uno de los periodos en que se escondía de su esposo, Yesenia conoció a Mariano en Facebook, y comenzaron una incipiente amistad en línea.
El éxodo venezolano se inició gradualmente en 2014, pero se intensificó a partir de 2018, empujado por el colapso económico, político y social del país. Según el Banco Mundial, se trata del segundo mayor y más rápido desplazamiento humano en el Mundo, después de la guerra en Siria. Cerca de 7.9 millones de personas han salido del país en busca de mayores oportunidades, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.
En 2017, la pareja se conoció en persona por primera vez en Colombia. Yesenia estaba en el octavo mes de embarazo de su tercer hijo, Yender. La noche en que Yesenia apareció en su puerta, Mariano pasó de ser un hombre soltero de poco más de 20 años a convertirse en pareja y padrastro de tres niños.
Después de aproximadamente un año en Colombia, la familia se mudó a Ecuador, luego a Perú, brevemente a Chile, y luego de regreso a Colombia en la búsqueda de cierta estabilidad y seguridad. Finalmente decidieron migrar a Estados Unidos porque escucharon que ahí había trabajo y el país tenía una reputación de ofrecer oportunidades y asilo a quienes lo necesitaban.
Decidieron que Mariano iría primero, se establecería y luego enviaría por su familia.
Cuatro niños en la selva
En 2022, la familia no tenía suficiente dinero para pagar un vuelo que los acercara a Estados Unidos, ni para contratar a un traficante que los guiara a través de los peligros de Centroamérica y México.
Yesenia llevó consigo a sus cuatro hijos. El mayor ayudaba a cargar las botellas de agua, una bolsa de ropa extra y comida. Aunque no pudieron pagar sus propios guías, a regañadientes les permitieron seguir a un grupo que sí los tenía.
Tras un par de días de camino, ya empapados, hambrientos y exhaustos, la familia fue testigo de cómo un padre y su niño pequeño resbalaron por un acantilado y murieron. Yesenia no recuerda si eso ocurrió antes o después de que Joan viera el cuerpo de un bebé medio enterrado en el lodo. “Eso fue un trauma para ese niño, para el mayor”, relató con voz firme.
Bebieron agua sin filtrar, pasaron hambre y todos enfermaron.
Durante la caminata de días se encontraron con unos 30 cadáveres. Dice que vio a buitres comiéndose uno de ellos. De acuerdo con la ONU, tan sólo en 2024, 174 migrantes habrían muerto al intentar cruzar esta selva
“Hasta mi hija lo vio. La pequeñita. Yo lloraba, diciéndoles a mis hijos que no podía más. Mis hijos fueron los que me alentaban, quienes me dijeron: ‘estamos aquí por usted. Vamos a llegar donde nuestro papá. Sí podemos’”.
Fueron días en que durmieron donde podían y comieron lo que encontraron. Cruzaron un río en balsa.
Pidieron dinero en las calles para atravesar Centroamérica, pasando por Nicaragua, Honduras y Guatemala. Yesenia no dormía para vigilar a sus hijos.
“Se oían los gritos”
Yesenia y los niños cruzaron el río Suchiate, entre Guatemala y México, sobre una llanta inflable. En la primera ciudad mexicana, Tapachula, al norte de la frontera con Guatemala, una mujer venezolana los atrajo a una casa de seguridad. Sin saberlo, entraron por su propio pie a un lugar en que los secuestraron.
Yesenia calcula que pasaron seis noches en la casa en el centro de Tapachula, junto a unos 60 migrantes más. "Había como nueve adultos, sin meter a los niños”. Había hombres armados vigilando, quienes los encerraron en un cuarto estrecho. A las mujeres sin hijos las sacaban para violarlas.
Mariano ya había conseguido un trabajo en Tucson y logró los 900 dólares necesarios para lograr la liberación de Yesenia y sus hijos. Libres, se concentraron en una sola cosa: continuar hacia el norte para que la familia se reuniera. Viajaron en pequeños autobuses, a menudo, durmieron en la calle.
México es un lugar de riesgo para los migrantes, dijo Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración, que se enfoca en apoyar y proteger a las mujeres migrantes en el país.
“No es seguro. Permítanme ser clara. No es seguro. El miedo es tan enorme. No hay consecuencias por no proteger a las personas migrantes”, dijo
Siguiendo los pasos de Mariano, finalmente llegaron a Piedras Negras, Coahuila, una ciudad situada justo al sur de la frontera con Texas, donde cruzaron el río en una balsa y entraron a Estados Unidos. Allí encontraron a agentes de la Patrulla Fronteriza y se entregaron para solicitar refugio de manera legal.
La ruta de Mariano
A Mariano siempre le gustó vestirse de blanco. El uniforme de la Marina venezolana contrastaba con su piel oscura y a él le gustaba ese contraste. A los dieciocho años, tener uniforme, horario y un sueldo que alcanzaba para vivir, era más de lo que muchos tenían.
Todo cambió en 2016, durante un viaje a La Orchila, la isla presidencial de Venezuela. Su trabajo era anotar todo lo que subiera y bajara del barco. Sin embargo, un día llegó una orden: “No apuntes las cajas que están ahí”. Se trataba de alrededor de 180 cajas cargadas de armas y municiones.
De regreso al puerto de La Guaira, empezaron a descargar las cajas y él comenzó a apuntar. El capitán del barco lo llevó al puente del barco, tomó su libreta y borró los registros. “Primera y última que me hace esto”, le advirtió. Mariano obedeció, pero ya no pudo seguir. Ese mismo día supo que tenía que irse.
Sabía que desertar podía costarle la cárcel. No obstante, a los pocos días, huyó. Desde entonces, no ha podido regresar. “En cuanto lean mis huellas, voy directo a la cárcel. Yo no tengo la opción de volver a Venezuela”.
A veces se arrepiente. Cree que hubiera sido mejor quedarse callado, seguir la carrera militar, aguantar. “Allá, con todo y todo, tenía a mi familia. Acá me he arrodillado por un techo, por una comida. Allá hubiera tenido poco, pero tranquilo con mis hijos en mi país”.
A donde llegaba, Mariano trabajaba. Pintaba, construía, manejaba y cocinaba. Nunca soñó con Estados Unidos. Mucho menos con México. Pero uno de sus primos le habló de Canadá, de que allá, o en EU, alguien como él, con sus manos, podía ganar bien.
Mariano emprendió su viaje con 70 dólares y un celular roto en los bolsillos. Cruzó Colombia en camiones de carga y otros a los que subía, a veces, sin permiso.
Al llegar a Necoclí pagó 50 dólares a un grupo de guerrilleros colombianos para que lo llevaran en lancha a la selva del Darién. Ingenuamente creyó que ese era el pago para cruzar el famoso y mortal tapón continental; pronto se dio cuenta que solo eran para dejarlo a las puertas de ese laberinto implacable.
Sin dinero, sin ayuda, sin otro plan, Mariano se acercó al hombre que mandaba en el campamento al que llegó. Era un tipo al que todos parecían temerle. Se le acercó con respeto, le explicó que solo le quedaban 20 dólares, que ya había pagado todo lo que tenía en la lancha, pero quería seguir.
Tal vez fue su atrevimiento, tal vez su forma de hablar sin rodeos, pero aquel hombre lo miró de arriba abajo, dudó unos segundos y le dijo que se quedara quieto. Horas después, cuando partió el siguiente grupo, le hizo una seña con la cabeza. “Síguelos”, le indicó.
A partir de ahí, Mariano sobreviviría haciendo favores. Cruzó el Darién cargando mochilas de otros migrantes a cambio de comida, ayudaba a escalar a otros a cambio de agua y cargaba a niños que no podían cruzar el fango, un fango que cubría los cuerpos de algunos migrantes que se quedaron a mitad del camino.
Una vez cruzada la selva, se comunicó con Yesenia y fue hasta ese momento que le informó a su madre su intención de llegar a Estados Unidos.
Trabajó en Panamá, Costa Rica y Nicaragua. Cruzó sin demora Honduras y llegó a la frontera mexicana. Específicamente a Tecún Umán, un pueblo entre Guatemala y Chiapas. Recuerda bien ese pueblo, de letreros iluminados y donde hombres armados con machetes intentaron asaltarlo.
Una vez en Arriaga, Chiapas, la suerte le cambió. Conoció a un mexicano que no solo le ofreció casa, sino trabajo pegando cerámica. “Buen amigo”, repite varias veces. Juntó dinero para viajar a la Ciudad de México, donde trabajó en la construcción. Siempre la misma fórmula: trabajar, juntar dinero y subir todos los kilómetros posibles.
Así, llegó a Monterrey. Ahí trabajó una semana vendiendo dulces, haciendo de todo. Juntó lo necesario para el último tramo: Piedras Negras, Coahuila. En menos de dos meses, ya se encontraba en la frontera con Estados Unidos.
Ya en EU, un nuevo drama
Las primeras semanas de Yesenia y sus hijos en Estados Unidos fueron un torbellino entre la detención, traslados burocráticos e interrogatorios.
Los agentes fronterizos le dieron una opción: enviarlos en autobuses a ciudades gobernadas por políticos del Partido Demócrata, principalmente Nueva York, Chicago y Denver, sin costo alguno. Sin saber cuál está más cerca de Tucson, donde Mariano la esperaba, eligió Chicago. No tenía idea de que estaba separada de su esposo por unos cientos de kilómetros y que la enviarían a 2 mil 700 kilómetros de distancia.
Llevaron a Yesenia y los niños a un albergue en Chicago. Intentaron registrarse en la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), como le indicaron. Pero el gobierno no estaba convencido de que la hija menor de Yesenia fuera realmente suya, porque no contaba con su acta de nacimiento. El único sitio en que podía conseguir ayuda era el consulado de Colombia en Nueva York, así que las autoridades enviaron a la familia en avión a esa ciudad. Ahí detuvieron a Yesenia y la separaron de su hija.
Pidió una prueba de ADN para demostrar la maternidad.
“En ese momento, lo único en que pensaba era que sólo con la prueba de ADN podía recuperar a mi hija. Sentía muchísimo miedo y desconfianza, ya que no sabía sobre las leyes de ese país”, dijo.
Tras dos noches separada de la niña, pudieron reunirse de nuevo porque la prueba resultó positiva. Le ofrecieron un vuelo de regreso a Chicago, pero Yesenia pidió que la devolvieran a Texas, ya sabía que así estaría está más cerca de Mariano. Él condujo desde Arizona para recogerla a ella y a los niños. Finalmente, se reunieron y la familia se estableció en Tucson.
Vuelta a la pesadilla
Tres días antes del Día de San Valentín en 2025, Yesenia vendía arepas y empanadas frente a una estación de gasolina el sur de Tucson. Apenas llevaba unos minutos en el estacionamiento cuando una mujer, a quien se acercó para ofrecerle arepas, comenzó a insultarla.
Con poco conocimiento del inglés, Yesenia apenas entendió unas pocas palabras: “fuck you” y algo sobre “police”. Ella y sus dos hijos se alejaron de la mujer y esperaron unos minutos antes de intentar hacer otra venta.
Su hijo de 9 años vio que una camioneta de la policía estatal entró a la gasolinera y Yesenia se apresuró para ise.
A poco más de una cuadra de su departamento, la patrulla encendió las luces. Ella giró hacia una calle lateral y se detuvo.
Yesenia mostró la identificación que recibió en un albergue para migrantes en Chicago. El agente la acusó de portar una identificación falsa, amenazándola con años de cárcel. “Sólo pensaba en mis hijos, eso es todo. Trataba de mantener la calma, solo mantener la calma y tal vez todo estaría bien”, recordó.
La multa de tránsito que le extendieron por conducir a 25 millas por hora (unos 40 kilómetros por hora en una zona de 65 mk/h) indica que manejaba a una velocidad que “entorpecía el tráfico”, según el documento en poder con Arizona Luminaria y La Silla Rota. El documento incluía cargos adicionales por no tener seguro, placa suspendida y no usar cinturones de seguridad.
Después de un rato, uno de los integrantes de la iglesia Adventista del séptimo día a la que se unieron en Tucson, llegó y pronto lo siguió el esposo de Yesenia. Mariano preguntó al oficial si puede recoger algunas pertenencias, entre ellas sus herramientas y el estéreo, antes de que se llevaran su auto.
Cuando las colocó en el vehículo de su amigo, vio un destello verde y blanco reflejado en la ventana: las inconfundibles marcas de un vehículo de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.
“Le dije que corriera”, recordó Yesenia, preocupada por sus otros dos hijos que estaban solos en casa.
Luego, subieron a Yesenia al vehículo de la Patrulla Fronteriza. “Me esposaron frente a mis hijos”. Sus niños lloraban, “casi histéricos, pero en ese momento yo estaba más preocupada por mis otros dos hijos”.
Yesenia le rogó a los agentes de la Patrulla Fronteriza que pasaran por su casa, a una cuadra de distancia, para decirles a sus hijos lo que sucedía.
Interrogatorio y acusaciones
Yesenia pidió hacer una llamada telefónica. Explicó que no podía regresar a Venezuela y todos los peligros que representaba México.
“Ese no es nuestro problema, ese es su problema”, le dijo un agente de la Patrulla Fronteriza.
Cuando preguntó a dónde la enviarían, el mismo agente le respondió: “Lejos de nosotros”.
En la estación del sector Tucson de la Patrulla Fronteriza, los agentes interrogaron a Yesenia y sus hijos. “Le preguntaron a mi hija de seis años si su papá era miembro de una pandilla, si tenía un arma”. Los oficiales también preguntan una y otra vez a Yesenia pertenecía a la pandilla venezolana Tren de Aragua. Su hija sollozaba.
Yesenia dijo que los agentes la amenazaron con enviarla a Guantánamo y que sus hijos podrían ser enviados a orfanatos para que los adoptaran.
Alrededor de las cinco de la mañana del día siguiente, después de una noche sin dormir, los agentes subieron a Yesenia y a sus niños a un autobús y los llevaron a Nogales. Allí, los agentes los hicieron cruzar la frontera y entrar a México.
Lo primero que pidió a los funcionarios mexicanos fue hacer una llamada. Un agente de migración le respondió el gobierno estadounidense ordenó no permitir que ninguno de los migrantes deportados hiciera llamadas. No sabía el destino del autobús, ni cuánto tiempo duraría el viaje.
El Instituto Nacional de Migración no respondió a repetidas solicitudes de comentarios sobre el trato a Yesenia en el país o sobre cuántos extranjeros han sido deportados al país desde Estados Unidos.
Durante el trayecto forzado hacia el sur, Yesenia comenzó a sangrar. Al principio pensó que era su ciclo menstrual habitual, aunque parecía más abundante de lo normal, y los calambres eran más fuertes. No contaba con toallas sanitarias ni tampones.
Cuando pidió ayuda a un agente del INM en el autobús, le respondieron que no podían hacer nada.
Sin ningún artículo de higiene a la mano, usó un manojo de servilletas, de los sándwiches que le dieron a sus hijos, para detener el flujo de sangre. Sentía punzadas agudas en la parte baja del abdomen.
Pregunta a dónde la llevaban. “Nunca me respondieron. No me dieron nada, absolutamente nada”.
