OPINIÓN

La Decena Trágica: cuando el golpe de estado se vistió de legalidad

Ciento trece años después, la Decena Trágica nos deja lecciones que siguen vigentes. La legalidad sin legitimidad es solo un disfraz, porque las formas legales pueden ser manipuladas, los procedimientos pueden ser simulados | VIOLETA SOSA ZAMORA

La Decena Trágica.Créditos: Especial
Escrito en HIDALGO el

Del 9 al 19 de febrero de 1913, México vivió diez días que cambiaron para siempre el curso de su historia: la Decena Trágica que no fue solo un episodio de violencia militar en las calles de la Ciudad de México, sino una demostración brutal de cómo el poder puede manipular la ley para legitimar lo imposible: el asesinato de un presidente democráticamente electo y la imposición de una dictadura disfrazada de constitucional.

Francisco I. Madero había llegado a la presidencia por la vía democrática, después de encabezar la revolución que derrocó a Porfirio Díaz. México tenía un presidente electo por el voto popular, pero Victoriano Huerta, Díaz y un embajador conspiraron para derrocar a Madero, no solo con balas, sino con una farsa jurídica que pretendió darle apariencia de legitimidad al golpe de estado.

El 18 de febrero de 1913, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron obligados a renunciar mediante amenazas y la traición de quien debía protegerlos: su propio general. Pero los golpistas necesitaban que pareciera legal, que tuviera forma de renuncia voluntaria, que se tramitara en el Congreso, que existiera un acta, un papel firmado que dijera que todo había sido constitucional.

Y así, con el Congreso intimidado y los diputados votando bajo la amenaza implícita de las armas, se aceptaron las renuncias. Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, asumió la presidencia por menos de una hora —el mandato presidencial más corto de la historia—para después nombrar a Victoriano Huerta como secretario de Gobernación y luego renunciar éste, dejando el poder en manos del traidor. Todo legal en el papel y constitucional en la forma, pero una falacia en el fondo.

La madrugada del 22 de febrero, Francisco I. Madero y José María Pino Suárez fueron asesinados mientras eran trasladados supuestamente a la penitenciaría. La versión oficial habló de un intento de rescate, de un tiroteo, de balas perdidas. Nadie creyó esa historia entonces ni ahora y el crimen quedó impune porque quien controlaba el poder controlaba también la justicia.

(Especial)

Las lecciones de la Decena Trágica

Ciento trece años después, la Decena Trágica nos deja lecciones que siguen vigentes. La primera: la legalidad sin legitimidad es solo un disfraz, porque las formas legales pueden ser manipuladas, los procedimientos pueden ser simulados, los papeles pueden ser firmados bajo coacción. Y cuando eso pasa, el derecho deja de ser instrumento de justicia para convertirse en herramienta de opresión. La segunda lección: el silencio cómplice de las instituciones mata democracias. El Congreso que aceptó las renuncias sabía que no eran voluntarias. Los jueces que no investigaron el asesinato de Madero sabían quién había dado la orden. Pero todos callaron, todos legitimaron, todos prefirieron el orden —aunque fuera el orden de los fusiles— a la incertidumbre de defender la legalidad verdadera.

La tercera lección, quizá la más dolorosa: un golpe de estado no necesita tanques en las calles si tiene notarios dispuestos a darle forma legal. La violencia de la Decena Trágica fue real, los cañonazos en la Ciudadela fueron reales, los cadáveres en las calles fueron reales. Pero lo que convirtió ese episodio de violencia en un cambio de régimen fue la decisión de quienes tenían poder institucional de prestarse al teatro de la legalidad.

La Constitución de 1917

México pagó caro esa traición a la legalidad. La dictadura de Huerta duró apenas diecisiete meses, pero desató una guerra civil que mataría a un millón de mexicanos. Venustiano Carranza encabezó la resistencia constitucionalista contra el dictador y la idea misma de que el poder se puede tomar por la fuerza y luego legitimarse. La Constitución de 1917 nació como respuesta a los excesos de la Decena Trágica y al huertismo, para garantizar que nunca más un golpe de estado pudiera disfrazarse de legalidad.

Pero cada vez que una autoridad simula cumplir la ley mientras la viola, cada vez que un procedimiento legal se usa para encubrir una arbitrariedad, cada vez que las instituciones callan ante el abuso de poder porque "las formas se cumplieron", estamos reproduciendo en pequeña escala la misma lógica que hizo posible la Decena Trágica. La lección que deberíamos haber aprendido hace más de un siglo sigue esperando que la apliquemos: la democracia no se sostiene solo con leyes escritas, sino con instituciones valientes que se niegan a prestar su nombre a la injusticia, aunque venga envuelta en legalidad.

Violeta Sosa Zamora, columnista LSR Hidalgo.