Hace unos días hablé con un productor de la zona central de Chiapas. Me dijo una frase que resume mejor que cualquier estadística lo que está ocurriendo: "Ya llovió, pero el pozo sigue igual". No hizo falta preguntarle más.
Desde la carretera el paisaje volvió a pintarse de verde. Los potreros reverdecieron, los arroyos recuperaron algo de corriente y la tierra dejó de levantar polvo. Cualquiera pensaría que la sequía quedó atrás. Basta detenerse en una comunidad para descubrir que no es así.
Este año las lluvias dieron un respiro a buena parte del país. La Comisión Nacional del Agua reporta una disminución importante de las zonas con sequía. En varios estados las precipitaciones incluso han provocado inundaciones, deslaves y el desbordamiento de ríos. Son imágenes que ocupan los noticiarios todos los días. Pero México no vive una sola realidad.
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En Chiapas, sobre todo en la región central, las lluvias han sido insuficientes para recuperar el manto freático. Muchos pozos mantienen niveles bajos y el agua sigue siendo una preocupación cotidiana para familias y productores. Una cosa es que llueva. Otra muy distinta es que esa agua alcance a infiltrarse y recargue los acuíferos. Ese proceso tarda meses, a veces años.
Por eso los promedios nacionales cuentan sólo una parte de la historia.
Mientras una entidad combate inundaciones, otra sigue esperando agua para abastecer a sus comunidades. Esa diferencia casi nunca aparece cuando se presentan los balances de la temporada.
Hay otro dato que merece atención. México mantiene 114 acuíferos oficialmente sobreexplotados. Esa condición no desaparece porque una presa recupere parte de su capacidad o porque un río vuelva a correr. El problema sigue ahí, aunque deje de ocupar titulares.
Con frecuencia se responsabiliza al campo por el consumo de agua. La discusión suele terminar ahí. Pocas veces se habla de canales de riego construidos hace décadas, de infraestructura deteriorada o de productores que trabajan con sistemas que desperdician agua porque nunca fueron modernizados. Es difícil exigir eficiencia cuando la inversión lleva años rezagada.
En las ciudades ocurre algo parecido. Se pide a la población cerrar la llave, reducir el tiempo en la ducha o reutilizar el agua. Son medidas razonables, pero insuficientes cuando una parte importante del líquido se pierde en redes de distribución envejecidas antes de llegar a las viviendas.
Lo preocupante no es que llueva. Lo preocupante es que cada temporada repetimos el mismo ciclo. Cuando llega la sequía buscamos culpables y soluciones de emergencia. Cuando regresan las lluvias, el tema desaparece hasta el siguiente periodo de estiaje.
La política hídrica no puede depender del pronóstico del tiempo. Hace falta invertir en infraestructura, proteger las zonas de recarga de los acuíferos, rehabilitar las redes de distribución, tecnificar el riego y planear con una visión de largo plazo. Ninguna de esas obras será tan vistosa como una presa llena, pero probablemente sean mucho más importantes.
Quizá dentro de unas semanas siga lloviendo y las cifras nacionales mejoren todavía más. Ojalá ocurra. Sin embargo, antes de celebrar convendría mirar lo que sucede en lugares donde los pozos aún no responden. Ahí, lejos de los mapas y los porcentajes, la crisis del agua sigue esperando soluciones.
