OPINIÓN

El derecho a no poder con todo

El agotamiento actual no es flojera ni falta de carácter; es la respuesta lógica de un cuerpo y una mente sometidos a una hiperconectividad y a una exigencia de rendimiento que no descansa | MANUEL ISLAS MALDONADO

Salud mental.Créditos: Pixabay (ilustrativa)
Escrito en HIDALGO el

Hoy puedo decir que he alcanzado esa "estabilidad" de la que tanto nos hablan en la juventud. Tengo un trabajo sólido, una familia que quiero, amigos con los que comparto los fines de semana y una rutina algo predecible. Sobre el papel, todo marcha bien. Sin embargo, mirar a mi alrededor (e incluso mirarme al espejo en esos domingos por la tarde donde el lunes pesa antes de tiempo) me ha hecho entender algo fundamental: la estabilidad individual es un mito si nuestro entorno está exhausto.

Durante décadas, la receta del éxito adulto venía con una dosis implícita de estoicismo. Nos enseñaron que el estrés era el precio a pagar por la productividad, que el agotamiento era sinónimo de compromiso y que los problemas emocionales se dejaban en la puerta de la casa o de la oficina. Hoy, el famoso burnout o síndrome de agotamiento moderno, nos ha estallado en la cara, demostrando que ese modelo es insostenible.

El agotamiento actual no es flojera ni falta de carácter; es la respuesta lógica de un cuerpo y una mente sometidos a una hiperconectividad y a una exigencia de rendimiento que no descansa.

Desmitificar la salud mental requiere, en primer lugar, entender que no es un problema individual que se cura simplemente yendo a terapia una hora a la semana. La salud mental es, por encima de todo, comunitaria. De nada sirve que una persona intente sanar si regresa cada día a un entorno laboral que premia las jornadas interminables o a una dinámica familiar donde la vulnerabilidad se juzga como debilidad.

Necesitamos, con urgencia, crear espacios de escucha real. En el entorno profesional, esto va más allá de un taller corporativo de mindfulness al año. Implica que un líder pueda notar que su equipo está sobrepasado y redistribuir la carga sin que eso signifique un castigo. Implica normalizar frases como "no llego a la entrega, necesito ayuda" u "hoy no me siento bien mentalmente para liderar esta reunión".

En el ámbito familiar, el reto es similar. A veces, el mayor acto de amor hacia un hijo, una pareja o un hermano no es darle un consejo o una solución mágica, sino sentarse a escuchar sin juzgar.

Quienes transitamos por la madurez con cierta estabilidad tenemos una responsabilidad mayor: ser el puente, no la barrera. Cuando vemos a un colega paralizado por la ansiedad o a un amigo hundiéndose en la apatía de la depresión, la respuesta no puede ser el clásico "échale ganas" o "tú puedes con esto". Esas frases, aunque bienintencionadas, solo profundizan el aislamiento.

La verdadera estabilidad no es blindarse contra el sufrimiento del mundo; es tener la solidez suficiente para tenderle la mano a quien la está pasando mal. Cuidar de la salud mental comunitaria no es un acto de caridad, es el tejido que nos sostiene a todos cuando la vida, inevitablemente, se pone cuesta arriba. Es hora de hablar, pero sobre todo, es hora de empezar a escuchar.

Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas