En “La invención de la tradición”, Eric Hobsbawm sostiene que “las «tradiciones» que parecen o reclaman ser antiguas son a menudo bastante recientes en su origen, y a veces inventadas”. El término tradición inventada, explica el historiador británico, “se usa en un sentido amplio, pero no impreciso. Incluye tanto las «tradiciones» realmente inventadas, construidas y formalmente instituidas, como aquellas que emergen de un modo difícil de investigar durante un período breve y mensurable, quizás durante unos pocos años, y se establecen con gran rapidez. La aparición en Navidad de la monarquía británica en los medios (instituida en 1932) es un ejemplo de las primeras, mientras que la emergencia y el desarrollo de prácticas asociadas con la final de la copa del fútbol británico lo es de las segundas”.
Empero, los británicos no son los únicos que inventan tradiciones. De acuerdo con lo que Spephen Vlastos escribió en !Mirror of Modernity,” “los emblemas familiares de la cultura japonesa, incluidos los íconos preciados, resultan ser modernos”. Y en Corea sucedió algo similar a fines del siglo XIX, con la transformación del rey Gojong en un emperador dotado con la autoridad y el carisma de un generalísimo occidental, según da cuenta Steven Capener en “The Making of a Modern Myth”.
En México, tal vez el más conocido ejemplo de este fenómeno es el “grito” de independencia, ya que si bien es cierto que el cura Hidalgo llamó a la rebelión en el pueblo de Dolores, esto no sucedió la noche del 15 de septiembre de 1810, sino cuando amanecía el 16 de septiembre, momento en que el campanero de la iglesia, conocido como el cojo Galván, tocó las campanas para llamar a misa. Había terminado la ceremonia religiosa, según la declaración que hizo Juan Aldama una vez prisionero, cuando Hidalgo invitó a la gente “a que se uniesen con él, y le ayudasen a defender el reino porque querían entregarlo a los franceses; que ya se había acabado la opresión; que ya no había más tributos; que los que se alistasen con caballos y armas les pagaría a peso diario, y los de a pie a cuatro reales”.
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Por su parte, Mariano Abasolo declaró que Hidalgo dijo a los vecinos más importantes de Dolores que su movimiento “no tiene más objeto que quitar el mando a los europeos, porque estos, como vuestras mercedes sabrán, se han entregado a los franceses y quieren que corramos la misma suerte, lo cual no hemos de consentir jamás”. Y Carlos Herrejón menciona que a las siete de la mañana Hidalgo tenía más de 600 reclutas; marchando después de las once a la hacienda de la Erre. Comenzó así la insurrección… aunque no con los mejores presagios, ya que al salir de Dolores Hidalgo le dijo a una joven que iba “a quitarles el yugo”, replicándole ella que “sera´ peor si hasta los bueyes pierde, sen~or cura”. Al final, Hidalgo perdió la vida.
Como muestran las líneas anteriores, el llamado de Hidalgo a la insurrección no se dio a las once de la noche del 15 de septiembre de 1810, sino después de las seis de la mañana del día siguiente; además, Hidalgo no tocó la campana para llamar al pueblo —como hoy hacen los políticos al recrear este pasaje—, tarea que desempeñó el cojo Galván. Tampoco utilizó ningún estandarte de la virgen de Guadalupe en su “grito” frente a la iglesia de Dolores.
Es cierto que durante la noche del 15 al 16 el cura dio una arenga desde el balcón de su casa y sostuvo un estandarte de la Virgen, pero en las notas de “Testigos de la primera insurgencia: Abasolo, Sotelo, García”, Herrejón sostiene que “esta imagen debió ser de pequeñas dimensiones […] y al parecer su utilización se redujo a ese momento. El estandarte de Atotonilco es aparte, más tiene este antecedente”. Refuerza esta idea el hecho de que el Museo Nacional de Historia resguarda un estandarte con la leyenda de que fue el que Hidalgo tomó de Atotonilco una vez comenzada la insurrección y mide más de 1.5 metros de alto y un metro de ancho.
Sin lugar a dudas, un “grito nocturno” (independientemente de las versiones de que se le hizo coincidir con el festejo por el cumpleaños de Porfirio Díaz) funciona mejor como fiesta nacional que un festejo a las seis de la mañana. Esta ceremonia junto al desfile militar del día siguiente, sirven para fomentar el amor y el orgullo por nuestro país —sobre todo entre los niños—, unirnos como ciudadanos y hacernos gritar emocionados “¡viva México!”… aunque antes tengamos que escuchar los vivas a las personas —o incluso ideas— que quien ocupe la presidencia considere dignas de ser ovacionadas.
Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Historiador, escritor y divulgador, ha desarrollado proyectos de radio, televisión, documentales y publicaciones dedicados a acercar la historia al público en general.
