“Aquí no volverán a haber elecciones para que por allí intenten ellos atrapar el gobierno, atrapar el poder”.
La declaración, un portento de manual de autoritarismo antidemocrático, la hizo el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra. Al decir “ellos”, se refirió claramente a la oposición en su país, es decir, lo que busca es perpetuarse.
Ex guerrillero, símbolo inequívoco de la izquierda latinoamericana, Ortega ha manejado con mano de hierro los destinos de Nicaragua por 30 años, y desde 2025 lo hace oficialmente con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta.
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La declaración no podría pasar desapercibida en una realidad política contemporánea en la que en la mayoría de los países (es decir, la ciudadanía de los países) no se concibe como “normal” la ausencia de democracia.
Lo normal para casi todas las naciones, es que cada determinado tiempo se realicen elecciones, y estas se lleven a cabo con un mínimo de credibilidad, es decir, sin la participación sesgada del gobierno ni de grupos que beneficien a quienes quieran enquistarse en el poder.
La historia del régimen nicaragüense está ligada a la historia personal de Daniel Ortega y su esposa desde hace más de tres décadas, y se diría que no se mueve una hoja del árbol gubernamental de ese país sin que se ordene desde la pareja.
Que la arenga totalitaria de Ortega se haya realizado desde lo más alto del podio nacional en la conmemoración del 47 aniversario de la revolución sandinista, nos dice mucho del carácter de ese movimiento. Y nos llama a ver la evolución de nuestras democracias a la luz de ese reflejo.
Desde México, refugiados de ese país se han manifestado en contra del talante dictatorial de su gobierno, pero desde el régimen morenista solo hay un silencio de asentimiento.
Y es que Nicaragua es un espejo de lo que ocurre con el envejecimiento de los regímenes totalitarios, cuando no hay más instituciones que las que ordene el líder, o incluso en ese caso, el líder y su cónyuge.
¿Llegará la democracia a Nicaragua? Es una pregunta que seguramente esperará respuestas en el corto y mediano plazo, y esperemos que su ciudadanía no siga padeciendo por demasiado tiempo los estragos totalitarios de un régimen que se resiste a dejar el poder.
En tanto, veamos ese espejo como el futuro al que no queremos llegar en México. Mientras más recuperemos la democracia que se ha venido replegando en los últimos años, más lejana será esa triste posibilidad.
