OPINIÓN

La ciudad invisible: aprender a mirar el asfalto con los ojos del otro

La inclusión real no es un asunto de cuotas, ni se resuelve simplemente cumpliendo con el expediente técnico de poner una rampa de concreto. La verdadera inclusión nace de la empatía urbana | MANUEL ISLAS MALDONADO

Créditos: Creada con IA, Midjourney | LSR
Escrito en HIDALGO el

Cierre los ojos por un instante e imagine que su caminata diaria al trabajo se convierte en una carrera de obstáculos de alta montaña. Que cruzar la avenida principal no es un trámite de treinta segundos, sino un acto de fe. O que un simple escalón de quince centímetros en la entrada de su cafetería favorita, equivale a una muralla medieval inescalable.

Para la mayoría, la ciudad es un escenario automático; Nos movemos por ella con la inercia del que se sabe bienvenido. Sin embargo, existe una urbe invisible que sólo se revela cuando la habitamos desde la vulnerabilidad: la ciudad de la infancia, de la vejez y de la discapacidad. Una ciudad que, a menudo, parece diseñada exclusivamente para un ciudadano promedio que no existe: joven, fuerte, ágil y perfectamente funcional.

Diseñar espacios urbanos sin empatía es una forma de violencia silenciosa. Piénselo bien: para una persona usuaria de silla de ruedas o con discapacidad visual, una acera rota, un poste mal ubicado o una rampa con una inclinación absurda no son "inconvenientes"; son fronteras. Son un mensaje sutil pero contundente del entorno que dice: este lugar no es para ti.

Para un adulto mayor, la ausencia de bancos públicos para descansar cada dos cuadras o la prisa desmedida de un semáforo peatonal transforman el derecho a pasear en un factor de ansiedad y aislamiento.

Para la infancia, la jungla de asfalto ha devorado los espacios de juego libres. Una ciudad donde un niño no puede caminar seguro a la escuela es una ciudad que ha fracasado en su promesa más básica de comunidad.

La paradoja urbana: Gastamos millones en tecnología para hacer ciudades "inteligentes", pero seguimos construyendo entornos profundamente analfabetos en sensibilidad humana.

La inclusión real no es un asunto de cuotas, ni se resuelve simplemente cumpliendo con el expediente técnico de poner una rampa de concreto (que muchas veces termina pareciéndose más a un tobogán peligroso). La verdadera inclusión nace de la empatía urbana: la capacidad política, arquitectónica y ciudadana de mirar el entorno desde la estatura de un niño, el paso lento de un anciano o la perspectiva de una silla de ruedas.

Una ciudad verdaderamente accesible no beneficia solo a unos pocos. Beneficia a la madre o al padre que empuja un cochecito de bebé, al repartidor que carga mercancía, al joven que temporalmente usa muletas por una lesión deportiva. Una ciudad amable con sus extremos —los más chicos y los más grandes— es, por definición, una ciudad mejor para absolutamente todos.

La próxima vez que salga a la calle, le invito a hacer un ejercicio de observación activa. Mire las banquetas no como el suelo que lo sostiene, sino como el camino que el otro debe descifrar. Observe el transporte público y pregúntese si su abuela podría subir a él con dignidad.

Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas