Un hombre despierta en un apartamento de Manhattan. Afuera, Nueva York ruge con su ejército de autos, sirenas y gente que camina sin mirarse. Toma el teléfono como cada mañana y, de pronto, algo imposible ocurre: la habitación empieza a oler a chipilín con bolitas de elote tierno.
No hay una olla sobre el fuego. No hay una mujer moviendo la cuchara de madera. No hay humo saliendo de una cocina de Chiapas. Y, sin embargo, ahí está ese aroma verde, profundo, capaz de atravesar miles de kilómetros y traerlo de regreso a uno a casa, una mesa, una infancia.
Lo que hoy parece una locura, mañana será parte de nuestra vida.
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La tecnología ya no quiere conformarse con mostrarnos el mundo. Quiere devolvernos una parte que había quedado atrapada lejos de las pantallas: los olores.
Vendrá el día en que alguien, sentado frente a un celular en cualquier ciudad del planeta, podrá sentir el aroma de una tlayuda oaxaqueña recién salida del comal. El maíz caliente. El quesillo. El asiento. Esa mezcla que no se explica porque pertenece más al recuerdo que al diccionario.
Un chiapaneco lejos de casa podrá encontrar, en medio del invierno europeo, el olor del tasajo en pepián. Un viajero que nunca estuvo en México conocerá primero el aroma del tequila antes que su sabor. Y alguien en el sur del mundo, quizá en una tarde fría de la Patagonia, cerrará los ojos frente a una pantalla porque acaba de llegarle el perfume del café de Jaltenango, del Soconusco o de San Fernando.
Suena extraño escribirlo. Pero también sonaba extraño imaginar que hablaríamos mirando el rostro de otra persona dentro de un pequeño vidrio en la palma de la mano.
Nos acostumbramos demasiado rápido a los milagros.
Un día también será posible entrar, sin viajar, al mercado de dulces de San Cristóbal de Las Casas. La aplicación abrirá una puerta invisible: primero llegará la canela, después el coco, la miel, el azúcar cocida, las frutas cristalizadas. Ese desorden maravilloso de aromas que ninguna fotografía pudo capturar.
Desde Chiapas, Oaxaca o cualquier rincón perdido del mapa alguien descubrirá un chifa peruano, esa herencia china que encontró otra patria en el país de la flor de la canela que cantó Chabuca Granda. Llegará el olor del wok encendido, las especias, las salsas, ese matrimonio extraño y perfecto entre dos mundos.
Porque la próxima revolución no entrará por los ojos. Entrará por la nariz.
Será la era de las botanas que podrán sentirse antes de comprarse: el chile recién abierto, el limón, la sal pegada a los dedos, el camarón seco que recuerda los mercados y las carreteras.
Será el tiempo en que un niño conozca el rambután antes de probarlo, descubra la acidez alegre de una grosella, imagine el golpe tropical del maracuyá partido en dos. Los perfumes tampoco serán los mismos. Ya no bastará mirar una botella elegante detrás de una vitrina digital. Tendremos que cerrar los ojos y decidir si ese aroma nos pertenece. Si nos recuerda a alguien. Si nos lleva a un lugar donde alguna vez fuimos felices.
Tal vez lo más sorprendente no serán los olores que compramos, sino aquellos que creíamos perdidos. La tierra mojada después de la lluvia. Una tarde de tormenta entrando por la ventana. El olor del mar antes de verlo. El aroma de una casa a la que no hemos vuelto en años.
Eso intentará conquistar la nueva tecnología: no sólo vender productos, sino despertar algo que estaba dormido.
Los científicos hablan de sensores, cápsulas, inteligencia artificial y dispositivos capaces de reproducir aromas. Pero detrás de todos esos nombres modernos hay una búsqueda antigua: volver a sentir.
El futuro, al final, quizá no será ese mundo frío lleno de máquinas que imaginábamos. Quizá el futuro tendrá olor a café recién servido. A fruta madura. A lluvia. A la cocina de alguien que amamos.
Y entonces descubriremos que la mayor hazaña de la tecnología no fue enseñarle a pensar a una máquina.
Fue lograr que una máquina nos recordara que seguimos siendo humanos.
