El 7 de marzo pasado el presidente Donald Trump reunió a 12 líderes latinoamericanos afines ideológicamente a él para crear la coalición “Escudo de las Américas”, cuyo propósito, en principio, es trabajar conjuntamente para impulsar estrategias que detengan la interferencia extranjera en el hemisferio, los cárteles narcoterroristas y la inmigración ilegal y masiva.
Esta coalición surge precisamente en un momento en el que Irán parece un terreno incierto en las decisiones que ha tomado Trump, así como a días de que Ecuador y Estados Unidos realizaran una ofensiva militar conjunta contra los cárteles de la droga en el país sudamericano y a poco menos de un mes de la reunión que Trump y Xi Jinping sostendrán en Pekín.
Si bien el Escudo de las Américas no se menciona explícitamente en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, sí es parte intrínseca de ella en lo que al hemisferio occidental se refiere, y en materia de interferencia extranjera es obvio que se trata de China, país que se ha convertido en el primer socio comercial en Latinoamérica, aprovechando tanto las circunstancias y potencial de los países de la región, así como una especie de abandono por parte de Estados Unidos desde el primer mandato de Donald Trump.
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Hay que mencionar que a los asistentes también se les atrajo a la cita en Doral, Florida, con el propósito de promover la prosperidad en la región (al menos eso dice el comunicado del Departamento de Estado); a pesar de eso, Trump no ha definido una política hacia América Latina que pudiera realmente beneficiarla. En este sentido, la idea de desplazar a China en este momento, incluso en los años que le restan a Trump en la Casa Blanca, constituye una tarea enorme a la que Washington tendría que invertirle una gran zanahoria que reemplace las décadas de diplomacia comercial y financiera que China ha desplegado en la región y a las que no está dispuesta a renunciar. No en vano, casi una semana después de que se publicara la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, el Ministerio de Asuntos Exteriores chino publicó la política China sobre América Latina.
El tema de seguridad es otra cosa. Días previos a la reunión de líderes, los titulares de defensa y seguridad de 16 países latinoamericanos y el de Estados Unidos, se congregaron también en Doral, Florida, reunión que constituye la primera cumbre contra los cárteles de las drogas en el hemisferio y de la que derivó una Declaración Conjunta de Seguridad que gira en torno a cuatro puntos generales: 1) ampliar la cooperación multilateral y bilateral para fortalecer la seguridad; 2) cooperar en los esfuerzos a nivel de todo el gobierno en relación con la seguridad fronteriza, la lucha contra el narcoterrorismo y el narcotráfico, la protección de infraestructura crítica y otras esferas que se determinen mutuamente; 3) promover la paz a través de la fortaleza; y 4) unirse a una coalición para combatir el narcoterrorismo y otras amenazas compartidas para el hemisferio occidental.
Cabe señalar que ni en la declaración conjunta ni durante la conferencia de prensa de los líderes reunidos en Florida se dio a conocer ni el cuándo, ni el cómo se alcanzarían los objetivos planteados. Por supuesto, pensar que este nivel de planeación, si lo hay, se haga público es muy ingenuo en las circunstancias actuales.
Todos los objetivos derivados de la Declaración están destinados a afrontar desafíos de la región, sin embargo, todos atienden a los objetivos estadounidenses en su frontera sur. Esto es de vital importancia, pues México es el que está al otro lado de ella. Lamentablemente, en nuestro país confluyen los temas de la expansión de China, del narcotráfico y de la migración ilegal.
Respecto a China, después de Brasil, México es el segundo socio del coloso asiático en Latinoamérica, incluso el intercambio comercial entre México y China llegó al máximo histórico en 2025 de $139,000 millones de dólares estadounidenses, aunque el secretario de economía, Marcelo Ebrard, haya advertido que “se acabó la fiesta”. Seguramente, la relación comercial con China estará presente durante las negociaciones del TMEC en donde las reglas de origen serán revisadas con lupa. Lo importante para México en este contexto es que existe un espacio institucional en la relación con Estados Unidos para abordar la expansión comercial china en el país.
En términos de seguridad, durante la cumbre de Florida, Trump señaló que México es el epicentro de la violencia de los cárteles, comentario que se puede matizar, pero es difícil de refutar. Con el fin de restarle importancia a su falta de participación en Florida, Claudia Sheinbaum ha dicho que tiene un acuerdo en materia de seguridad con el gobierno estadounidense y en cuyo marco se han llevado a cabo una serie de acciones que van desde la entrega de capos, decomisos espectaculares y, la última, la captura y muerte de “El Mencho”, pero eso no ha evitado que Trump siga subiendo el tono sobre la falta de control en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos y sobre la idea de que los cárteles gobiernan México.
Trump no necesita la iniciativa del Escudo de las Américas para intervenir militarmente en México pues cuenta con las capacidades militares y de inteligencia para hacerlo. Sin embargo, la fiesta en Doral, Florida, sirvió al menos para dar cuatro señales contundentes: la primera es que Estados Unidos es el país dominante en la región; la segunda es que busca constituir una estrategia contra China en el hemisferio; la tercera es que la lucha contra el narcoterrorismo va en serio; y cuarta a Trump le sirve como una legitimación del su liderazgo en América Latina.
En este sentido, el cuándo y el cómo ausentes en el Escudo de las Américas es dónde se abre un espacio más de negociación para Sheinbaum. La presidenta mexicana no puede estar poniendo el pecho sola para enfrentar los temas de seguridad que también preocupan a los mexicanos; debe procurar establecer una posición de fuerza desde su debilidad, que le permita imponer condiciones frente a una potencial y cuasi anunciada intervención militar estadounidense a territorio mexicano.
En el caso mexicano la incógnita es en qué momento negociar, ¿ahora que el tema es aún manejable o cuándo la flota estadounidense esté frente a las costas mexicanas? En cualquier caso, parece que la respuesta va en términos de fuerza militar.
