Salomé permaneció cuatro horas en una sala del aeropuerto de Madrid mientras esperaba una decisión migratoria. El interrogatorio avanzó y el temor creció. “Un ojo me lo quité por completo, del estrés que tenía”, relata al recordar cómo se arrancó las extensiones de pestañas sin notarlo. Ese episodio marcó el inicio de una etapa en la que su cuerpo reflejó la tensión de vivir en tránsito.
Su historia forma parte de la investigación “Liminalidad permanente y violencias entrelazadas: experiencias de mujeres migrantes colombianas en Asturias, España”, de Camila Hernández Martínez y Rocío Pérez-Gañán, publicada en 2026 en Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología.
El estudio recoge los testimonios de diez mujeres colombianas que migraron al norte de España. Médicas, arquitectas, profesoras y trabajadoras de distintos oficios narran cómo enfrentan un estado que las autoras denominan “liminalidad permanente”.
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Las entrevistadas describen la salida de Colombia como una respuesta a contextos de violencia y riesgo. Génesis cuenta: “Nos fuimos del Norte del Valle cuando más o menos empezó la guerra entre las dos bandas que había”. Salomé señala que creció en una comuna donde “había muchísima violencia”. Sami afirma que escapó de su casa tras sufrir abusos y dice: “Yo cogí, me escapé de la casa y me fui. Y a luchar por mí”.
Al llegar a España, las dificultades adoptan nuevas formas. Regina intenta homologar su título universitario y explica: “Me reconocieron solo una asignatura de 5 años de carrera y dos postgrados. […] lo dejé todo”. Génesis paga a un abogado para gestionar su asilo y después descubre que no realizó ningún trámite. Sami denuncia que la engañan y la retienen en un club, donde le quitan documentos y dinero.
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Vivir en el umbral
Las autoras describen este proceso como una experiencia de espera constante. Las mujeres solicitan permisos, presentan recursos y aguardan respuestas administrativas que definen su estabilidad. Salomé recuerda el momento en que niegan su primera residencia: “Lloré mucho... dije: ‘se me vino todo’”. La incertidumbre influye en su vida laboral, familiar y emocional.
El estudio señala que muchas desempeñan trabajos distintos a su formación mientras regularizan su situación. Algunas ejercen labores de cuidado o servicios mientras tramitan homologaciones. Esa transición no elimina su identidad profesional, pero sí modifica su posición en el mercado laboral.
En ese contexto surge una palabra que se repite en varios relatos: “aguante”. Lizeth recuerda el consejo de sus tías: “Por el lado de mi mamá, todas, ‘aguante, aguante, aguante’”. Las investigadoras explican que el término no implica silencio pasivo, sino una forma de sostenerse ante obstáculos continuos.
Cristina agrega que incluso a distancia mantiene vínculos que mezclan afecto y exigencia. “Mami también es una vigilancia... por videollamada: ‘ay hija, tienes un barrito’... ‘ponte pilas’”, comenta. Las llamadas conectan a las migrantes con sus familias y refuerzan responsabilidades compartidas.
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Redes que sostienen la dignidad
Hernández Martínez y Pérez-Gañán documentan cómo estas mujeres crean lo que llaman “cartografías del aguante”. Comparten información sobre trámites, alertan sobre fraudes y acompañan procesos legales. Las redes funcionan como espacios de orientación y respaldo en momentos de crisis.
El grupo no se define únicamente por la experiencia de violencia o exclusión. Las participantes organizan encuentros, intercambian contactos y se apoyan en la búsqueda de empleo. Esa dinámica reduce el aislamiento que puede acompañar la migración.
Las historias recogidas en Asturias muestran que migrar implica atravesar un umbral prolongado. Las entrevistadas gestionan recuerdos del origen y desafíos del destino sin dejar de proyectar futuro. En cada trámite, llamada o jornada laboral, construyen una forma de pertenencia que no depende solo de un documento oficial.
La investigación publicada en Antípoda registra esas trayectorias desde la voz de sus protagonistas. A través de sus relatos, las diez mujeres describen cómo sostienen su dignidad mientras atraviesan procesos legales y sociales complejos. En ese tránsito, el “aguante” se convierte en una práctica cotidiana que les permite seguir adelante sin renunciar a su identidad.
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