Una mujer entra a una cafetería de Tokio y toma asiento frente a otra persona. No busca un consejo, tampoco una conversación profunda. Durante varios minutos apenas intercambian palabras. El encuentro cumple exactamente con lo que ella necesita: no sentirse sola en el mundo.
Al otro lado de la mesa está Shoji Morimoto, un japonés que construyó una actividad inusual pero profundamente humana. Su servicio consiste en acompañar a quienes lo solicitan sin asumir otro papel. No actúa como amigo, consejero ni guía. Solo está presente.
La idea nació en 2018, después de perder un empleo de oficina. Durante años escuchó comentarios de sus jefes sobre su "falta de iniciativa". En lugar de deprimirse o rechazar esa etiqueta, decidió darle un giro brillante: convirtió su capacidad de "no hacer nada" en el centro de una propuesta que anunció en redes sociales bajo el nombre de “Do Nothing Rent-a-Man” (El hombre que se alquila para no hacer nada).
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El arte de rescatar almas en el anonimato
Desde entonces, Morimoto recibe solicitudes de personas que desean compañía para actividades cotidianas. Algunas lo invitan a restaurantes, otras a realizar compras o caminar por la ciudad. En ciertos casos, solo ocupa una silla cercana mientras alguien atraviesa un momento importante.
Su regla principal es sencilla pero inquebrantable. No dirige conversaciones, no opina ni intenta influir en las decisiones de sus clientes. Responde con amabilidad cuando le hablan y acompaña durante el tiempo acordado.
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A lo largo de los años ha rechazado peticiones que implican realizar tareas físicas, limpiar espacios o asumir funciones románticas. Sin embargo, acepta situaciones tan variadas como asistir a un concierto, esperar en una estación de tren o compartir un pastel de cumpleaños con alguien que no tiene con quién soplar las velas.
Un refugio libre de juicios
Para el público de este lado del mundo, donde la calidez y las redes familiares suelen estar siempre presentes, puede resultar extraño que alguien pague por compañía. Sin embargo, en la sociedad japonesa existe una profunda presión cultural por "no ser una carga" (meiwaku) para los seres queridos. Guardarse los problemas es la norma.
Por eso, muchas de las personas que recurren a Morimoto no buscan establecer una amistad real, sino un espacio seguro. Con él no existe la obligación de sostener una conversación incómoda, fingir felicidad ni preocuparse por causar una buena impresión. Es una tregua emocional.
Esa dinámica encuentra espacio en Japón, donde también operan servicios de alquiler de parejas o amigos temporales que actúan bajo un guion. La diferencia que hace inspiradora la labor de Morimoto es que él no actúa; limita su participación a la aceptación pura del otro, acompañando sin intervenir.
Abrazar en silencio los momentos difíciles
Los encuentros acumulan historias que conmueven. Un hombre lo contrató solo para que esperara su llegada en la meta al final de un maratón. Otra persona le pidió ocupar el lugar de un amigo que canceló su asistencia a un concierto para no ver el asiento vacío.
También ha sido el pilar invisible en momentos personales complejos. En una ocasión permaneció cerca de una mujer mientras ella entregaba los documentos de divorcio a su esposo. Ella no quería hablar con Morimoto, solo quería contar con alguien conocido y neutral dentro de su campo visual para sentir fuerzas durante la reunión.
Entre los recuerdos que menciona aparecen jóvenes, adultos y ancianos que buscaban compartir una comida, visitar un sitio desconocido o simplemente pasar unas horas junto a alguien que no esperaba absolutamente nada de ellos.
El valor de existir para los demás
Morimoto recibe alrededor de mil solicitudes al año. Aunque al principio cobraba una tarifa fija de 10,000 yenes (unos 70 dólares) por sesión, con el tiempo evolucionó hacia un modelo más noble: los clientes cubren sus gastos de transporte y comida, y deciden voluntariamente cuánto pagarle por su tiempo.
Su agenda suele incluir entre una y tres citas diarias. Esa rutina le permite sostener una actividad que comenzó como un experimento de supervivencia y que terminó por atraer la atención de medios internacionales, libros y hasta una serie de televisión. Mientras tanto, él continúa recorriendo Tokio con una gorra y una mochila, desplazándose en tren de una cita a otra.
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Simplemente estar
La experiencia de Morimoto refleja una necesidad universal que trasciende fronteras. En una época marcada por las pantallas, la conexión permanente y las agendas ocupadas que nos deshumanizan, miles de personas recurren a un hombre cuya principal tarea consiste, precisamente, en recordarles que su existencia importa.
Su trabajo no consiste en resolver problemas ni en ofrecer respuestas mágicas. La propuesta es mucho más simple y poderosa: recordarnos que la soledad disminuye cuando alguien decide, con respeto y en silencio, ocupar un lugar junto a nosotros.
VGB
