OPINIÓN

¿Vivir la guerra diaria, o vivir en paz?

La paz, al final del día, no es la ausencia de conflictos; los problemas van a seguir existiendo mientras compartamos espacio con otros seres humanos. La paz es, más bien, la forma en que decidimos resolver esos conflictos | MANUEL ISLAS MALDONADO

Paz interior.Créditos: Pixabay (Yamu_Jay)
Escrito en HIDALGO el

A mi edad, he aprendido a medir el éxito de mis días no sólo por los pendientes que firmo en la oficina o las metas de ahorro que voy alcanzando, sino por el nivel de turbulencia con el que regreso a casa. Vivimos corriendo. Entre el tráfico de la hora pico, la junta de última hora y la presión de ser un proveedor y un ciudadano ejemplar, el estrés se convierte en el aire que respiramos. Y es justo ahí, en el desgaste de la rutina, donde se juega la verdadera batalla por la paz.

Durante mucho tiempo nos han enseñado que "la paz" es un concepto macroscópico: la firma de un tratado internacional, el cese al fuego en una guerra lejana o un ideal abstracto que le corresponde resolver a los políticos. Qué cómodo es pensarlo así. Si la paz es responsabilidad de otros, nosotros quedamos exentos de culpa. Sin embargo, la realidad golpea distinto cuando te das cuenta de que la violencia más común, no usa uniformes militares, sino que se disfraza de "frases cotidianas" y dinámicas vecinales.

El primer frente de batalla es, sin duda, el lenguaje. A veces me sorprendo a mí mismo, o a mis colegas en la oficina, usando las palabras como proyectiles silenciosos. El sarcasmo hiriente para ganarle una discusión a un compañero de trabajo, el "uy, qué sensible" para desestimar el reclamo legítimo de alguien, o el clásico bocinazo furioso e insultante en la calle porque el de adelante tardó dos segundos en avanzar. Hemos normalizado las micro violencias a tal grado que ya forman parte del paisaje urbano. Creemos que golpear la mesa o mandar un correo pasivo-agresivo con copia a todo el departamento es "carácter", cuando en realidad es sólo una preocupante falta de herramientas emocionales.

Construir una cultura de la paz no nos exige ser monjes tibetanos, sino vecinos y profesionales más conscientes. Se trata de “desnormalizar” lo que por años dejamos pasar.

Por ejemplo, en la colonia, significa elegir el diálogo antes que la confrontación cuando el perro del vecino ladra de más o cuando alguien invade tu cajón de estacionamiento. Es cambiar el grupo de WhatsApp de vecinos "vigilantes y quejumbrosos" por uno de acuerdos comunes.

En el trabajo, es entender que el liderazgo no se ejerce desde el miedo o la humillación sutil, sino desde la claridad y el respeto. Un desacuerdo en una meta no tiene por qué convertirse en una guerra de egos.

En la familia y la escuela es enseñarles a los hijos, con el ejemplo (que es lo único que arrastra) que levantar la voz no te da la razón, solo te hace el más ruidoso de la habitación.

Desarmar el lenguaje cotidiano da miedo porque nos quita un escudo. Es más fácil reaccionar con coraje que respirar tres segundos y buscar una salida pacífica. Pero a esta edad, uno empieza a valorar más la tranquilidad mental que el desgastante orgullo de "ganar" una discusión inútil.

La paz, al final del día, no es la ausencia de conflictos; los problemas van a seguir existiendo mientras compartamos espacio con otros seres humanos. La paz es, más bien, la forma en que decidimos resolver esos conflictos. Si logramos cambiar el insulto por la asertividad y la empatía sutil por encima del ego, habremos hecho más por el tejido social que cualquier discurso político. La verdadera revolución empieza en tu próximo correo electrónico, en la siguiente junta de vecinos y en la forma en que le hablas a quien tienes al lado.

Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas