Durante mi paso por la Facultad de Economía de la UNAM, era común encontrarme con compañeros que venían, como yo, de otros estados: Oaxaca, San Luis Potosí, Veracruz, Chihuahua. Todos habíamos llegado a la universidad nacional bajo el mismo diagnóstico silencioso: las oportunidades académicas, culturales y laborales de calidad no estaban en nuestras ciudades. No fue exactamente la capital lo que nos atrajo, sino que nos expulsó el origen.
No éramos casos atípicos. Detrás de cada estudiante foráneo, ya sea en CU o el Politécnico, hay una ciudad media que perdió a uno de sus perfiles más formados y que, difícilmente, los recuperará. Ciudades medias en las que su población ronda entre los cien mil y un poco más del millón de habitantes, fungiendo como un centro regional que sostiene cierta vida económica y cultural propia pero no al nivel de competir con los focos metropolitanos como Monterrey, CDMX o Guadalajara.
Las ciudades medias son aquellas que permanecen relegadas dentro del modelo de desarrollo nacional, estancadas en su de desarrollo económico y social por su dependencia federal: actualmente los estados dependen fuertemente de la Federación, pues 8 de cada 10 pesos de sus ingresos provienen de transferencias federales, lo que significa que su capacidad de inversión está directamente ligada al desempeño de la economía nacional. Esto nos explica estructuralmente por qué las ciudades medias no pueden romper el ciclo de estancamiento y dependencia económica por sí solas. (Mexico Evalúa. 2025. “La inversión física en 2026: avances mínimos frente a un rezago histórico”.)
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Esta dependencia genera una lógica de gravitación inevitable: los focos metropolitanos concentran presupuestos, oferta educativa, mercado laboral y vida cultural, mientras las ciudades medias quedan atrapadas en una funcionalidad mínima, suficiente para no colapsar pero insuficiente para retener a quienes se forman en ellas. Los números lo confirman: Campeche, Tabasco, Ciudad de México y Estado de México representan apenas el 23.4% de la población del país, pero concentran el 73.2% de la inversión estatal y federal. El resto del territorio donde viven más de tres cuartas partes de los mexicanos se distribuye el porcentaje restante. (IMCO. 2021. "Hablemos de inversión pública en los estados").
Las consecuencias de este modelo no son únicamente económicas. Cuando una ciudad media pierde sistemáticamente a sus perfiles más formados la pérdida va más allá: pierde la posibilidad de construir una clase profesional local capaz de demandar mejores servicios, exigir rendición de cuentas y generar proyectos de desarrollo regionales. El vaciamiento de talento es también un vaciamiento cívico.
Chihuahua es un ejemplo ilustrativo. Con apenas un millón de habitantes, universidad pública e industria manufacturera activa, reúne las condiciones mínimas de una ciudad media con potencial. Sin embargo, quienes se forman ahí se enfrentan a una educación pública con altos precios, mercado laboral limitado para perfiles especializados, oferta cultural restringida y pocas instituciones capaces de absorber talento en áreas como política pública, investigación o cultura. El resultado es predecible: se van a CDMX, Monterrey y, eventualmente, al extranjero.
Este patrón se replica en Durango, Zacatecas, Oaxaca, San Luis Potosí. No son ciudades que fracasaron, son ciudades a las que el modelo nunca les dio condiciones para no fracasar.
La pregunta que México no se hace es cuánto le cuesta este vaciamiento en el largo plazo. Una democracia que concentra sus oportunidades en tres o cuatro nodos metropolitanos reproduce desigualdad territorial y produce ciudadanos de distintas categorías según el código postal donde nacieron. Y un país que normaliza esa distinción termina pagándola, tarde o temprano, en forma de migración forzada, rezagados sociales y desafección política.
Revertir esto no requiere únicamente más presupuesto para los estados, aunque es una condición indispensable. Requiere una política deliberada de descentralización que incluya inversión cultural, fortalecimiento de universidades públicas regionales, incentivos para que empresas e instituciones se instalen fuera de los grandes centros, y voluntad política para reconocer que el desarrollo de México no puede seguir dependiendo de que sus ciudades medias exporten sus mejores perfiles hacia la capital.
Mientras eso no ocurra, seguirán llenándose las aulas de la UNAM, IPN y de otras universidades nacionales de jóvenes brillantes provenientes de todo el país. El problema nunca fue que llegaran a ellas. El problema es que demasiados no encuentran razones para volver.
