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A 50 años del golpe: la generación que no se dobló

El eco del golpe a Excélsior no se ha extinguido: lo que en 1976 fue una intervención brutal contra la libertad editorial terminó por detonar una de las etapas más luminosas del periodismo en México. | Ulises Castellanos

Créditos: Juan Miranda
Escrito en OPINIÓN el

Cincuenta años después, el eco del golpe a Excélsior no se ha extinguido. No es solo una fecha en la cronología del periodismo mexicano: es una herida abierta que, con el tiempo, se volvió semilla. Lo que en 1976 fue una intervención brutal contra la libertad editorial terminó por detonar una de las etapas más luminosas del periodismo en México.

Hay imágenes de aquel 8 de julio que uno no vivió del todo, pero que se heredan como si fueran propias. Yo tengo una: la de mi padre llegando a casa aquella noche, con los ojos enrojecidos, conteniendo algo más que lágrimas. Apenas comenzaba su camino como caricaturista y, de pronto, el periódico que representaba una forma digna de ejercer el oficio había sido arrebatado. No entendía entonces la dimensión de lo ocurrido, pero sí el peso emocional de esa pérdida. Era más que un empleo; era una forma de ver el mundo que se desmoronaba. Mi padre es Magú.

Aquella ruptura, sin embargo, no significó el silencio. Al contrario. De sus escombros surgió una generación irrepetible que decidió no negociar con el poder. Julio Scherer García, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Monsiváis y Octavio Paz entre muchos otros, no solo resistieron: reinventaron el periodismo. Fundaron espacios donde la crítica, la investigación y la independencia no eran concesiones, sino principios. Así nacieron Proceso, Uno Más Uno y, más tarde, La Jornada: trincheras informativas que redefinieron el oficio en este país.

Hoy, medio siglo después, es imposible no reconocer que aquella fue, probablemente, la mejor generación de periodistas que ha dado México. No solo por su talento, sino por su convicción. Porque entendieron que el periodismo no es un privilegio, sino una responsabilidad incómoda; no es cercanía con el poder, sino distancia crítica.

En lo personal, esa historia dejó de ser un relato heredado para convertirse en experiencia propia. Tuve el privilegio de trabajar durante doce años con Julio Scherer García en Proceso, en una de las etapas más intensas y significativas del semanario. Ahí entendí que el rigor no era negociable, que cada línea debía sostenerse por sí misma y que la credibilidad se construye todos los días, sin atajos. Scherer no enseñaba con discursos, sino con ejemplo: con su obsesión por la precisión, su respeto por el lector y su permanente incomodidad frente al poder.

La fotografía que encabeza esta reflexión, capturada por Juan Miranda aquella tarde sobre avenida Reforma, condensa algo de ese espíritu: la tensión, la incertidumbre, pero también la dignidad de quienes sabían que estaban perdiendo un espacio, no una causa. Es una imagen que no solo documenta un momento; lo explica.

A cincuenta años de distancia, el golpe a Excélsior sigue siendo una advertencia. Nos recuerda lo frágil que puede ser la libertad de prensa y lo fácil que resulta vulnerarla cuando el poder se siente incómodo. Pero también nos recuerda algo más importante: que el periodismo, cuando es auténtico, siempre encuentra la forma de renacer.

Porque al final, lo que aquella generación nos heredó no fueron solo medios ni firmas memorables. Nos dejó una idea: que el periodismo vale la pena incluso cuando duele, incluso cuando cuesta, incluso cuando parece perder.

Y eso, medio siglo después, sigue siendo una lección vigente.

 

Ulises Castellanos

@MxUlysses