El Mundial llegó a la Ciudad de México con obras sin terminar, transporte colapsado y más de seis de cada diez habitantes que dicen sentirse inseguros en su propia ciudad. Ni la pintura morada de los puentes ni los murales del gobierno capitalino logran cubrir lo que cualquier vecino ve a diario: baches sin reparar, fugas de agua sin atender y una infraestructura que llega al evento deportivo más grande de su historia reciente en plena obra negra.
La imagen que el gobierno quiere proyectar al mundo y la ciudad que viven sus habitantes son dos cosas distintas. Ese es el verdadero partido que se está jugando en estos días, y el marcador ya es bastante claro.
- La Calzada Flotante y los ajolotes. La obra bandera de Clara Brugada para el Mundial triplicó su presupuesto: de 659 millones pasó a cerca de 2,000 millones de pesos, y no fue entregada en el plazo estipulado por contrato —el 30 de mayo—. A días de la inauguración, el propio gobierno llamó "ajolotes" a los trabajadores que operaban de noche a contrarreloj. La temporada de lluvias ya comenzó y ya se inundó el lunes pasado. El ajolote puede regenerar sus extremidades; la credibilidad de quienes planificaron esto no tiene esa capacidad.
- Metro Línea 2 y Tren Ligero: colapsados antes del primer partido. La Línea 2 del Metro —clave para los aficionados que llegarán al centro y oriente de la ciudad— sigue en remodelación sin fecha de entrega. Los propios trabajadores lo reconocieron públicamente. El Tren Ligero, presentado por Brugada como uno de sus logros, acumulaba fallas consecutivas en las semanas previas: el 2 de junio, una rama caída sobre las vías obligó a sustituir el servicio con autobuses. Analistas y usuarios lo describieron como "colapsado e insuficiente". Ese es el sistema de transporte que recibirá a decenas de miles de visitantes.
- Pintura morada sobre la realidad. Mientras el gobierno capitalino destinaba recursos millonarios a pintar de morado puentes y avenidas, la infraestructura de fondo muestra un rezago acumulado y visible. "La ciudad se cae a pedazos", denunciaban vecinos en redes y medios. Es la síntesis más honesta de esta administración: imagen para los visitantes, baches y obras fallidas para los locales.
- La CNTE cobró su factura en Reforma. El 3 de junio, maestros de la CNTE tomaron la SEP y bloquearon el Paseo de la Reforma a días de la inauguración. El bloqueo fue señalado como la factura política que el magisterio cobró al bloque gobernante que los toleró durante años. Desde Palacio Nacional se recriminaba a Brugada por no haber resuelto el conflicto antes del torneo. La Cuarta Transformación llegó al Mundial dividida y pagando deudas… se puede pensar que la protesta de la CNTE es acordada porque son parte del oficialismo y el martes la declaración de Sheinbaum fue culpar “sin pruebas” a Salinas Pliego de los problemas… esto ya es hasta simpático.
- Las madres buscadoras frente al trofeo. El 5 de junio, madres buscadoras bloquearon el Viaducto Río de la Piedad frente al Deportivo Magdalena Mixhuca, donde se exhibía el trofeo mundialista. No fue casualidad: eligieron deliberadamente el único momento del año en que las cámaras internacionales apuntan hacia la Ciudad de México para visibilizar una crisis que el gobierno busca mantener fuera del foco. Fue el gesto político más honesto de toda la semana previa y es el reflejo de la realidad mexicana.
- Las cifras que no salen en la transmisión. Según el INEGI, en marzo de 2026 el 61.5% de la población mayor de 18 años consideraba que era inseguro vivir en su ciudad; entre mujeres ese porcentaje sube al 67.2%. Son números del propio aparato estadístico del Estado. La UNAM ha calificado la crisis de desaparición forzada en el país como uno de los conflictos más graves en materia de derechos humanos. Eso es lo que queda fuera del encuadre de las transmisiones.
Los mundiales no son sólo lo que ocurre dentro de la cancha. Son también las ciudades que los acogen, los gobiernos que los organizan, las personas que los viven. Y en ese plano, la Ciudad de México llegó al torneo con las obras sin terminar, el transporte colapsado, la CNTE en las calles, madres buscando a sus hijos desaparecidos frente al trofeo y una coalición gobernante recriminándose internamente en público.
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La pregunta que el ruido del torneo no responde es la misma de siempre: ¿para quién es esta fiesta? La respuesta más honesta es que, por lo menos en parte, es una fiesta que el gobierno organizó para sí mismo y para su imagen exterior, mientras la ciudad real —con sus carencias, sus protestas y su dolor acumulado— queda fuera del encuadre. Esa es quizás la cifra más reveladora de todas.
