RENTA BÁSICA UNIVERSAL

El precio de venderse: Rousseau, la libertad republicana y la urgencia de la renta básica

La libertad no es la ausencia de leyes, sino la ausencia de amos; y para que no los haya se deben diseñar instituciones económicas que impidan que un ser humano se vea obligado a venderse. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

“Que ningún ciudadano sea tan opulento como para poder comprar a otro, y ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse”.

Cuando Rousseau hizo esta afirmación, no estaba redactando un idilio moralista ni una simple máxima de buena vecindad, formulaba una ley de gravedad política: la desigualdad material obscena destruye la libertad de forma automática. Si la subsistencia de un ser humano depende enteramente del arbitrio, la billetera o el capricho de otro, toda pretensión de ciudadanía se disuelve. No hay República donde hay desposeídos forzados a arrodillarse para comer, ni la hay donde los opulentos pueden adquirir voluntades al por mayor.

En pleno siglo XXI, esta advertencia rousseauniana resuena con una vigencia alarmante. Tras décadas de hegemonía cultural y económica del neoliberalismo, la conversación pública ha sido colonizada por una noción tramposa y mutilada de la libertad. Se nos ha pretendido convencer de que somos libres simplemente porque no hay un decreto estatal que nos prohíba actuar; sin embargo, la realidad material de millones de personas cuenta una historia radicalmente distinta. Frente a la ficción de la libertad negativa liberal, urge reivindicar la libertad real republicana; y frente a la intemperie económica actual, la Renta Básica Universal (RBU) ya no es una utopía distributiva, sino un requisito de supervivencia democrática.

La trampa de la libertad negativa: el esclavo con amo benévolo

El credo neoliberal ha edificado su catedral sobre el concepto de libertad negativa o no-interferencia. Bajo este prisma, usted es libre si nadie le pone un obstáculo físico o legal en el camino. Si el Estado no le prohíbe firmar un contrato, usted es soberano.

Es una estafa conceptual y metodológica. Bajo la lógica de la no-interferencia, un repartidor de plataforma digital que pedalea catorce horas diarias bajo el sol por unos cuantos pesos, sin derechos de salud ni estabilidad alguna, es catalogado como un "emprendedor libre". ¿Por qué? Porque nadie lo obligó a subirse a la bicicleta a punta de pistola. El neoliberalismo reduce la libertad al momento formal de la elección, ignorando olímpicamente las condiciones materiales que obligan a elegir.

El neorrepublicanismo contemporáneo (siguiendo la estela de Quentin Skinner y Philip Pettit) desmonta esta falacia mediante la noción de libertad como no-dominación. La dominación no requiere de violencia física constante; requiere de la existencia de un poder arbitrario. Pensemos en el esclavo cuyo amo es inusualmente bondadoso y le permite salir, divertirse y gastar dinero. Según el liberalismo clásico, ese esclavo goza de altos niveles de libertad negativa porque no padece interferencias. Para el republicanismo sigue siendo un esclavo, porque su bienestar depende del humor, la benevolencia o la conveniencia del amo. Si el amo mañana despierta de mal humor, la aparente libertad se esfuma.

Esa es precisamente la condición de las mayorías en el capitalismo tardío. El trabajador que no puede renunciar a un empleo abusivo porque al mes siguiente no podría pagar la renta o la comida de sus hijos; no es libre, está dominado. La mujer que no puede abandonar un hogar donde sufre violencia porque carece de autonomía financiera; no es libre: está dominada. Vivir a merced de la voluntad ajena es la antítesis de la República.

La Renta Básica Universal como escudo de autonomía

¿Cómo responder a esta vulnerabilidad sistémica en un siglo marcado por la precariedad laboral, la automatización y la uberización de la economía? La respuesta histórica del republicanismo clásico ante la dominación era la propiedad: el ciudadano debía poseer su pedazo de tierra o su taller artesanal para ser materialmente independiente. Pero en la economía hiperconcentrada del siglo XXI, repartir parcelas agrarias es un anacronismo inviable.

La traducción moderna de esa base material de la ciudadanía es la Renta Básica Universal (RBU).

Al plantear un ingreso garantizado por el Estado para cada ciudadano, de forma individual, incondicional y sin verificación de recursos, la RBU cambia por completo la correlación de fuerzas en la sociedad. No debe entenderse como una política de asistencia social o una medida de caridad estatal para mitigar la pobreza extrema. La RBU es, en puridad, un mecanismo de inmunidad política.

El poder del "No"

El mayor impacto de la Renta Básica no es el consumo que permite, sino el poder de negociación que otorga. Un ciudadano con la subsistencia garantizada recupera la capacidad de rechazar la explotación. El mercado laboral deja de ser un espacio de extorsión encubierta donde el trabajador acepta lo que sea para no morir de hambre, y se convierte en un verdadero espacio de contratación entre iguales.

Desmantelamiento de la tutela burocrática

Los programas sociales condicionados del neoliberalismo (aquellos que exigen demostrar que se es "lo suficientemente pobre" o que obligan a realizar ciertas conductas) crean su propia forma de dominación. Someten al ciudadano al escrutinio y al arbitrio del burócrata de turno. La RBU, al ser incondicional, arranca de raíz esa tutela estatal. Eres libre porque eres ciudadano, no porque el Estado valide tu miseria.

Reivindicar la República en el siglo XXI

Hacer política hoy exige rasgar el velo de la retórica liberal que disfraza la intemperie de "flexibilidad" y la sumisión de "acuerdo voluntario". La desigualdad no es solo una brecha en los coeficientes de Gini o en las cuentas de los economistas; la desigualdad es una trituradora de la dignidad humana y de la autonomía política.

La Renta Básica Universal es el piso mínimo sobre el cual se puede reconstruir el edificio de la libertad real. Mientras permitamos que la subsistencia siga siendo una mercancía sujeta al chantaje del mercado o a la condescendencia del subsidio focalizado, seguiremos habitando una democracia de fachada.

Es hora de volver a Rousseau para recordar que la libertad no es la ausencia de leyes, sino la ausencia de amos. Y para que no haya amos, tenemos que diseñar las instituciones económicas que impidan, de una vez por todas, que un ser humano se vea obligado a venderse.

Rubén Islas

@RubenIslas3