RUSIA

Prigozhin y Putin: “Crimen y castigo”, vacío de la democracia

Desde que el líder de los mercenarios rusos había liderado la marcha sobre Moscú para rebelarse contra el Kremlin, muchos aguardaban este desenlace

Créditos: EFE y La Silla Rota
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Yevgueni Prigozhin tuvo más de una oportunidad, en los dos meses que mediaron entre su abortado golpe de palacio y su muerte, de recordar aquella canción: ????? ?????? ?? ????? (La vida no vale nada). La había escuchado por vez primera en 1985, desde la cárcel, donde purgaba una condena por robo. En el televisor del penal transmitían en directo el Festival Mundial de las Juventudes, el megaevento que reunía actores de países comunistas o artistas compañeros de ruta de la Revolución. Lo había impactado Pablo Milanés. Pero mucho más cuando escuchó el nombre de esa canción que marcó a fuego los últimos sesenta días de su existencia.

El párrafo anterior sería el comienzo apropiado para un texto de ficción, siempre que estuviésemos dedicados a ella; pero nos aboca la realidad, la misma que desde hace un tiempo, se empeña en superar a la ficción. Al punto tal que el periodismo encuentra allí un escollo adicional al que plantea la inteligencia artificial para su normal desarrollo.

Desde la cohorte mundial de médiums, manosantas, tarotistas y adivinas de layas diversas hasta los más respetados analistas de la política internacional, vaticinaron a coro  que Prigozhin, el jefe del Grupo Wagner, tenía los días contados. Quien no corrió a la casa de apuestas, se perdió la oportunidad de hacerse de una “propina” en estos tiempos de vacas flacas.

Si bien el siniestro, en el que pereció, está sometido a “una investigación” hay sobrada literatura de cómo el Kremlin, y Vladímir Putin, reaccionan contra todo aquel que osa oponerse a su voluntad. Una demostración cabal de que al líder ruso, no lo moviliza ni Fiódor Dostoyevski ni afamado personaje Rodión Raskólnikov, sino Mario Puzo, aunque en cirílico.

Desde que el líder de los mercenarios rusos había liderado la marcha sobre Moscú para rebelarse contra el Kremlin, muchos aguardaban este desenlace. Principalmente Estados Unidos, luego de que el director de la CIA, William Burns, enviara una recomendación a los cuatro vientos: “si yo fuera Prigozhin, no despediría a la persona que prueba mi comida…”

De ahí, que el miércoles, cuando se informó de su deceso en el accidente aéreo, el mundo se enteró de que el presidente, Joe Biden, aprovecha sus vacaciones en el lago Tahoe para practicar pilates, en un gesto que buscó transmitir ausencia de sorpresa. De ahí su respuesta: “No sucede mucho en Rusia en lo que Putin no esté detrás”.

Hasta aquí Putin guarda silencio y evitó participar de la Cumbre de los BRICS en Sudáfrica, por prevención. No sea cosa que la Justicia Penal Internacional se ocupe de presuntos crímenes de guerra en Ucrania, además del aún caliente, dosier Prigozhin.

Respetado en círculos militaristas rusos, el jefe de Wagner, también conocido como “el chef de Putin”, había cometido el sacrilegio de decirles a los rusos que el gobierno los había engañado en el tema de Ucrania. En el medio, dio marcha atrás, apareció un día en África y otro día en el avión, para convertirse en historia y en uno más en esa lista macabra que inauguró en el 2006 Alexander Litvinenko, un exagente de la KGB, que fue envenenado con polonio-210 en Londres y cierra Alexei Navalny, el líder de la oposición al gobierno, quien muere un poco todos los días en un penal de máxima seguridad. En el medio la lista goza de distintas dimensiones. Siempre, acorde con quien la confeccione.

La puja política, en cualquier lugar del magullado planeta, ya no pasa por el marxismo o el capitalismo, sino por otros intereses de tipo económico, que dan lugar al reduccionismo de la mafia. Todo mientras el mundo asiste a un sistemático vacío de la democracia, reemplazada por las leyes del capital cada día más concentrado en las mismas manos. Desde Wall Street a Cafarnaum (o lo que quedó de ella), sin dejar puerto o aeropuerto por tocar. Allí intenta arribar Michael Sandel, en su revisado “El descontento democrático” (Debate 2022), en el que viene investigando el deterioro del sistema desde 1996.

Ese esquema se reproduce con otros actores, siempre dependiendo de la geografía. En América Latina, los carteles —o las bandas en proceso de cartelización— de la droga, rigen, el día a día, la conducta de sociedades enteras hasta convertirse en la ley, cada vez en extensiones más amplias de distintos países.

Ahí está el proceso electoral en Ecuador, donde un candidato a la presidencia fue asesinado, alterando el recorrido de las encuestas y volviendo a poner en jaque las ansias del expresidente Rafael Correa, de regresar al país y al poder, a través de Luisa González, su adlátere en esta ocasión. Esta vez, enfrentando a la versión joven de un apellido más que conocido por él y por los ecuatorianos, Noboa. Daniel, hijo de Álvaro (ex candidato a la presidencia en cinco elecciones), es el que tiene que trabajar para juntar a la oposición bajo dos propuestas básicas para un mandato acotado (de dos años, el pazo que dejará vacante Guillermo Lasso): “Seguridad y trabajo”. Los dos ítems que preocupan a una sociedad que cada día descree más de los políticos. Y todo para evitar que Correa se salteé a la Justicia, como lo viene haciendo desde que se autoexilió en 2017.

En Guatemala, si un Alvarado (Juan José) le tocó en suerte inaugurar la democracia allá en 1945, a su hijo Bernardo, le tocará la difícil tarea de garantizar la gobernabilidad en un país donde la violencia y la pobreza son lugares comunes para la mayoría de sus habitantes.

Más abajo, en el mapa, en Argentina, donde la novedad pasa por los libertarios (en franco desuso en Estados Unidos, donde se mostraron por primera vez en 1981, tiempos aquellos de Ronald Reagan) de Javier Milei, el resultado electoral de las primarias y la posterior devaluación de la moneda, desató una ola de saqueos y robos a tiendas de alimentos.

En el medio, el candidato favorito en las encuestas, anunció ¿nuevas medidas para un hipotético gobierno suyo? No. Eso sería en un país que se toma la crisis en serio. Lo que Milei le contó al país todo, es su flamante noviazgo con Fátima Flórez, una cómica, famosa por realizar la mejor imitación de Cristina Kirchner. Y no es ficción, sino la mera realidad. Una vil comedia de baja estofa, digna de agotar los billetes en la taquilla.

Así es como se lo ve a Milei; como el único de los candidatos que presenta propuestas (descabelladas, algunas, de difícil implementación, otras), pero siempre propenso a sumarse al espectáculo, mera distracción pura que ayude al esparcimiento social de evadirse de una realidad cada vez más cruda. En ese tren, solo basta observar algunos de los nombres que va sumando en su hipotético equipo de gobierno para que esa “casta política” contra la que dice pelear, le organice un ágape de bienvenida y le entregue en mano las credenciales para pasar a integrarla como miembro pleno.

Con un gobierno acéfalo —tanto el presidente, Alberto Fernández, como la vice, Cristina Fernández, son carne de habeas corpus—, con los precios desatados y los niveles de pobreza que se disparan a la par que la delincuencia, y la ira social en ebullición, las elecciones generales de octubre se avizoran muy lejos y el 10 de diciembre, la fecha del traspaso gubernamental, bien puede parecer otro planeta.

Solo hay una certeza. Este presente es el resultado — toda una condena—, a décadas de pésimas decisiones políticas, ilícitos varios, profundización del déficit fiscal como única política de estado que fueron convirtiendo al país en una vertiginosa usina de pobres. “¡Un crimen!”, se apuran en gritar muchos de los críticos. Y es que como bien nos enseñaron tanto Puzo como el gran Dostoyevski, toda acción tiene su reacción y todo crimen, su indefectible castigo.

DJC