Este 2 de julio, la Suprema Corte discutía si el dinero de un Afore heredado debía pagar el ISR. La mayoría de los ministros dijo que no; en cambio, la ministra Lenia Batres abrió el debate, pues, a su parecer, le resultaba injusto que las herencias no pagaran impuestos, ya que quienes las reciben no fueron quienes las generaron, y esto, en sus palabras, “reproduce la desigualdad”. Esto no es una simple ocurrencia más, ya que desde abril existe una iniciativa en el Senado para gravar las herencias que superen los 14 millones de pesos con tasas del 10 al 14 por ciento.
Aunque podría sonar a “justicia”, no lo es, ya que en México heredar implica pagar impuestos. El patrimonio que se hereda ya pagó ISR cuando se ganó, pagó IVA con cada compra y el predial cada año; quien termina heredando una casa ya pagó el impuesto de adquisición y vuelve a pagar el ISR cuando la vende. Lo único por lo que actualmente no se paga dinero es por el acto de recibir la herencia. Cobrar un impuesto otra vez no corrige ningún tipo de “injusticia”, solo termina por castigar, una segunda o tercera vez, el esfuerzo con el que se consiguió el dinero que ya había cumplido con el fisco y que se juntó en toda una vida.
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Detrás del argumento de la autoproclamada “ministra del pueblo” hay un error: pensar que la economía es un juego de un solo ganador, en el que hay un pastel fijo y lo que uno se come de él es lo que otros se quedan sin comer. Cuando a alguien le va bien, no significa que esté empobreciendo a su vecino; la riqueza se crea y el dinero que tiene uno no es dinero que no tiene otro. Y si el problema son las grandes fortunas, el impuesto seguiría siendo inútil si al final les logran sacar la vuelta con sus despachos y fideicomisos. Las personas que se verían afectadas serían el sector de la población que hereda un negocio pequeño, las empresas familiares, que tendrán que rematarlo para poder pagar, las viudas con su Afore y las familias con una sola casa.
Y lo peor de todo es que no resuelve el problema de raíz. La desigualdad en México no se va a resolver cobrándole a la familia el día que reciba su herencia, sino cuando se decidan a trabajar en reducir la proporción de la fuerza laboral que labora en la informalidad, invirtiendo en educación que en verdad sirva para algo y en investigación y desarrollo que genere empleos mejor pagados. Las cosas que más ayudan a romper la desigualdad, a su vez, son las más lentas, aburridas, caras y carentes de aplausos, mientras que anunciar impuestos, en cambio, queda perfecto para hacer un espectáculo y llamarlo “justicia social”. Por eso optan por el atajo.
Al final, eso es este impuesto, un performance. Es escoger al villano más fácil de odiar por la mayoría, prometer justicia y esperar que la emoción les olvide que ellos también van a heredar algún día. Detrás de todas las herencias hay un familiar que se fue queriendo dejar un piso firme a sus seres queridos y querer cobrar por eso, sin cambiar lo que verdaderamente importa no es justicia, es lo que faltaba: querer cobrar por morir.
