Existe un fenómeno cada vez más visible en la opinión pública contemporánea: “la indignación selectiva”. Es fácil presenciar en redes sociales y conversaciones cotidianas, una marejada de furia digital cuando un animal es víctima de maltrato o descuido. Se exigen penas de cárcel, marchas y castigos ejemplares con una vehemente voz que clama por justicia. Sin embargo, frente a esa misma masa indignada, ocurre un contraste lacerante: la indiferencia absoluta ante la vulnerabilidad infantil.
Hay quienes gritan y exigen justicia por los animales, pero caminan haciendo ojos ciegos y oídos sordos ante la infancia en situación de calle, el trabajo infantil forzado o la desnutrición que carcome el futuro de millones de niños. Se ha normalizado tanto la imagen de un niño pidiendo limosna en un semáforo o durmiendo en la intemperie, que se ha vuelto parte del paisaje urbano. La pobreza infantil no causa la misma masa crítica de indignación ni el mismo deseo de acción inmediata.
Para abordar este tema con claridad, hay que dejar algo en firme: el respeto y la protección a los animales, son signos de una sociedad civilizada y ética. No se trata de desmanchar el maltrato animal ni de anular los avances en derechos de la fauna. La empatía no es un recurso finito que deba racionarse, pero la asignación de prioridades y el compromiso moral, sí tienen un orden.
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La vida y la dignidad humana (especialmente la de las infancias) deben estar en la cúspide de nuestras preocupaciones sociales. Existen razones fundamentales para sostener esta postura, como por ejemplo las siguientes:
Los niños no sólo son seres sintientes que experimentan dolor y hambre; son individuos en formación que requieren de un entorno seguro para desarrollarse moral, intelectual y socialmente. Un niño privado de alimento o educación es un futuro vulnerado.
Los animales viven en sus propios ecosistemas o bajo el cuidado doméstico, pero la estructura social humana es la única garante del bienestar de sus propios descendientes. Si como sociedad no protegemos a la infancia humana, estamos fallando en el deber más elemental de la especie.
La trampa de la "empatía fácil" ; amar a una mascota o defender a un animal es éticamente simple; los animales no juzgan, son leales y su defensa genera una gratificación inmediata. Atender las causas de la pobreza infantil, en cambio, exige confrontar desigualdades estructurales, prejuicios sociales y problemáticas complejas que incomodan. Por eso, muchos prefieren mirar a un lado.
"Es paradójico y profundamente preocupante vivir en una época donde se promueve la humanización de las mascotas mientras se tolera la deshumanización de la niñez."
No se busca criminalizar a quien ama y cuida a los animales, sino cuestionar la escala de valores de una sociedad que parece dolerse más por el abandono de una mascota, que por el estómago vacío de un niño de la calle.
Exigir justicia para los animales mientras se ignora la desnutrición y el abandono infantil no es amor por la naturaleza; es una forma refinada de desensibilización social. La verdadera madurez ética de una comunidad, se mide por cómo protege a sus miembros más vulnerables, y entre todos ellos, las y los niños, siempre deben ser, no la única, pero sí, la primera prioridad, tanto en lo particular como en lo general.
Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas
