GEOPOLÍTICA

El país donde nada es lo que parece

Ante un futuro inmediato de inevitable crisis económica, solo caben dos escenarios posibles. Cualquiera que sea el resultado (no olvidemos que todo por allí es fútbol), el final será el mismo. En Argentina nada es lo que parece

El país donde nada es lo que parece
El país donde nada es lo que pareceCréditos: Especial
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Siempre es bueno tomar cierta distancia de aquello que angustia en demasía. Por un momento corremos el foco de Oriente Medio, de Ucrania y de la matanza de turno en Estados Unidos (esta vez en Maine), para distraernos en otros puntos geográficos. En Argentina, por ejemplo. Allí, donde hace apenas unos días, se produjo un hecho sorprendente. Al punto tal que no pocos llegaron a creer que aquel es un país de locos, y siempre es dable recordar que la locura, como decía nuestro ángel de la guarda en cuestiones oníricas, Julio Cortázar, “no es para cualquiera”, esas son cosas “hay que merecerlas...”. Más allá de lo que pueda o no parecer, el país más austral de las Américas, Argentina, no hizo méritos suficientes para tanto. Veamos.

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El pasado domingo, contra todos los pronósticos, Sergio Massa, el ministro de Economía y candidato a la presidencia por el oficialismo, se alzó con una victoria en la primera vuelta electoral. De nada valieron la polución de encuestas de distintas fuentes y calañas que vaticinaban lo contrario. Hablar de Massa es hablar del máximo responsable de la disparada inflacionaria en los últimos 18 meses, es hablar del ministro que cerró el acceso al dólar y a las importaciones hasta de los enseres más básicos, como los medicamentos, del encargado de diseñar las políticas que disparan la pobreza de millones de personas, de un dirigente de consulta permanente por parte de la embajada estadounidense en Buenos Aires, con fluidos contactos con empresarios más acostumbrados a los contratos con el Estado que a la libre competencia y otros tantos ítems (algunos más oscuros que otros a lo largo de su carrera política). Ese es el mismo que ahora quedó a un paso de la Presidencia, siempre y cuando termine de imponerse en el segundo turno, el próximo 19 de noviembre.

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Un hecho suficiente como para que analistas de distintos países califiquen a Argentina de ser “un país de locos”. Si todo se tratara de una patología, el caso no es de locura.

Hay dos pilares, culturales ambos, que cobran una dimensión inusitada para los argentinos. Uno es el fútbol, llevado a niveles de sobrevaloración cultural. Espacio donde el ser argentino puede comulgar culturalmente en una tribuna como en ningún otro espacio, en un país donde el genocidio (de sus aborígenes, primero, y de los afrodescendientes, luego) extinguió sus raíces culturales, su folclore y marcó a fuego su historia.

El otro, ese al que la mirada siempre aguda del expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica calificó de “mitológico”, es el peronismo. Más que mito, derivó en una “religión”. Ese otro credo del papa Francisco —argentino al fin—, con el que decidió tallar en el debate preelectoral, hasta dañar en las urnas el deseo (impulsado por la bronca y la frustración) de los votantes de Javier Milei, el economista devenido en estrambótico líder opositor, quien, hasta aquí, solo parece facultado para animar la puesta en escena, cuyo final parece definido de antemano, por ese gran elector de la hora: el establishment económico. 

Muchos se preguntan cómo es que el peronismo sigue sumando décadas en el poder y pobres en el país, teniendo como base conceptual la justicia social y los derechos inalienables de los trabajadores, y ganando elecciones.

El expresidente Juan Perón era el dueño de parte de esa respuesta: “No es que nosotros hayamos sido buenos, sino que los demás son peores…”. La otra parte de la respuesta pasa por entender que el argentino, en cuanto sociedad, todo lo transforma en un partido de fútbol. Desde la rendición militar en las Islas Malvinas hasta una elección presidencial, bajo la excusa de “¡es un sentimientoooo!”. Y así con su equipo de fútbol como con el peronismo. Importa tan poco que sus candidatos no hayan leído ni el 10% de las “veinte verdades peronistas”, como los ilícitos en los que pudieran incurrir muchos de ellos, tal como quedó demostrado en los días previos a los comicios.

En su rauda carrera a la Presidencia, Massa dispuso del presupuesto del Estado al servicio de la elección. Contó con un ejército de asesores en imagen, llegados desde España, Estados Unidos y Brasil —recomendados, estos, nada más y nada menos que por el presidente Lula—, multiplicó sin límites las dádivas preelectorales, anunció sistemáticas reducciones de impuestos afectando la recaudación e implementó el miedo como herramienta coercitiva sobre el electorado a límites nunca antes visto en los 40 años ininterrumpidos de democracia.

No hicieron mella en su candidatura ni las reiteradas denuncias de funcionarios cercanos a él, ni los presuntos sobreprecios que su esposa, Malena Galmarini, habría pagado por la compra de camionetas en la empresa estatal de Aguas que regentea, ni todo un pasado, acumulando poder y tejiendo redes con los sectores non santos de la sociedad.

Bastaría leer dos libros Massa confidencial y El arribista del poder, de los periodistas Christian Sanz y Diego Genoud, respectivamente, para poder conocer mejor el tenor del personaje y hasta dónde es capaz de llegar. De paso, brindaría algunas pistas para comprender el porqué un eventual gobierno suyo terminaría en las antípodas de lo que espera su electorado y, lo que es más sencillo, de su larga lista de promesas carentes de contenido.

A esa victoria no llegó solo. Lo asistió una oposición, la de Juntos por el Cambio, el frente liderado por el expresidente Mauricio Macri, que terminó fuera de la carrera presidencial, fracturado, y ahora asociado a Milei. Todo muy acorde a los planes de Macri, quien fue el artífice de la pelea interna en esa agrupación y del descalabro en las urnas de su candidata, Patricia Bullrich.

Hasta aquí, lo de Macri es más que “coherente”. Ya había abrazado la causa de Milei hace meses, y desde entonces, todos sus movimientos se asemejan a una mera devolución de favores al kirchnerismo. Más precisamente a su enemiga íntima, la expresidenta Cristina Kirchner, artífice como nadie en este mundo de la victoria electoral, en 2015, del expresidente del Boca Juniors, al que buena parte de los argentinos conoce bajo el apodo de “Fredo” (el hijo tarambana de don Corleone).

Lo de la viuda de Kirchner no es casualidad, sino una constante. En aquella oportunidad, su dedo (como si hubiese cursado una cátedra especial de priismo antiguo), había ungido como candidato a reemplazarla al entonces gobernador bonaerense, Daniel Scioli, un personaje surgido de la misma caterva de prebendistas del Estado que la familia Macri. Ambos, en su momento, apadrinados políticamente por el expresidente Carlos Menem (1989-1999).

Por aquellos días, Scioli era el único político con peor imagen negativa en el electorado que la de Macri.

Un gobierno, el de los Kirchner, que recitaba un relato progresista, de izquierda, pero que actuaba como meros conservadores de la primera mitad del siglo XX. De la mano del matrimonio, la sociedad fue guiada hacia la salida por “la derecha”. En 2015 y en el 2023 también.

Fue desde el kirchnerismo donde se le dio aire y financiamiento (como lo alertaron sectores minoritarios de la prensa) al excéntrico libertario. Fue Cristina Kirchner en persona la que volvió a hacer uso del dedazo para ungir candidato a Massa, oriundo de las canteras neoliberales, reformateado en peronista, primero por el menemismo y luego por los Kirchner.

Para completar el trípode donde se sustentan los recientes hechos políticos, difíciles de entender, ahí está Milei. Esa suerte de rock star, cuya sólida formación económica y su carácter explosivo le sirvieron para canalizar la ira, el inconformismo y el descreimiento de una sociedad cansada de la corrupción, pero cada vez más atrapada en ella y en manos de sus gestores.

Erigido en la estrella de esta campaña, Milei actuó a contramano de sus contrincantes, políticos tradicionales, por llamarlos de alguna manera. Basó su estrategia en las declaraciones altisonantes y en el vasto conocimiento de la comunicación horizontal, a través de las redes sociales.

El hombre sabrá mucho de economía y de redes, pero de política, lo que se dice política, en su caso particular, es una asignatura que no ha aprobado aún. Llenó sus listas de candidatos, de outsiders, y de exfuncionarios o excandidatos kirchneristas y, extrañamente, massistas; no entendió que la presencia de apellidos como el de Bolsonaro en su mesa de amigos alejaba a los votantes moderados aunque exploten de ira y abusó de las declaraciones subidas de tono, contra el Papa o contra “la casta” (política), a la que ahora debió recurrir en las figuras de Macri y de Bullrich, para tratar de salvar la ropa, o bien, terminar decorosamente, lo que, a todas luces, se parece cada vez más a una pantomima montada por los factores del poder real. El poder concreto representado por empresarios que vienen de servirse del Estado, en sectores como el petrolero, el energético, el del litio y hasta el del 5G. Verdaderos factótums en la construcción de un Massa presidenciable, haciendo todo lo que está a su alcance para que el ministro termine reemplazando a un invisible Alberto Fernández y retribuirle, así, los grandes favores recibidos durante su gestión desde la cartera económica.

Para la muestra alcanzan unos botones. Escaso de fiscales y con sus militantes denunciando múltiples irregularidades en las mesas de votación, extrañamente, los Libertarios de Milei no transformaron esas evidencias en denuncias ante la justicia electoral.

A la hora de contabilizar sus errores, cuanto menos, cometieron dos de los peores pecados en política: no prever cómo contrarrestar el inmenso aparato clientelar del peronismo y confiarse, incluso creer a ciegas en circunstanciales aliados, como en el caso del dirigente sindical y empresario gastronómico Luis Barrionuevo, en cuyo currículum aparece el de ser el mentor de Sergio Massa.

En unos días, nada más, quedará develado ese panorama. Si en verdad existe en Milei y su variopinta e improvisada estructura la voluntad de pelear en serio por el poder, o si todo se trató de una puesta en escena, con la experticia en la materia de la actual vicepresidenta y de los barones del Justicialismo y con la producción del establishment.

Ante un futuro inmediato de inevitable crisis económica, solo caben dos escenarios posibles. Por un lado, una suerte de bolsonarismo con toques de argentinidad, o un hipotético gobierno, por el otro, el de Massa que, a priori, se presume extenso en el tiempo. Para que esos “Pibes para la Liberación”, que lo soportaron todo del kirchnerismo, los mismos que de un día para el otro pasaron de percibir a su candidato como “un traidor” a un hombre de izquierda y revolucionario, se lleven con este neoliberal de origen la mayor decepción de sus vidas.

En ambos casos, la columna vertebral de la historia será la penuria social y económica.

Uno sabe de economía y aspira al mayor cargo político. El otro, neófito absoluto en la materia, aunque siga ocupando el ministerio del área. Uno promete acabar con “la casta” y se une a ella como a un salvavidas. El otro jura que va a solucionar como presidente todo lo que destruyó a su paso por la cartera económica.

En el fondo, filosóficamente hablando, no hay tantas diferencias entre ambos. Dos protagonistas para dos escenarios que terminarán yuxtaponiéndose. Cualquiera que sea el resultado (no olvidemos que todo por allí es fútbol), el final será el mismo. Nunca hay que olvidar que en Argentina nada es lo que parece.

VGB