Para el juez que:
- Desestimó la denuncia de María porque “no había golpes visibles”
- Le preguntó a Laura “por qué no se defendió”
- Otorgó custodia compartida con el agresor “porque los niños necesitan a su padre”
- Negó la orden de aprehensión por feminicidio porque “solo es una mujer”
- Decretó libertades al agresor sin juzgar con perspectiva de infancias y adolescencias porque “los niños exageran”.
Esta columna es para ustedes.
Porque cada 25 del mes nos pintamos de naranja para visibilizar la violencia contra las mujeres. Hacemos marchas, prendemos veladoras, gritamos consignas, exigimos justicia. Pero hay una verdad incómoda que necesitamos decir en voz alta: muchas veces, la violencia más letal no viene del agresor. Viene de ustedes. De quienes tienen el poder de protegernos y eligen no hacerlo. De quienes deberían impartir justicia y en su lugar imparten revictimización.
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Ustedes se esconden detrás de sus togas como si eso los hiciera intocables. Se amparan en “la letra de la ley” cuando les conviene para negar derechos, pero la ignoran olímpicamente cuando establece obligaciones claras como aplicar perspectiva de género, infancias y adolescencias, discapacidad, en fin, de interseccionalidad. Hablan de “imparcialidad” mientras dejan que sus intereses y prejuicios personales dicten sentencias que destruyen vidas. Y lo peor de todo: lo hacen pensando en que, en la mayoría de los casos, nadie los va a cuestionar.
Señor juez que le preguntó a una víctima de violación qué ropa llevaba puesta: ¿en qué artículo de qué código está establecido que la minifalda es consentimiento? ¿En qué tratado internacional dice que una mujer que bebe alcohol pierde el derecho a decir que no? ¿en dónde dice que se debe tocar a las niñas en presencia de testigos? Ni la Constitución, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, los protocolos internacionales y nacionales, en ningún lado dice que la víctima tiene que demostrar que “se portó bien” para merecer justicia.
Pero usted, desde su escritorio, decidió que su falsa “moral personal” pesa más que la ley. Decidió que era más importante juzgar a la víctima que al violador, sin considerar, género, edad, condición física, etc. Y con esa pregunta, con ese comentario que quizá usted ni siquiera consideró grave, le mandó un mensaje clarísimo a esa mujer: “Tú te lo buscaste.” Y también le mandó un mensaje a todas las demás: “Si te pasa algo, mejor ni vengas, porque aquí te voy a culpar a ti.”
¿Sabe cuántas mujeres no denuncian por miedo a jueces como usted? ¿Tiene idea del daño que causa cada vez que convierte un juzgado en un tribunal moral donde se juzga la vida privada de la víctima en lugar del delito del agresor?
Señor juez que otorgó custodia compartida con un hombre que golpeó a la madre frente a los hijos: ¿leyó usted la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes? Porque ahí dice clarísimo que el interés superior del menor es vivir libre de violencia. No dice “los niños necesitan a su padre, aunque sea un maltratador.” Dice que tienen derecho a un entorno seguro, simplemente decidió que su idea romántica de "la familia" era más importante que la seguridad real de esos niños.
Y que decir cuando en delitos de índole sexual no les creen a las víctimas, aunque sean niñas, mujeres adultas o de la tercera edad? Eso no importa! Decretan libertades porque “no dan datos exactos”, no se acuerdan de detalles o son hechos aislados? Olvidan que los hechos traumáticos la memoria los borra como mecanismo de defensa y que la edad, educación y otros factores influyen en las declaraciones.
¿Sabe qué aprenden los niños que crecen viendo violencia? Aprenden que los golpes son una forma válida de resolver conflictos. Aprenden que las mujeres deben aguantar. Aprenden que el amor duele. Y cuando esos niños crezcan y repitan los patrones, cuando las niñas se conviertan en mujeres que toleran violencia y los niños en hombres que la ejercen, usted también va a ser responsable.
Señores jueces: ustedes no son víctimas del sistema. Ustedes SON el sistema. Cada resolución que dictan, cada pregunta que hacen, cada gesto de impaciencia o incredulidad cuando una mujer o niña narra su violencia, construye o destruye la posibilidad de que haya justicia real en este país. Pero basta de ignorar todo eso y elegir aplicar solo la parte de la ley que confirma sus prejuicios, de creerle más al agresor que a la víctima o proteger al sistema patriarcal que los puso en ese escritorio en lugar de proteger.
Y luego se preguntan por qué las mujeres no confían en el sistema. Por qué no denuncian. Por qué prefieren callar. Es por ustedes. Por jueces como ustedes que convierten cada denuncia en un interrogatorio donde la víctima tiene que demostrar que es "víctima suficiente" para merecer que le crean. Por jueces que piden pruebas imposibles de violencia psicológica o económica porque "si no hay golpes no hay delito." Por jueces que minimizan, que cuestionan, que revictimizan. Por jueces que olvidan que ese expediente que tienen en su escritorio es una persona. Una persona que reunió un valor inmenso para denunciar. Una persona que está poniendo su seguridad en riesgo al confrontar a su agresor. Una persona que confió en que el sistema la iba a proteger.
Y ustedes la traicionaron.
Cada vez que desechan una denuncia sin fundamento sólido, traicionan esa confianza. Cada vez que otorgan custodia a un agresor, traicionan a esos niños. Cada vez que archivan un feminicidio, traicionan la memoria de esa mujer y el dolor de su familia. Cada vez que ignoran la perspectiva de género que están constitucionalmente obligados a aplicar, traicionan su juramento.
El Día Naranja no es solo para recordar a las que ya no están. Es para exigirles a ustedes que hagan su trabajo. Que dejen de ser cómplices de la violencia por omisión. Que entiendan que su silencio, su indiferencia, mata. No queremos su solidaridad. Queremos que hagan su trabajo. Queremos sentencias justas. Queremos que apliquen la ley. Queremos que crean.
¿Es mucho pedir?
Violeta Sosa Zamora, columnista Violeta Sosa Zamora, columnista LSR Hidalgo.
