OPINIÓN

El Mundial más caro

El Mundial de 2026 promete romper récords deportivos y financieros, pero también exhibe una realidad: para la mayoría de los mexicanos, asistir a un partido de la Selección Mexicana se ha vuelto prácticamente imposible | MIGUEL ÁNGEL ISLAS

El recién remodelado coloso de Santa Ursula será sede del partido inaugural y cuatro más.
Estadio Ciudad de México.El recién remodelado coloso de Santa Ursula será sede del partido inaugural y cuatro más.Créditos: Miguel Ángel Islas
Escrito en HIDALGO el

El Mundial de 2026 se promociona como una fiesta histórica: por primera vez, tres países —México, Estados Unidos y Canadá— comparten la organización. También será el torneo con más selecciones, más partidos y más audiencia. Pero hay otro récord menos celebrado: todo apunta a que será el Mundial más caro de la historia.

Las cifras son elocuentes. De acuerdo con el sitio especializado ticketdata, las entradas para ver los partidos de la Selección Mexicana tienen el costo promedio más alto de toda la fase de grupos: alrededor de 1,761 dólares, traducido al bolsillo mexicano, hablamos de más de 33 mil pesos por persona para asistir a un solo encuentro. El partido inaugural entre México y Sudáfrica, programado para el 11 de junio, aparece entre los cinco más caros del torneo, con entradas incluso por arriba de los 150 mil pesos. Y mientras tanto, en la reventa ya circulan boletos con precios de locura que rebasan el millón de pesos. El dato no sólo sorprende, revela una transformación profunda del futbol internacional.

Durante décadas, el Mundial fue presentado como el evento deportivo de los pueblos. Un espacio donde las clases populares podían verse reflejadas en la pasión colectiva. En México, además, el futbol ha sido uno de los pocos lenguajes verdaderamente compartidos entre regiones, generaciones y niveles económicos. Hoy, sin embargo, ver al Tri en un estadio mundialista se parece más a comprar un artículo de lujo que a participar en una celebración nacional.

No se trata únicamente de la inflación o de la especulación de la reventa. La FIFA ha construido un modelo de negocio cada vez más orientado a maximizar ingresos globales: hospitalidad premium, paquetes corporativos, experiencias exclusivas y segmentación del público según capacidad de pago. El propio Gianni Infantino ha presumido que el organismo se encuentra en la posición financiera más sólida de su historia. Y las cifras lo respaldan.

Mundial 2026: dinero y premios

La FIFA nunca había repartido tanto. La bolsa total a repartir en esta edición entre las 48 federaciones es de 871 millones de dólares:

  • Apoyo para preparación de cada selección: 2.5 millones de dólares
  • Pago garantizado por disputar la fase de grupos: 10 millones de dólares
  • Total asegurado por participar (preparación + grupos): 12.5 millones de dólares
  • Hospedaje y traslados de selecciones: 271 millones de dólares
  • Premio al campeón 50 millones de dólares
  • Subcampeón: 33 millones de dólares
  • Tercer lugar: 29 millones de dólares
  • Cuarto lugar: 27 millones de dólares
  • Equipos que lleguen a los cuartos de final recibirán 19 millones de dólares
  • Octavos de final: 15 millones de dólares
  • Avanzar de la primera ronda: 11 millones de dólares

El contraste es inevitable: mientras las federaciones garantizan ingresos multimillonarios, una familia mexicana promedio difícilmente puede aspirar a comprar un boleto para ver a su selección en vivo. El Mundial 2026 se expande en tamaño y riqueza, pero se contrae en accesibilidad.

Algunos defenderán que el mercado fija los precios y que la demanda por ver a México es enorme. Es cierto, pero el futbol no es un producto cualquiera. Los equipos nacionales existen gracias a una base social, emocional y cultural construida durante generaciones. Cuando esa base queda excluida del principal evento del deporte, algo se rompe.

En 1970 y 1986, México organizó mundiales que quedaron grabados en la memoria colectiva. La gente podía soñar con estar en las tribunas, aunque implicara sacrificios. El torneo de 2026 parece caminar en otra dirección: estadios llenos, seguramente, pero cada vez más selectivos. El pueblo pone la pasión; otros ponen la tarjeta de crédito.

Quizá el verdadero debate no sea cuánto cuesta un boleto, sino para quién se está organizando el Mundial, si el torneo más grande del planeta termina siendo inaccesible para la mayoría de los aficionados del país anfitrión. Y eso, para un país donde el futbol se vive en la calle, en la colonia y en la sobremesa, es una derrota que no aparece en el marcador.

#Contraparte | Miguel Ángel Islas Pérez, director y columnista de LSR Hidalgo. X: @miguel_aip