REGULAR USO DE CELULARES Y REDES SOCIALES ENTRE MENORES

Patios silenciosos

El debate sobre restringir el uso de celulares y redes sociales en escuelas cobra fuerza ante la evidencia de sus efectos negativos en la atención, la socialización y el bienestar de niñas, niños y adolescentes. | Mario Campos

Escrito en OPINIÓN el

¿Cómo suena un patio de escuela a la hora del recreo? Creo que todas y todos imaginamos lo mismo: gritos, voces altas, niños y niñas corriendo o comiendo y platicando, en grupitos o en bola. Pues eso esperaba encontrar también el entonces Médico General en el gobierno de Biden, el Dr. Vivek Murthy, y por eso su sorpresa al toparse con un espacio silencioso en el que cada estudiante estaba frente a la pantalla de un celular o una tablet, y en no pocos casos, conectados a unos audífonos.

La estampa, que es real y fue compartida por el propio funcionario como uno de sus argumentos contra las redes sociales, sirve para ilustrar una de las consecuencias que los celulares tienen dentro y fuera de los salones de clase

Un efecto que se suma a los descritos en diversos estudios y libros que han documentado lo que hemos visto y vivido profesores de diversos grados escolares a lo largo de los últimos años: que los celulares han dejado en general un saldo negativo, que la socialización ha bajado -me he encontrado frecuentemente a grupos de universitarios inmersos en sus pantallas en vez de platicar entre ellos antes del inicio de clases- que la capacidad de atención se ha contraído, y que la concentración para la lectura y la habilidad de expresión han ido a la baja.

Eso sin tomar en cuenta los otros efectos que han sido documentados en libros como el de Jonathan Haidt: la ansiedad que les produce a niñas, niños y adolescentes la exposición a contenido que les genera problemas de autopercepción y autoestima; riesgos derivados de la presencia de contenido para adultos y posibles contactos con personas que se hacen pasar por menores de edad; problemas de socialización, que siempre han existido, pero que se maximizan cuando la exclusión se lleva a lo digital y deja huella permanente.

Por toda esta evidencia es que la pregunta no debería ser si prohibimos los celulares de las escuelas, ni si es buena idea retrasar la edad de ingreso a las redes sociales. La evidencia es contundente. La respuesta es sí. La pregunta, por tanto, es cuál es la mejor forma de hacerlo. Y eso en sí mismo ya es un avance en la discusión sobre el tema.

Es verdad que las redes también tienen efectos positivos, que son en sí mismas espacios de socialización, que en buena medida son una puerta de contacto con el mundo. Nadie lo niega. Pero los efectos negativos superan sus ventajas y el reto, en todo caso, es cómo compensar las pérdidas con otros espacios de convivencia y acceso a la información, que no pase por dejarlos en manos de algoritmos que ganan explotando sus inseguridades para retenerlos el mayor tiempo posible frente a las pantallas.

Hay quien argumenta que esto no tiene marcha atrás, que ya están ahí y no hay forma de retroceder. O incluso quien insiste en que aún sacando a las redes de las escuelas, estarán esperándolos en sus casas o en espacios clandestinos. Puede ser. No obstante, eso aplica también para drogas, tabaco o alcohol. Incluso para la llamada comida chatarra. Y no obstante, eso no nos ha impedido hacer todo lo posible por retrasar el consumo de sustancias que sabemos dañan su desarrollo.

En el incipiente debate nacional hay quien propone que se lleva a consulta el tema con los propios afectados. Error. Pues así como no preguntamos a las niñas y niños si quieren fumar, o beber alcohol o tomar refrescos en las escuelas, tampoco debemos hacerlo con las redes. 

Es cierto, como ha advertido por ejemplo el Dr. Marco Fernández del ITESM, que falta evidencia que muestre qué tan efectivos han sido los intentos de regulación del tema en México. Incluso, habría que ver las experiencias internacionales. En mi opinión no ha pasado suficiente tiempo en ningún caso. No obstante, algunos experimentos que se han hecho en escuelas europeas han mostrado, por ejemplo, que la ansiedad de las y los alumnos disminuye cuando pasan menos tiempo en las redes.

Por lo pronto, y en el entendido que este es un debate en desarrollo, comparto cinco recomendaciones que planteo en mi libro “Batalla por la Atención, cómo dejar de perderse en pantallas y redes sociales”.

Definamos espacios y tiempos específicos para el uso de los celulares por parte de niñas, niños y adolescentes. Los teléfonos móviles no pueden ser un objeto omnipresente porque las redes no se regulan solas.

Saquemos los celulares de los espacios de descanso. Dejar a un adolescente con un celular en la noche es como dejar a un alcohólico en un bar abierto. No podemos darle el recurso y después pedirle que se contenga solo como si el entorno no influyera.

Cambiemos el tiempo en pantalla por tiempo de socialización. No basta con quitar tiempo en las redes si no hay alguna ventaja. Es importante incrementar el tiempo de convivencia con amigos y familia pues es ahí dónde se adquieren y desarrollan habilidades claves para la vida.

Usemos la tecnología para regular. Hoy todos los dispositivos tienen la opción de saber cuánto tiempo se pasa frente a la pantalla en general y en una aplicación en particular; y es posible y deseable establecer límites de uso diario.

Cuidemos el contenido que consumen. Así como no se dejaría a un niño, niña o adolescente que coma todo lo que quiera, también se tiene que cuidar lo que entra por sus ojos y oídos pues puede tener efectos tan serios o más, que lo que entra por su boca.

Claro que todos estos pasos requieren esfuerzo. Siempre será más cómodo dejar a los dispositivos como niñeras o acompañantes digitales. Asumir que esto no tiene marcha atrás sería más sencillo, sin duda. No obstante, ante la evidencia disponible, ya va siendo tiempo de que nos hagamos cargo de los efectos negativos de la tecnología y que hagamos lo que toque para disminuirlos o eliminarlos.

Mario Campos

@mariocampos