La presidenta Claudia Sheinbaum salió al paso de los comentarios de Donald Trump, quien compartió un artículo de Bill O'Reilly en el que se acusa a la mandataria mexicana de no permitir la entrada de las fuerzas armadas estadounidenses para combatir a los cárteles de la droga.
O'Reilly —quien en su momento enfrentó acusaciones de acoso sexual— fue contundente: "el problema de México ha sido que durante décadas sus gobiernos han sido corruptos y han provocado el aumento de homicidios y del tráfico internacional de estupefacientes". Sheinbaum, por su parte, ha insistido en que el narcotráfico no es solo un problema de los cárteles, sino también del consumo que ocurre en territorio americano.
Lo interesante es que a ninguno de los dos les falta razón. Es cierto que los cárteles se han alimentado durante décadas de un ecosistema criminal que les provee resguardo y medios para el control territorial, la manufactura y el tráfico. Y el problema no ha dejado de crecer, entre otras cosas, por la diversificación de sus economías ilícitas: la droga es apenas una parte de una empresa con varios "departamentos". Estas organizaciones trafican estupefacientes y personas, lavan dinero, cobran piso, cooptan autoridades y, en ciertas demografías, ejercen una verdadera cogobernanza criminal.
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Pero lo que omite el columnista es que nada de esto es exclusivo de México. El fenómeno alcanza otras latitudes y, en el caso que nos ocupa, no es un problema de México ni de Estados Unidos: es un problema de vecindad. Común y, por supuesto, compartido.
Cuando O'Reilly habla de las "excusas" de la presidenta para no propiciar la intervención, la plantea como si fuera la única opción, lo cual resulta absurdo. El verdadero problema es que la suya deja de ser la opinión de uno más y se convierte en un asunto de percepción nada menor, porque permea con fuerza en los círculos de poder y entre los tomadores de decisiones en Washington.
Tampoco es menor que estas aseveraciones —algunas ciertas, otras abiertamente falsas y sesgadas— circulen sin matices. Porque la narrativa del gobierno corrupto, del narcogobierno, termina traduciéndose en ambos países en leyes y propuestas que prometen mejores y mayores derechos para las audiencias, pero que pueden acabar convirtiéndose en mordazas para quienes sostienen opiniones distintas, incómodas para los aparatos del poder. Un tufo de represión revestido de buenas intenciones.
"México es amigo de todos", respondió la presidenta Sheinbaum ante los señalamientos. Y hace bien en no engancharse: ella no es secretaria de Seguridad, ni de la Defensa, ni de Marina. Pero empieza a sentirse la necesidad de que los éxitos de su gobierno contra el narco sean más públicos y notorios, porque hoy todo queda opacado por las primeras líneas del columnista americano: la corrupción. Y mientras no se haga nada contra ella, todo esfuerzo por limitar el avance de las organizaciones criminales resultará insuficiente. Siempre habrá alguien dispuesto a ayudarlas a reinventarse y a encontrar cabida aquí, y del otro lado de la frontera.
MONEDA AL AIRE: Viggiano y la Crispación
Hace algunos años, Javier Estefanía describió la crispación como una estrategia de comunicación política en la que el debate democrático deja de buscar acuerdos para convertirse en un mecanismo permanente de confrontación. Su propósito no es convencer al adversario, sino monopolizar la agenda pública, polarizar a la sociedad y obligar al gobierno a responder una y otra vez. La información deja de ser un instrumento para comprender la realidad y se convierte en un arma política; los matices desaparecen, los juicios se adelantan y todo se reduce a una confrontación entre buenos y malos.
No es un fenómeno exclusivo de España. La crispación ha sido utilizada por distintas fuerzas políticas en democracias occidentales para desgastar gobiernos, erosionar su legitimidad y construir ventajas electorales. La confrontación permanente permite movilizar simpatizantes, mantener cohesionadas las bases y colocar al adversario siempre a la defensiva. El problema es que, cuando la crispación sustituye al debate público, la democracia termina atrapada en un ciclo de polarización del que nadie sale fortalecido.
México tampoco ha sido ajeno a esta lógica. Quizá el ejemplo más emblemático fue la elección presidencial de 2006, cuando la campaña del PAN convirtió a Andrés Manuel López Obrador en el eje de una estrategia de confrontación sintetizada en el lema “López Obrador, un peligro para México”. Más que debatir exclusivamente propuestas, la comunicación política giró en torno a instalar una narrativa de riesgo e incertidumbre capaz de polarizar al electorado, movilizar simpatizantes y condicionar la discusión pública. Aquella campaña marcó un antes y un después en la comunicación política mexicana y evidenció cómo la crispación puede convertirse en una herramienta para disputar el poder mediante la confrontación permanente.
Hoy, esa lógica parece reproducirse en Hidalgo. El PRI estatal ha quedado políticamente cooptado por el liderazgo de la hoy diputada federal Carolina Viggiano, privilegiando una estrategia de confrontación cotidiana que busca instalar una narrativa de crisis permanente. Más que construir una oposición programática, la apuesta parece consistir en elevar el nivel de tensión política para obligar al gobierno estatal a responder cada declaración, cada denuncia y cada acusación. En otras palabras, mantener viva la crispación para convertirla en el principal instrumento de posicionamiento político.
Pero la crispación tiene una debilidad fundamental: necesita que el adversario acepte jugar bajo sus reglas. Vive de la reacción. Cada respuesta alimenta el ciclo de confrontación; cada réplica le da una nueva oportunidad para permanecer en la agenda pública.
Por eso, quizá la respuesta más inteligente sea la menos intuitiva: el silencio. No porque las críticas no deban atenderse, sino porque no toda provocación merece convertirse en el centro del debate público. Hay ocasiones en las que responder fortalece precisamente la estrategia que se pretende combatir.
El mayor fracaso de la crispación no ocurre cuando el adversario responde, sino cuando deja de ser el centro de la conversación. Sin reacción no hay confrontación; sin confrontación no hay polarización; y sin polarización, la estrategia pierde su principal fuente de oxígeno. La crispación sólo sobrevive mientras encuentre quien la alimente.
