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La hora de la diversificación

La meta de México ante el panorama de revisiones del TMEC no es exportar menos a EU, sino exportar mucho más al resto del mundo: no depender menos por decisión ajena, sino depender menos porque hemos crecido. | Rubén Beltrán

Escrito en OPINIÓN el

El 30 de junio, Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, anunció que Washington no prorrogará automáticamente el TMEC por 16 años y que optará, en cambio, por el mecanismo de revisiones anuales previsto en el propio tratado. Marcelo Ebrard aclaró de inmediato que no se activó ninguna cláusula de salida y que el acuerdo sigue plenamente vigente hasta 2036. La decisión de Greer no equivale, entonces, a la desaparición del TMEC, pero sí abre una década de incertidumbre que México no puede ignorar. Estoy convencido que la respuesta correcta no es el pánico ni la resignación, sino una estrategia de diversificación exportadora sostenida en el tiempo: aprovechar la pronta entrada en vigor del Acuerdo Comercial Interino con la Unión Europea, profundizar la presencia mexicana en el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TIPAT) —que ya incluye al Reino Unido— y reactivar vínculos con Centroamérica, Sudamérica, Japón y otras economías asiáticas.

El objetivo no es sustituir a Estados Unidos, que seguirá siendo el socio principal de México, sino ensanchar progresivamente la base exportadora para que, en diez años, una meta que me parece realista, el mercado estadounidense deje de representar cerca del 83 por ciento de nuestras ventas externas y se ubique en torno al 70, no por una caída de las exportaciones a ese país, sino por el crecimiento de las dirigidas a otros destinos. Para lograr este objetivo se antoja una estrategia proactiva que combine una enérgica participación de distintos niveles del Estado Mexicano que conjugue las capacidades institucionales de las secretarías de Economía y Relaciones Exteriores. El secretario Roberto Velasco ha dejado claro el papel de la cancillería: embajadas y consulados se convertirán en nodos promotores de negocios conforme a una estrategia articulada. Esta labor en el exterior se antoja como el complemento indispensable para que las metas y líneas de acción sectorial que establezca el Gobierno Federal a través de la Secretaría de Economía se materialicen en proyectos concretos. Esto hace suponer un cierre de pinzas que apoye la actividad del sector privado.

La estrategia nacional debe ser la misma, operada por ambas secretarías de manera convergente desde el ámbito de sus respectivas responsabilidades. En Bruselas, Esteban Moctezuma tendrá, primero, la importante tarea de, desde la distancia diplomática, promover el proceso final de ratificación y entrada en vigor del Acuerdo Global Armonizado (AGM) con la Unión Europea. Por su parte, Roberto Lazzeri, desde Washington, tendrá que, en primer lugar, operar para poner paños fríos a la sensación de intranquilidad que algunos actores centrales del sector privado experimentan en estos momentos y contribuir a encontrar fórmulas para intentar generar un nivel de certidumbre que los inversionistas necesitan. Hay, detrás del anuncio estadounidense, una clara intención que pone la mira en el calendario político interno; nada más perjudicial para el clima de negocios que politizar los procesos de negociaciones económicas. El sobrecosto de operar en Norteamérica se incrementa. Estados Unidos sobredimensiona el valor neto de la balanza comercial y menosprecia el impacto agregado que el TLCAN, primero, y el TMEC, ahora, le han brindado a su economía. México y Canadá hacen bien en pensar fuera del triángulo.  

Una decisión que no es buena noticia, pero tampoco es catástrofe; lo que dijo Greer y lo que aclaró Ebrard

En entrevista con Bloomberg, Greer confirmó que Estados Unidos no ejercerá la opción de extender el TMEC automáticamente por 16 años adicionales y que, en su lugar, el tratado quedará sujeto a revisiones anuales durante los próximos diez años, de 2026 a 2036. Se trata de un mecanismo contemplado desde la firma del acuerdo, no de una medida extraordinaria ni de un aviso de retiro. Ebrard fue explícito en su conferencia del mismo 30 de junio. Estados Unidos no activó el mecanismo de salida, el TMEC conserva su vigencia plena hasta 2036, y los tres países pueden, en cualquier ciclo anual, acordar reactivar la prórroga larga si así lo deciden. El escenario, dijo, era previsible y su equipo ya lo tenía contemplado. La tercera ronda de negociación entre México y Estados Unidos arranca el 20 de julio con el propósito, todavía modesto, de definir la metodología de trabajo para las revisiones venideras.

¿Por qué, aun así, hay motivo de preocupación?

Que el tratado no desaparezca no significa que la noticia sea irrelevante. Sustituir un horizonte de dieciséis años por revisiones anuales introduce un factor de incertidumbre estructural en las decisiones de inversión de mediano y largo plazo, que las calificadoras de riesgo tienden a incorporar en sus modelos, con el consiguiente encarecimiento del costo de capital para proyectos industriales en México. Hay, además, una agenda de fondo que Greer dejó entrever con claridad: la preocupación estadounidense por la triangulación de mercancías chinas vía México y Canadá, el tráfico de fentanilo y la seguridad de las cadenas de suministro. Estos temas, ajenos en sentido estricto al comercio, se colarán en cada ciclo de revisión y previsiblemente Washington los usará como palanca frente a México en materia migratoria y de seguridad pública. Con Canadá la relación luce más deteriorada: Greer señaló que Ottawa "se queda atrás" en las conversaciones bilaterales, en particular por el sector lácteo y por la discriminación de ciertas provincias canadienses contra vinos y licores estadounidenses.

El costo de la incertidumbre para el ambiente de negocios

La falta de un horizonte largo y estable golpea de manera desigual a los distintos sectores de la economía mexicana. La industria minera, que requiere plazos de maduración de una década o más para sus proyectos de inversión extranjera directa, es una de las más expuestas: sin certeza sobre las reglas que regirán el comercio dentro de cinco o siete años, es previsible que varias decisiones de inversión de gran escala se pospongan. Algo semejante ocurre con los proyectos de manufactura de semiconductores y con los centros de datos para inteligencia artificial, apuestas que solo tienen sentido económico si se sostienen en un marco comercial predecible. Las empresas exportadoras, por su parte, ya están ajustando sus cláusulas contractuales a plazos más cortos para poder reaccionar con agilidad ante eventuales barreras no arancelarias, y destinarán más recursos a certificar el origen de sus insumos, un ejercicio costoso pero indispensable frente al riesgo de sanciones arancelarias imprevistas. A ello se suma el anuncio de que Washington intensificará el uso de los paneles del Mecanismo de Respuesta Rápida del TMEC ante quejas por derechos sindicales en plantas mexicanas, un instrumento que en los últimos años ha probado ser más disruptivo de lo que su nombre técnico sugiere. Un análisis reciente de Anmark para sus clientes ha llamado la atención sobre esos riesgos.

Conviene, con todo, no perder la perspectiva. México cerró 2025 con exportaciones totales de mercancías por 551.5 mil millones de dólares, cifra récord desde que existe el registro estadístico, con un crecimiento anual de 9.7 por ciento y un superávit comercial de 281.3 mil millones de dólares, porcentaje que no se registraba desde 2021, cuando el rebote de la pandemia produjo un crecimiento mucho mayor. En el terreno bilateral, México llega a la mesa de revisión en posición relativamente sólida: se convirtió en 2025, por primera vez en un año completo, en el principal socio comercial de Estados Unidos, desplazando tanto a Canadá como a China, con una tarifa arancelaria efectiva promedio bastante menor a la de otros competidores globales. Eso no inmuniza a México frente a la incertidumbre de las revisiones anuales, pero sí le da un margen que Canadá, más golpeado por los aranceles sectoriales, no tiene en la misma medida.

Europa: el Acuerdo Global Modernizado y su capítulo comercial interino

El instrumento más inmediato de diversificación no es una promesa a futuro, sino un acuerdo ya cerrado que solo espera su entrada en vigor. En enero de 2025 la Unión Europea y México concluyeron las negociaciones para modernizar el viejo Acuerdo Global de 1997, del que derivó el TLCUEM. La actualización consta de dos piezas: el Acuerdo Global Modernizado, que incluye los pilares en los sectores de diálogo político de alto nivel, de cooperación y de comercio e inversión. El AGM establece un Acuerdo Comercial Interino que cubre, de manera más ágil, los componentes de exclusiva competencia comunitaria europea, lo que le permite entrar en vigor antes que el resto del paquete. El intercambio comercial entre México y la Unión Europea alcanzó en 2025 más de 94 mil 500 millones de dólares, con exportaciones mexicanas de 27 mil 658 millones —un avance de 4.8 por ciento, que convierte a Europa en el segundo destino de nuestras exportaciones— e importaciones por 66 mil 940 millones. El secretario de Economía ha fijado una meta explícita: elevar en 50 por ciento las exportaciones hacia el bloque europeo de aquí a 2030, apoyado en la eliminación casi total de aranceles, creando un panorama particularmente favorable para agroalimentos de alto valor —carne, aguacate, berries, tequila, mezcal— y, después, para autopartes, manufactura avanzada y las industrias farmacéutica y química. La Unión Europea es además el segundo mayor inversionista extranjero en México, con 9 mil 906 millones de dólares en 2025, lo que representa uno de cada cuatro dólares que llegan a la industria manufacturera mexicana por la vía de inversión foránea.

La Cuenca del Pacífico: el TIPAT y la incorporación británica

El segundo gran instrumento ya opera desde 2018: el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, conocido en México por sus siglas en español, TIPAT, que agrupa a once economías de tres continentes —Canadá, Perú, Chile, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Malasia, Vietnam y Brunéi— y que en fechas recientes sumó al Reino Unido, tras concluir su proceso de adhesión. El TIPAT le abre a México una plataforma que va más allá del comercio bilateral: acceso preferencial a mercados con los que, de otra manera, tendría que negociar uno por uno. La adhesión británica es relevante para esta agenda porque conecta en un solo instrumento a un socio europeo de peso con el bloque del Pacífico, sin que México tenga que abrir una negociación adicional desde cero. El reto no es jurídico sino de aprovechamiento: el comercio con el conjunto TIPAT sigue siendo modesto frente al peso de la relación con Estados Unidos, y ese es exactamente el espacio que una estrategia de diversificación bien ejecutada debería ocupar en la próxima década. 

Diversificar hacia el Reino Unido, una ruta clara

El atractivo del mercado británico no es menor: el intercambio bilateral entre México y el Reino Unido, que en el último año alcanzó unos 7,000 millones de dólares, se ha mantenido prácticamente estable y no se compadece del potencial de ambas economías. En este tema se advierten señales alentadoras: en el primer semestre de este año las inversiones británicas se han acelerado alcanzando la cifra de 741,7 millones de dólares, cifra que triplica la inversión que las empresas del Reino Unido hicieron en México en 2025 y que llegaron a 233.6 millones de dólares.  

La embajadora británica en México, Susannah Goshko, ha delineado una estrategia enfocada en la expansión y la facilitación comercial bajo premisas claras. 

  • Mercados complementarios sin competencia, Goshko sostiene que ambas economías no compiten directamente, sino que se complementan, esto dota a la relación de una estabilidad ideal para elevar los niveles de ambición comercial frente a las tensiones arancelarias globales. 
  • Reducción de burocracia para PyMEs: la diplomática ha enfatizado la necesidad urgente de simplificar trámites administrativos, el objetivo es facilitar que las pequeñas y medianas empresas (PyMEs) puedan exportar e importar con menores barreras logísticas. 
  • Aprovechamiento del TIPAT: tras la incorporación formal del Reino Unido a este tratado, la embajadora afirmó que la delegación británica promueve activamente las nuevas ventajas arancelarias (que liberan de aranceles hasta el 99% de los bienes) como el catalizador definitivo para diversificar cadenas de suministro y generar prosperidad compartida. Not too shabby. 

América Latina, tres propuestas 

1) Centroamérica 

México cuenta desde hace años con un Tratado de Libre Comercio Único con Centroamérica, que sustituyó a los acuerdos bilaterales previos con Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Es evidente que el intercambio no ha alcanzado el nivel que el potencial que una integración regional demanda. México podría encontrar una solución para incrementar sus exportaciones estableciendo cadenas de suministro con Centroamérica para, respetando las reglas de origen con sus socios de Estados Unidos y Europa, por ejemplo, utilizar los bienes que importe del istmo para transformarlos y agregarles valor para así poder dar el llamado salto arancelario y exportar productos con alto valor agregado. Esta sería una fórmula “ganar-ganar” con nuestros socios centroamericanos. 

2) La Alianza del Pacífico 

México ha firmado acuerdos de libre comercio con Chile, Perú y Colombia, que constituyeron la base de la Alianza del Pacífico, que ha sido la más exitosa plataforma de integración económica que ha existido en la región. Desacuerdos políticos han estancado el prometedor avance de este mecanismo. En el pasado, fuertes crisis políticas entorpecieron, también, su avance; el diálogo político al más alto nivel permitió el avance en el progreso de este mecanismo, al tiempo que no comprometió que algunos de los miembros mantuvieran diferentes posturas políticas, tanto a nivel nacional, como a nivel regional o global. En 2011, cuando fue creada, los firmantes de la Alianza del Pacífico establecieron, de manera expresa que reunirse en torno de ese mecanismo de integración no implicaba, de ninguna manera, comprometer sus respectivas visiones políticas. La Alianza del Pacífico fue creada con el exclusivo propósito de establecer un mecanismo de concertación para promover la integración comercial entre los países firmantes. Parecería oportuno recuperar ese espíritu y reactivar los trabajos de la Alianza. 

3) Brasil y la ALADI

Brasil: México, además está negociando un acuerdo comercial con Brasil y mantiene con este importante país y con otras economías de la región Acuerdos de Complementación Económica (ACE) celebrados en el marco de la ALADI. Es deseable que finalmente, después de que ambos países han realizado numerosos intentos a lo largo de varias décadas, las economías más grandes de la región llegaran a acordar un moderno acuerdo de comercio e inversión de gran calado. Todos ganaríamos, aunque tal vez habrá que esperar a que se celebren las próximas elecciones presidenciales para poder valorar la posibilidad real de que ambos países puedan avanzar con paso decidido en este terreno. 

ALADI: El comercio intrarregional es muy bajo y no existe un instrumento que agrupe a la región en torno a un conjunto de reglas comunes. Es claro que estas no provendrán de la OMC. Durante años he propuesto que existe una oportunidad: dado que no es viable pensar que pueda negociarse un acuerdo de libre comercio para toda la región, México y un grupo de países podrían promover la expansión de la competencia de la ALADI para que integre a todos los países de la región para de ahí pasar a crear una plataforma común de un ACE tipo que permitiera vincular a todos los países de nuestra región, o la mayoría de ellos. Hablamos de una relación con enorme margen: la vecindad geográfica, la afinidad cultural que podría crear cadenas productivas regionales en sectores clave —textiles, agroindustria, manufactura ligera— aunque su peso en el comercio total sea marginal, todo suma. 

Japón 

Japón es el sexto socio comercial de México y principal inversionista asiático en el país, con más de 38 mil millones de dólares acumulados desde 1999. La relación combina un Acuerdo de Asociación Económica vigente desde 2005 con un déficit comercial estructural: en 2025 México exportó a Japón 3 mil 774 millones de dólares, apenas 0.62 por ciento de sus ventas externas totales, frente a importaciones cercanas a los 19 mil millones. Ese desequilibrio no debe leerse como fracaso del acuerdo, sino como oportunidad sin explotar: las más de mil 600 empresas japonesas instaladas en México generan alrededor de 350 mil empleos directos, y misiones empresariales recientes muestran interés japonés genuino en ampliar sus compras a proveedores mexicanos, en particular pequeñas y medianas empresas, justo cuando Tokio también busca aliados confiables frente a la inestabilidad provocada por la guerra arancelaria estadounidense.

La lección de Canadá 

Vale la pena detenerse en lo que ha hecho nuestro socio del norte, no porque su modelo sea directamente trasladable a México, sino porque ilustra con crudeza los dilemas de la diversificación cuando la dependencia de Estados Unidos es aún mayor que la nuestra. El primer ministro Mark Carney llegó al poder en 2025 con una premisa que expuso sin ambages en Davos, en enero de 2026: el orden internacional que sostuvo a Occidente durante décadas atraviesa una ruptura, no una transición, y las grandes potencias han convertido la integración económica en un arma —aranceles como palanca, infraestructura financiera como coerción, cadenas de suministro como vulnerabilidad—. Bajo esa lectura, Carney emprendió una ofensiva diplomática de una intensidad notable: viajó a China en enero de 2026, el primer viaje de un jefe de gobierno canadiense a Pekín desde 2017, y semanas después a la India, donde se comprometió a cerrar antes de que termine el año un Acuerdo de Asociación Económica Integral. En paralelo profundizó su aproximación a Europa, con un acuerdo de gas natural licuado con Alemania y la compra de aviones de alerta temprana a Suecia, y fijó como meta duplicar en una década el comercio canadiense con países distintos de Estados Unidos. Los resultados empiezan a notarse: la participación de Estados Unidos en las exportaciones canadienses, que rondaba 76 por ciento en 2024, había bajado a cerca de 68 por ciento hacia los primeros meses de 2026.

Ese giro no ha sido gratuito, Trump respondió con desagrado explícito al discurso de Davos, y Carney enfrenta en casa el reproche de quienes ven riesgos en normalizar la relación con Pekín. La lección para México no es imitar el libreto canadiense —nuestra integración productiva con Estados Unidos es distinta, más profunda y, en varios sectores, más favorable que la de Canadá— sino tomar en serio la advertencia que encierra: la diversificación exige decisión política sostenida a lo largo de varios años, no un anuncio aislado, y funciona mejor cuando se apoya en acuerdos ya existentes —en el caso mexicano, el TIPAT y el nuevo acuerdo con la Unión Europea— que cuando se empieza desde cero.

Diversificar no es desviar: la meta de una década

Aquí conviene ser preciso sobre lo que este brief propone y lo que no. No se trata de desviar hacia otros mercados las exportaciones mexicanas que hoy tienen como destino Estados Unidos, ni de sugerir que ese mercado vaya a perder relevancia para la economía mexicana; seguirá siendo, por mucho tiempo, el eje de nuestra integración productiva en Norteamérica. Se trata, en cambio, de que las exportaciones mexicanas hacia el resto del mundo crezcan a un ritmo mayor que las dirigidas a Estados Unidos, de modo que estas últimas, aun estables o en aumento en términos absolutos, representen una proporción menor del total. 

Hoy, según cifras del INEGI para 2025, el mercado estadounidense concentra alrededor de 83 por ciento de las exportaciones mexicanas de mercancías —el U.S. Census Bureau, con metodología distinta, sitúa esa proporción algo por debajo del 81 por ciento—; en cualquier lectura, un nivel de concentración más alto que el de Canadá antes de su propio giro. La meta planteada es que, en cinco a diez años, esa proporción baje hasta cerca de 70 por ciento, no porque vendamos menos a nuestro vecino, sino porque habremos vendido sustancialmente más al resto del mundo: el esfuerzo central debe ser el crecimiento de la oferta exportable total —más empresas, más sectores, más valor agregado nacional— y no la simple relocalización de embarques.

Nada de esto rendirá frutos visibles en el corto plazo, y conviene decirlo con toda claridad para no generar expectativas que luego se traduzcan en frustración. El TLCUEM tardó cuatro años en cuadruplicar el comercio bilateral con Europa desde su entrada en vigor en 2000; el TIPAT, ya con ocho años de vigencia en México, apenas empieza a mostrar su potencial pleno con la incorporación británica. Una estrategia de diversificación seria se mide en lustros, no en trimestres, y su éxito dependerá menos de la firma de nuevos tratados —México ya cuenta con una red amplia de acuerdos comerciales, probablemente de las más extensas del mundo— que de la capacidad del aparato productivo nacional para aprovecharlos: certificación de origen, logística, financiamiento a pequeñas y medianas empresas exportadoras, y una política industrial que efectivamente incentive subir en la cadena de valor.

Conclusiones

El anuncio de Jamieson Greer no es una buena noticia, pero tampoco anuncia el fin del TMEC: el tratado sigue vigente hasta 2036 y los tres países conservan la opción de reactivar la prórroga larga en cualquier ciclo de revisión. Lo que sí introduce es una década de incertidumbre que puede encarecer el financiamiento de proyectos industriales y retrasar inversiones de alto valor, justo cuando México necesita lo contrario. Frente a ese escenario, la respuesta no puede ser la parálisis ni el pánico, sino el aprovechamiento decidido de los instrumentos que el país ya tiene a la mano: el Acuerdo Comercial Interino con la Unión Europea, que puede entrar en vigor en el corto plazo; el TIPAT, fortalecido con la incorporación del Reino Unido; y los vínculos, hoy subaprovechados, con Centroamérica, Japón y Sudamérica, donde la reactivación de la Alianza del Pacífico, un eventual acuerdo con Brasil y la ampliación de la ALADI ofrecen un margen todavía por explotar. Nada de esto se materializará solo: exige la participación coordinada de las secretarías de Economía y de Relaciones Exteriores, con embajadas y consulados operando como nodos promotores de negocios que complementen, desde el exterior, las metas sectoriales que fije el Gobierno Federal. 

Canadá, más expuesto que México a la dependencia estadounidense, ya emprendió su propio giro hacia Europa, China y la India, con resultados incipientes pero medibles. México tiene la oportunidad de trazar un camino propio, sin necesidad de romper puentes con nadie, que en cinco a diez años empiece a corregir, de manera gradual, la altísima concentración de nuestras exportaciones en un solo mercado. La meta no es exportar menos a Estados Unidos, sino exportar mucho más al resto del mundo: no depender menos por decisión ajena, sino depender menos porque hemos crecido.

Rubén Beltrán

@RubenBeltranG