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Las horas más oscuras para el TMEC

Estados Unidos, tras negarse a extender el TMEC, condiciona el acceso comercial no solo a las reglas de origen, sino también al agua y a la seguridad fronteriza, y negocia por separado con Canadá para generar mayores asimetrías. | Eduardo Zerón García

Escrito en OPINIÓN el

La buena noticia es que, en realidad, Estados Unidos no quiere salir del TMEC, a pesar de lo mucho que se ha dicho al respecto. México y Canadá son los dos mayores mercados de exportación para los Estados Unidos; las cadenas integradas abaratan la manufactura estadounidense y la hacen competitiva ante la amenaza que representa Asia, y millones de empleos dependen del comercio con Norteamérica.

Sin embargo, la nueva administración ve las cosas de manera diferente: el TMEC se percibe como una pérdida de empleos manufactureros desde los años noventa, como una traición a su clase trabajadora, y ahora se ve a México como la puerta trasera de China para entrar a Estados Unidos con aranceles del 0%. Por ello, para Washington es un mal negocio y, sin embargo, ahí anida una contradicción: mientras se dinamita el TMEC, se encarecen muchos de sus propios intercambios internos, ya de por sí mermados por la guerra con Irán.

La economía, en nuestros tiempos (y tal vez desde siempre), se ha convertido en un instrumento de coerción política y en una forma de ejercer presión sobre los países: una guerra suave que hoy es evidente. La vinculación de agendas que Washington practica en nombre de la negociación busca supeditar a México a concesiones no comerciales: la seguridad, la migración, el fentanilo, la narcopolítica, China y el agua se vuelven temas coyunturales que exigen revisión inmediata y periódica. Por ello los estadounidenses negaron la extensión del tratado hasta 2042: así lo convierten en un mecanismo de presión constante contra nuestro país.

¿Qué veremos? La securitización de la economía: el arancel como arma. El presidente Trump anuncia aranceles del 30% por "no hacer lo suficiente" contra el narco y por no extraditar a ciertos personajes. Al mismo tiempo, presiona para habilitar instrumentos jurídicos que amplíen su abanico de herramientas extraordinarias: sanciones, persecución extraterritorial e incluso la posible incursión militar, que la presidenta ha rechazado tajantemente, mientras en Washington ya se airea la posibilidad de que las designaciones alcancen incluso al partido en el poder.

En paralelo, traza puntualmente una ruta para la migración, el agua y, fundamentalmente, China, donde busca reducir el comercio mexicano con ese país. Los americanos quieren un socio alineado con sus intereses, no destruido: más reglas de origen que actúen en su beneficio —es decir, que una mayor proporción de los productos que circulan bajo el tratado se fabrique en territorio estadounidense— y que los productos americanos ganen terreno en el mercado nacional. Los aranceles sectoriales al acero y al aluminio, que administra el secretario de Comercio Howard Lutnick, completan la palanca política que Trump ejerce directamente sobre Sheinbaum.

México vive una encrucijada que puede terminar siendo su hora más oscura en la relación bilateral: Estados Unidos, tras negarse a extender el TMEC, condiciona el acceso comercial no solo a las reglas de origen, sino también al agua y a la seguridad fronteriza, y negocia por separado con Canadá para generar mayores asimetrías. Y en medio de esa presión aparece la trampa más evidente de la encerrona: la tentación de tejer pactos económicos con China.

Por supuesto, México no puede ni va a sustituir de un día para otro un mercado que absorbe el 80% de sus exportaciones. China no es un aliado, es un competidor, y el solo gesto de acercarse a Pekín activaría represalias arancelarias y los apalancamientos que los americanos ya tienen excelentemente bien construidos. Pero México no está sentado con la mano en la cintura. Puede ceder en lo simbólico para preservar lo estructural; puede conceder los filtros a la inversión china —que Estados Unidos va a imponer de todos modos— pero cobrarlos en la mesa, a cambio de certeza arancelaria. Y debe profundizar sus acuerdos con la Unión Europea y el tratado transpacífico (CPTPP), que ya nos une a Japón, Canadá, Australia, el Reino Unido y otros ocho mercados, y al que China y Taiwán han solicitado, cada uno por su cuenta, adherirse. Ninguno de estos caminos sustituye la dependencia que impone la vecindad, pero la reduce en el margen; y en una encerrona, el margen es todo lo que hay.

MONEDA AL AIRE: la jugada de Irán en la guerra

Irán no tiene prisa por retomar las pláticas con los americanos —su cancillería acaba de declarar que no permitirá que Washington "determine los tiempos de la guerra y la paz"— y su paciencia tiene geografía: una quinta parte del petróleo que mueve al mundo debe cruzar el estrecho de Ormuz, donde ya arden buques en rutas minadas, el punto de presión por excelencia que Teherán ejerce sobre Occidente. Las alternativas terrestres —los oleoductos que cruzan Arabia hacia el Mar Rojo o los Emiratos hacia el Índico— no cubren ni la mitad de ese caudal, y la ruta marítima hacia Europa tampoco ofrece refugio: para alcanzar el Canal de Suez hay que cruzar antes la puerta sur de Bab el-Mandeb, donde los hutíes de Yemen, proxies de Teherán, han declarado un bloqueo naval y atacado ya petroleros sauditas en el Golfo de Adén. Así, ambas salidas del tablero quedan bajo presión iraní a la vez, y nadie descifra aún qué pretende el régimen con esta calma que negocia sin negociar; pero mientras tanto la factura se acumula donde más duele y menos se perdona: el Brent ya superó los cien dólares por barril —cuarenta por ciento de alza en un solo mes— y eso lo resienten los americanos y el mundo entero en el único lugar que ningún electorado perdona: el bolsillo.

 

Eduardo Zerón García

@EZeronG