JUECES

Los jueces no deben ser abogados

El "juez-abogado" es una de las mayores patologías de nuestro tiempo; concibe el tribunal no como el templo de la equidad material, sino como una sucursal gerente orientada al eficientismo estadístico. | Rubén Islas

Escrito en OPINIÓN el

Una de las paradojas más trágicas del constitucionalismo moderno radica en su diseño institucional de elegibilidad. Históricamente, las corrientes democráticas más avanzadas han sostenido que la legitimidad del Poder Judicial debe emanar directamente de la soberanía popular; el pueblo debe elegir a sus jueces para romper con el elitismo de las dinastías de la toga y hacer que la justicia responda al mandato social. Sin embargo, la ley introduce una trampa silenciosa en los requisitos de elegibilidad que desarticula la potencia emancipadora del voto: la obligatoriedad de poseer el título de Licenciado en Derecho. Al establecer este tamiz, el sistema opera una farsa perfecta: el pueblo cree que ejerce su soberanía, pero en realidad está constreñido a elegir exclusivamente entre mercaderes del Derecho.

La raíz del problema se encuentra en la capitulación de los centros de educación superior ante las demandas de la economía de mercado. Las escuelas y facultades actuales ya no enseñan jurisprudencia; forman abogados-mercancía. El alumno es adiestrado en el "cómo" (el formalismo procedimental, la retórica utilitaria) mientras se destierra el "por qué" (la filosofía del derecho, la sociología jurídica y la historia). Cuando un egresado de estas aulas accede a la judicatura, traslada de forma automática esa mentalidad mercantil al ejercicio de la justicia.

El "juez-abogado" es una de las mayores patologías de nuestro tiempo. Concibe el tribunal no como el templo de la equidad material, sino como una sucursal gerente orientada al eficientismo estadístico. Al juez contemporáneo se le evalúa por el volumen de sentencias dictadas, convirtiendo el acto sagrado de juzgar en una maquila taylorista. Carente de herramientas filosóficas para identificar las asimetrías de poder, el juez-abogado se refugia en el formalismo vacío: aplica la regla a rajatabla, asumiendo que un contrato leonino entre una corporación transnacional y un ciudadano desarmado es simplemente "la voluntad de las partes". De este modo, la judicatura se convierte en el gendarme que convalida y protege el flujo del capital.

Para salvar a la justicia de este círculo vicioso de mercantilización, es indispensable operar una ruptura radical y regresar al origen clásico. Debemos abandonar las escuelas de Derecho para refundar las Facultades de Jurisprudencia, orientadas exclusivamente a la formación de auténticos juristas: científicos del Derecho capaces de comprender el fenómeno jurídico en su densidad ética, política e histórica.

La solución institucional exige una separación fundamental de funciones, un paralelismo similar al de la tragedia clásica: el jurista debe guiar el proceso desde la ciencia del Derecho, asegurando la pulcritud metodológica y el respeto absoluto a las garantías procesales; pero el veredicto, la decisión sustancial sobre la culpabilidad o la inocencia, debe ser devuelto al pueblo a través de la figura del Jurado Popular.

El Jurado Popular es la máxima expresión de la democracia judicial porque decide desde la esencia de la justicia material y el sentido común comunitario, libre de las taras de las horas facturables y los formalismos crípticos que los mercaderes utilizan para ocultar la opresión. Cuando los operadores se ven obligados a hablarle a los ciudadanos comunes, el Derecho pierde su oscuridad técnica y recupera su transparencia humana. En la República que debemos construir, los abogados operarán en el mercado de las causas privadas, pero los jueces deberán ser juristas que guíen con sabiduría, para que sea el pueblo quien decida desde el corazón de la justicia.

Rubén Islas

@RubenIslas3