Tengo 40 años. Saquen la cuenta: nací en los 80, fui niño entre juguetes de plástico rudo y crecí en los 90, una década de camisas de franela a cuadros, música legendaria y una regla no escrita que hoy parece prehistórica: aprender a aguantar el golpe y seguir caminando. No pretendo sonar como el clásico nostálgico que repite que "todo tiempo pasado fue mejor", porque no es cierto. Vivimos en una época con avances tecnológicos asombrosos y una mayor conciencia sobre derechos que antes se ignoraban. Sin embargo, en el camino hacia el progreso, dejamos caer un pilar fundamental: la tolerancia social.
Hoy miro el panorama digital y físico, y no puedo evitar sentir un profundo desconcierto. Vivimos en la era de la intolerancia absoluta, paradójicamente disfrazada de empatía.
¿Cómo llegamos aquí? Desde mi trinchera de cuatro décadas, identifico tres disparadores claros de esta crispación social:
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El algoritmo del eco: En los 90, si alguien no estaba de acuerdo contigo, te lo decía en la cara, discutías en el café y, por lo general, terminabas pagando la cuenta a medias. Hoy, las redes sociales crean burbujas perfectas. Solo consumimos lo que valida lo que ya pensamos. Cuando salimos al "mundo real" y topamos con una opinión diferente, no sabemos procesarla, la tomamos como un ataque personal;
La cultura de la cancelación como deporte: Se ha cambiado el debate por la lapidación pública. Ya no se busca convencer al otro, se busca destruirlo, silenciarlo y borrarlo del mapa laboral o social por un desliz, un mal chiste o un pensamiento fuera de la norma del día;
Y la gratificación e hipersensibilidad inmediata: Nos acostumbramos a que todo sea rápido y a nuestro gusto. Esa falta de fricción en la vida diaria ha debilitado nuestro "músculo" de la resiliencia. Si algo nos incomoda, exigimos que se elimine.
Las consecuencias son claras: un mundo más conectado, pero más aislado; A mi generación la criticaban por la "apatía de los 90", pero esa supuesta apatía venía con una tremenda ventaja: un sano desapego. No todo nos importaba tanto, ni todo nos ofendía. Sabíamos convivir con el tipo que pensaba completamente opuesto a nosotros sin necesidad de declararlo nuestro enemigo mortal.
Las consecuencias de haber perdido esa capacidad son severas: El miedo a ser juzgado está extinguiendo la honestidad intelectual. La gente prefiere callar antes de ser linchada en el tribunal de las redes sociales; Ya no dividimos el mundo entre ideas buenas o malas, sino entre "buenos y malos". El matiz ha muerto; todo es blanco o negro.
A mis 40 años, he vivido lo suficiente para saber que la vida está hecha de grises. Es irónico que la generación que creció sin filtros en internet sea la que hoy parece necesitar protectores para amortiguar cualquier roce con la realidad.
No se trata de tolerar el discurso de odio ni de volver a los chistes crueles de la televisión noventera. Se trata de recuperar la madurez democrática y emocional. Si queremos construir una sociedad verdaderamente inclusiva, debemos empezar por incluir la idea de que los demás tienen derecho a no pensar como nosotros.
Es hora de apagar un momento la pantalla, respirar hondo y recordar que la diversidad que tanto defendemos también incluye la diversidad de opinión. Al final del día, sobrevivir a los 90 nos enseñó algo valioso: la piel dura no te hace insensible, te hace resistente. Y vaya que hoy necesitamos resistencia.
Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas
