A más de 200 años de la publicación de Frankenstein por Mary Shelley, Guillermo del Toro presenta en Netflix su versión más íntima y filosófica de la historia. Lejos de las adaptaciones clásicas centradas en el horror, esta película explora el abandono, la creación y el dolor desde una mirada gótica y emocional que dialoga tanto con Shelley como con John Milton y su Paraíso perdido.
Guillermo del Toro siempre ha sentido compasión por los monstruos. Lo demostró en El laberinto del fauno y La forma del agua, y ahora lo lleva más lejos con su versión de Frankenstein, estrenada este mes en Netflix. La criatura, interpretada con sensibilidad por Jacob Elordi, ya no es un ser torpe y terrorífico, sino una entidad herida, consciente y filosófica, que se pregunta por qué fue creada para sufrir.
Dos críticas publicadas en The New York Times, firmadas por Silvia Moreno-Garcia y Alissa Wilkinson, coinciden en que esta película no busca reproducir los clichés del cine de horror. En cambio, ofrece un retrato gótico y profundamente humano de un ser marginado.
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Shelley, Milton y el monstruo que lee poesía
La novela de Shelley comienza con una cita de El Paraíso perdido: “¿Te pedí yo, Creador Omnipotente, que me convirtieses de tierra en Hombre?”. Esa pregunta es el eje de esta versión. Según Wilkinson, Del Toro recupera el trasfondo teológico y filosófico del texto original, donde la criatura es a la vez Adán —la creación abandonada— y Satanás —el ángel caído y resentido—.
En la película, Elordi interpreta a un ser que lee a Milton, piensa, reflexiona y llora, mientras enfrenta el rechazo no solo de su creador, Víctor Frankenstein (Oscar Isaac), sino de toda la sociedad. Su cuerpo está armado de restos humanos, pero su alma busca un sentido.
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Drama familiar disfrazado de fábula gótica
Para Silvia Moreno-Garcia, el verdadero horror de Frankenstein no es el aspecto físico de la criatura, sino el abandono paternal. Del Toro refuerza esta lectura: “Es una historia de padres e hijos”, ha dicho el director. La criatura no fue creada para el mal, sino que la negligencia la convierte en monstruo.
La cinta está ambientada en la época victoriana, con una estética visual que recuerda a las viejas cintas de Hammer Films. Pero aquí no hay gritos ni persecuciones frenéticas. En su lugar, hay melancolía, colores saturados, referencias religiosas y un drama familiar desgarrador.
Víctor Frankenstein, obsesionado con vencer a la muerte, se convierte en padre por accidente, y rechaza a su hijo con crueldad. La criatura, como un niño herido, responde con furia y dolor.
Un Frankenstein que piensa… y nos hace pensar
Del Toro toma licencias narrativas: cambia fechas, introduce nuevos personajes como Harlander (Christoph Waltz), y reimagina relaciones. Pero, como señala Moreno-Garcia, “puedes alejarte mucho de las líneas de un libro y aun así encontrar su fondo”. Y ese fondo es el de la búsqueda de identidad, el trauma del abandono y la imposibilidad de entender por qué estamos vivos.
“Frankenstein no es una historia de terror”, afirma Del Toro. “Es una historia emocional”. Y eso se nota en cada plano. La criatura se eleva sobre una cruz metálica, como un Cristo creado por manos humanas. Víctor grita: “¡Está terminado!”, como si fuera Dios. Pero ambos están rotos.
En una época donde los monstruos suelen gritar, esta versión susurra. Y pregunta lo que todos, en algún momento, nos preguntamos: ¿para qué fuimos creados?
*Artículo generado con apoyo de la IA
