Con el gusto de saber que esta columna es leída con atención por personas que se interesan en los temas aquí plasmados, esta ocasión abordo este tema en respuesta a un lector que nos compartió su inquietud:
Llegar a los 40 años tiene una ventaja indiscutible: uno empieza a hacer las paces con el reloj y, sobre todo, con el silencio. A esta altura del camino, me considero un hombre afortunado. Disfruto profundamente el cobijo de mi familia, la risa compartida con los amigos de siempre y el bullicio de una vida que se siente plena, realizada y en constante movimiento. Sin embargo, en medio de esta coreografía cotidiana de afectos y responsabilidades, he aprendido a cultivar una relación entrañable con un estado que antes me aterraba y que hoy defiendo: la soledad.
La soledad es un enigma texturizado. No es un concepto simple; se siente, se respira y cambia de color según el cristal con el que se mire. Existe una soledad que es medicina pura, un espacio reconfortante que elegimos con la misma delicia con la que se saborea un buen café por la mañana. Es esa soledad como compañía, donde uno se convierte en su propio anfitrión.
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En esos momentos, el silencio no es vacío, sino plenitud. Se siente como un respiro hondo en un día agitado; es el lugar donde las ideas se acomodan, donde la creatividad fluye sin la interferencia del ruido exterior y donde podemos despojarnos de cualquier máscara social. Es el placer de habitarse a uno mismo, de leer un libro sin prisa, o simplemente de mirar por la ventana viendo el tiempo pasar, sabiendo que estamos en el mejor lugar posible: con nosotros mismos.
"La soledad elegida es un refugio; la soledad impuesta o la que llega sin avisar en la madurez, es un espejo que a veces devuelve una mirada melancólica."
Sin embargo, sería ingenuo negar la otra cara de la moneda. Incluso cuando la vida te sonríe y el entorno está lleno de amor, la soledad a veces se tiñe de un azul melancólico. Hay tardes o noches específicas en las que ese mismo silencio pesa. ¿Cómo se siente esa otra soledad? Se siente como una ligera punzada de vulnerabilidad y sosobra en el pecho.
Es una melancolía que no necesariamente nace de la tristeza o el abandono, sino de la lucidez que dan los años. Es la conciencia del paso del tiempo, el recuerdo de quienes ya no están, o la certeza de que, en última instancia, venimos y nos vamos solos de este mundo. Es un recordatorio de nuestra propia fragilidad. En esos instantes, la soledad se vuelve un espejo un tanto incómodo, pero sumamente honesto.
A los 40, el secreto no radica en huir de esa melancolía ni en idealizar el aislamiento, sino en aprender a transitar ambas facetas con madurez y templanza. Saber que se puede ser inmensamente feliz en comunión con los demás, y al mismo tiempo, ser capaces de abrazar nuestro propio vacío cuando la vida baja el volumen.
Al final del día, la soledad no es la ausencia de los otros, sino la presencia rotunda de uno mismo. Y aprender a ser una buena compañía para nosotros mismos es, quizás, la mayor de las realizaciones.
Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas
