Cuando bajan las temperaturas, algo cambia en el cuerpo y también en el paladar. Caldos, tamales, pan dulce y café caliente se vuelven casi irresistibles. No se trata solo de costumbre o antojo: la ciencia explica por qué la comida parece saber mejor cuando hace frío.
Especialistas en nutrición y fisiología señalan que el clima influye directamente en nuestros sentidos. El gusto y el olfato, claves para percibir el sabor, se comportan distinto en ambientes fríos, lo que altera la experiencia al comer y nos hace preferir ciertos alimentos.
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El frío modifica cómo percibimos los sabores
Durante el invierno, la circulación sanguínea se concentra en órganos vitales para conservar el calor corporal. Esto reduce ligeramente la sensibilidad en algunas papilas gustativas, por lo que el cuerpo busca sabores más intensos, como lo salado, lo dulce o lo graso, para generar mayor satisfacción.
Además, el olfato —responsable de gran parte del sabor— funciona mejor con alimentos calientes, ya que liberan más aromas. Por eso un caldo recién hecho o un café humeante resultan más apetitosos que una comida fría en esta temporada.
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Más calorías, más confort emocional
Otro factor clave es el gasto energético. En climas fríos, el cuerpo quema más calorías para mantenerse caliente, lo que incrementa el apetito. De manera natural, se buscan alimentos más calóricos porque aportan energía rápida y sensación de saciedad.
A esto se suma el aspecto emocional. Platillos calientes suelen asociarse con hogar, descanso y protección. Comerlos activa zonas del cerebro relacionadas con el bienestar, lo que explica por qué en invierno preferimos comidas “reconfortantes” frente a opciones ligeras o frías.
Sopas, guisos, pan dulce y bebidas calientes combinan temperatura, aroma y textura, elementos que potencian la percepción del sabor. Incluso estudios señalan que los alimentos calientes generan una sensación de saciedad más rápida, lo que refuerza su atractivo.
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Por eso, en enero y durante todo el invierno, la comida no solo alimenta: también consuela. Y aunque parezca que sabe mejor, en realidad es el cuerpo el que responde al frío buscando energía, calor y bienestar en cada bocado.
EONM
